Las palomas de Magdalena

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Era 1961 cuando Magdalena llegó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guadalajara con ansias de novelista. Tenía veintidós años de floreciente inteligencia, rebosante de novelas leídas, en largos, extensos días de lectura. No presentía que todas aquellas vidas novelescas habrían de forjarle, paulatinamente, un carácter humanitario fuerte y generoso. Leía sin recordar que el mundo estaba afuera; se preparaba para descubrir que detrás de aquellas vidas de papel no había sólo imaginaciones puras: con la lectura de los temperamentos y las pasiones descubrió el conocimiento de los resortes de la conducta humana, se fortaleció con el saber de quienes están en situaciones límite, esas donde nos coloca el amor, el odio, el temor o el poder. Magdalena se convertiría de este modo en una nueva Amalia, personaje literario que representa a la lectora romántica, quien lee de modo incansable, preparándose para un futuro más luminoso.

Publicó su primer cuento en la revista jalisciense Summa, cuya dirección corría a cargo de dos escritores, sus maestros: Arturo Rivas Sainz y Salvador Echavarría. Era la primera vez que veía su nombre en letras de molde. Años más tarde recibiría el premio que otorga la Cámara Nacional de Comercio a la mejor tesis de Letras, titulada “La sociedad en la obra de Juan Rulfo” (1978). En una época en que las computadoras personales no existían, ni las búsquedas rápidas por internet eran asunto común, Magdalena abrió líneas de investigación para la cultura regional, como el de las escritoras del siglo XIX, las revistas literarias, los escritores laguenses, la prensa religiosa, la crónica de barrios y colonias tapatíos y muchas otras áreas de conocimiento alrededor de la ciudad que la vio nacer, convertidas en los libros Guadalajara en sus monumentos (1981); Son mil palomas tu caserío, Guadalajara (2005), por mencionar sólo dos.

En la carrera de Letras contagiaba la pasión por la lectura y la investigación. Cada semestre nos repetía: “Lo que más me gusta hacer es leer, hablar y escribir; y si aparte me pagan por eso, soy una mujer feliz”.

Amorosa de la Historia y la lengua, ejerció sus primeros pasos en la docencia como profesora de verano en cursos de español y de cultura mexicana para extranjeros en universidades norteamericanas. Magdalena fue, además, una experta en Historia de las religiones; Guillermo García Oropeza nos decía que su colega se hacía acompañar de sacerdotes, pastores, rabinos y hasta teólogos musulmanes por los pasillos de la facultad. La crónica de la escuela no podría estar completa sin que se consigne la asignatura Historia de las mentalidades, implementada por ella, así como la materia de Literatura jalisciense, que impulsó que muchos estudiantes definieran sus temas de tesis.

Sus libros, publicados entre 1981 y 2015, habrán de colocarla en el sitio justo que su trabajo, ingenio y perseverancia merecen. Los múltiples artículos de divulgación, así como sus prólogos y ponencias, se anuncian pacientes para ser compilados. Sus amigos y exalumnos, cuyo número debe multiplicarse por las tres décadas durante las cuales impartió clase, somos producto de una notable mujer del siglo XX, de una experta de la docencia y una pionera de la investigación con la Historia de la literatura jalisciense en el siglo XIX.

Para miles de sus alumnos, entre los que con humildad me cuento, Magdalena González Casillas, Premio Jalisco, fue una dama instruida, inteligente y sensible. Así la consignará la historia de la cultura regional que tanto le debe. Descanse en paz.

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