La resonancia enfática de Clarice Lispector

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Pocas escritoras en este continente pueden equipararse a Clarice Lispector (Ucrania, 1920-Brasil, 1977) en cuanto a respeto y veneración brindada por sus lectores. No es de extrañar. Ahora, al menos para mí, cada que pienso en sus libros recuerdo el comentario —citado en una de sus biografías— del escritor argentino César Aira respecto de los textos de la brasileña, cuando refiere que más allá de la parcela genérica que les corresponda son, más bien, “travesías de la conciencia” por las que se avanza con lentitud u obligan a detener la lectura porque se nos antojan “despreocupadas de todo efecto de relato”.

Ahora, parte de su vida puede explicarse con base en la imaginación especulativa que los pocos datos concretos nos dejan. Es cierto que su familia abandona Ucrania cuando triunfan los bolcheviques pero, hay que recordar, como judíos, las persecuciones las padecieron desde antes; con todo, refiere que a Brasil llegó con dos meses de edad pero en el esclarecedor libro Clarice. Una vida que se cuenta (Adriana Hidalgo Editora, 2007), de Nádia Battella Gotlib, se aclara que los registros de los barcos permiten pensar que fue más bien en 1922 (es decir, a los dos años de edad). Con todo, ese es uno de los muchos misterios que rodearán siempre su vida.

El libro de Battella Gotlib es, antes que nada, una biografía literaria que revisa con criterio crítico los textos de la escritora (novelas, cuentos, cartas, crónicas y anotaciones sueltas) y, por ello, encontramos en sus páginas la sensación de desplazamiento que, todo indica, sufre Lispector ante el abandono involuntario de su madre enferma y lo poco concluyentes que son las referencias sobre su padre. A eso se suele atribuir su entrega a los libros y su cercanía con el universo doméstico (que en ella determina ciertos ámbitos narrativos).

Lo anterior, sospecho a veces, permite que se utilice para describir su obra el calificativo de “intimista”; no es que defienda eso, no lo creo de forma determinante, pero hay momentos en los que Lispector parece apoyar con la pluma esas nociones. En Agua viva (1973), un libro no clasificable con facilidad, escribe: “No es un mensaje de ideas lo que transmito y sí una instintiva voluptuosidad de lo que está escondido en la naturaleza y que adivino. Y ésta es una fiesta de palabras. Escribo con signos que son más gesto que voz”. La última frase de esa cita siempre resuena en mi cabeza como propósito (ser “más gesto que voz”) pues, además, concluye ese prolongado párrafo con la afirmación de que el mundo “no tiene un orden visible y yo sólo tengo el orden de la respiración. Me dejo suceder”. ¿Respirar? ¿Suceder? Fuerza y emoción es lo que desprende una declaración así, tan “poco técnica”.

Actualmente, por supuesto, nadie pone en duda el talento de Lispector. El resto son cuestiones de especulación y comentario con base en lo que se conoce o lo que pueda averiguarse. Esto ha hecho que una de las líneas que se sigue para hablarnos de su vida es la del “ocultamiento” deliberado de cuestiones relacionadas con su vida. En la biografía escrita por Laura Freixas, Ladrona de rosas. Clarice Lispector: una genialidad insoportable (La Esfera de los Libros, 2010) se cita la impresión que despertó en uno de sus futuros traductores, como una mujer que “escondía muchas cosas”.

Algunos de estos detalles de los que Clarice Lispector omitía hablar eran su propio origen, su religión (y de sus ancestros) o la fecha “real” de su nacimiento; sin embargo, me parece más revelador que, por muchos años, lo que más “ocultaba” e incluso negaba de sí era, como apunta Freixas, “su condición de escritora” pues, todo indica, prefería ser vista como la esposa de un diplomático (aunque se divorciaría en 1959), como madre o como un ama de casa lectora de novelas; a pesar de que su existencia se vio marcada por una descomunal, terrible y obsesiva vocación literaria.

Su primera novela —Cerca del corazón salvaje (1944)— la publicó con poco más de veinte años de edad y, a pesar de que no pasó desapercibida en el ámbito literario de su país, sus libros siguientes no causaron mayor impresión, se les consideró obras “difíciles”, y ella se había ido con su marido e hijos a vivir lejos de Brasil (Italia, Suiza, Estados Unidos); una travesía que puso a prueba su voluntad pero no su vocación literaria.

Clarice Lispector regresó a Río de Janeiro tras su divorcio y publicó los que se consideran sus libros más emblemáticos (algunos escritos durante su estancia en el exterior), como La manzana en la oscuridad (1961), La hora de la estrella (1977) o La pasión según G. H. (1964); este último, una novela de abrumadora intensidad, un episodio que indaga en el abismo personal de una artista que se confronta consigo por medio de la experiencia que significa “enfrentar” a un insecto.

En La pasión según G. H. se halla la protagonista —una escultora— de cara a su labor, sabe que “crear no es imaginación, es correr el gran riesgo de acceder a la realidad”, y aunque necesita librarse de sí “para ver”, reconoce dolorosamente que “lo que parece falta de sentido es el sentido. Todo momento de ‘falta de sentido’ es exactamente la aterradora certidumbre de que allí hay un sentido”. Por eso es factible hablar de inmersión y abismo, el personaje de Lispector enfrenta la locura (que siempre corresponde a “algo que ha regresado”, que ya estuvo en y con ella) y la ausencia de la sustancia comunicativa: “Ningún ruido y, sin embargo, yo sentía perfectamente una resonancia enfática, que era la del silencio rozando el silencio”.

Heredera natural —aunque se resistiera a veces a reconocerlo— de Faulkner, Joyce y la Woolf, justo en la novela que se menciona líneas arriba deja consignado la escritora brasileña que “sin la sentimentalización del mundo, me aterro”; mucho de su carácter parece producto de una resistencia recurrente a convertir la literatura en materia inmóvil, en algo estático en lo que no se reconozca un latido, por pequeño que sea.

En uno de sus últimos libros publicados, Agua viva, Lispector se inventa un narrador que cuenta desde una perspectiva desplazada y sus personajes aparentan no saber lo que sucede, pero no por eso dejan de relatar lo que sienten; y a pesar de todo ello, imagino que por su voluntad de no abandonar la sencillez y el humor, en sus últimos años —tras algunos accidentes domésticos y enfermedades— decía que le preocupaba más la pérdida de su belleza o la crianza de sus hijos que su legado literario. Puede que sí o que no, pero sus libros están ahí y su obra entera publicada en nuestra lengua para poder disfrutar de su buena estrella.

Acerca del autor

Ricardo Solís
Escritor, periodista y traductor. Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios impresos locales y nacionales, y laborado como docente en instituciones de educación media superior y superior en los estados de Sonora, Sinaloa y Jalisco. Ha publicado libros de poesía, ensayo y la novela De paso (2019).

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