La llama de la memoria

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El recuerdo puede materializarse en la escritura, fijarse en una imagen, encarnarse en un símbolo. Asumir estas formas fugaces que corren a lo largo de un trémulo hilo entre memoria y olvido. O puede imprimirse a fuego vivo en la carne y en el alma. Como en los ojos apagados de José, en el corazón agónico de Lilia, en los cuerpos ultrajados de sus compañeros de la Asociación 22 de abril en Guadalajara.
Cuerpos marcados para siempre por la tragedia. Semblantes curtidos, pero resueltos, en que se reflejan 20 años de historia, de lucha, de sufrimientos. Veinte años, desde aquel 22 de abril de 1992, en que sus vidas y creencias explotaron, al igual que el sector Reforma que habitaban. Más que la falaz escritura, los discursos vacuos o las engañosas efigies, son sus propias existencias, inequívocas y tangibles, las que perpetúan día a día el recuerdo. Que, como dice Lilia Ruiz, mantienen viva la llama.

El principio del horror
Agarrado a su bastón como a un último asidero de realidad, Ignacio González busca las imágenes con la mirada fija en un punto que no parece estar en ningún lugar a su alrededor.
“Todo el día anterior, desde la mañana, nuestro barrio estaba contaminado”. Él vivía con su madre en la esquina de Río Bravo con Bartolomé de las Casas, a una cuadra de Gante, la calle reventada totalmente por las explosiones que provocaron, según cifras oficiales, 210 muertos. “Aun así se destruyó la mitad de nuestra casa, y el piso y la banqueta se hundieron por completo”.
Su relato salta espasmódicamente de los momentos que precedieron la tragedia, a los muertos, al drama, al “cochinero”, como lo nombra reiteradas veces. “Nos salimos del barrio con unos amigos que venían de Tamaulipas, porque estaba feo. Ellos vivían en la parte donde las explosiones se llevaron todo, donde hubo de todo: muerte, sangre”; frunce el ceño y hace una pausa angustiada.
“Regresamos en la tarde, porque yo tenía guardia a las ocho. Trabajaba en el IMSS, en el turno nocturno. No se podía respirar. Teníamos todos dolor de cabeza. Ya estábamos penetrados de la sensación de que algo iba a pasar”.
“Tranquilos, no pasa nada”, le dijo en cambio a Ignacio un policía, parado a un lado de una alcantarilla abierta de la que salía un vaho pestilente. “¿Y este olor?, le pregunté yo”. “No se preocupen, ahora se controla. No pasa nada”.
“No pasa nada”, repite Ignacio, atragantándose. “Esto jamás se lo voy a perdonar, porque viendo cómo estaba la situación, cómo olía a gas, porqué no dijeron sálganse, ¿por qué?”, dice con un esfuerzo por liberar las palabras del nudo de dolor y rabia que casi lo sofoca. “¿En qué cabeza cabe no dar una orden así?”.

La llama viva
Inevitablemente, en Ignacio el recuerdo se mezcla con el sufrimiento. Se convierte en él. Pero, a la par de sus compañeros, es un convencido de la necesidad de conservar la memoria. “Los únicos que hemos mantenido la llama del recuerdo, somos los sobrevivientes, los que quedamos de por vida con una lesión no sólo en el cuerpo, sino también en el alma”, dice al respecto Lilia Ruiz, presidenta de la Asociación 22 de abril en Guadalajara, que reúne a 84 lesionados por las explosiones provocadas por una fuga de gas en los ductos de Pemex.
“Todos aquellos damnificados que perdieron viviendas o bienes materiales, se olvidaron del caso. Incluso algunos que perdieron familiares, puesto que, por muy doloroso que sea, va pasando el tiempo y uno se va resignando a la perdida de un allegado.
Pero, añade, “los que no nos hemos resignado a que se haga justicia y que no nos vamos a resignar, porque esta palabra no entra en nuestro vocabulario, somos nosotros”.
No sólo para los damnificados, sino por la sociedad en general, el recuerdo de las explosiones sobrevive entre la memoria y el olvido. Según el investigador del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, doctor Jorge Regalado Santillán, “por un lado todos apostamos a que el 22 de abril no se debe olvidar, pero al mismo tiempo queremos olvidar, porque fue un hecho terrible”.
Agrega que releyendo los testimonios del segundo libro que publicó sobre esos sucesos: “Hay una idea permanente y reiterativa de los afectados, de que no se les va a olvidar, pero al mismo tiempo quieren olvidar, porque el dolor es tremendo; pero no pueden, porque sus demandas están insatisfechas”.

El horror
Las explosiones se llevaron la casa de Ignacio y también a su mamá: “A raíz del drama se murió, quedó traumada, no pude levantarla jamás de la silla, hasta que la enterré en el panteón”. Hace otra pausa estremecedora, más reveladora que mil palabras.
Luego reanuda su relato: “Yo estuve hasta 15 minutos antes de las explosiones en la esquina, vi a mis amigos y dijimos ‘Vámonos del barrio, porque aquí está sucio’. Me fui a mi casa y mi madre se salió a barrer la calle. Eran las 10 de la mañana. Le dije: ‘Ya vámonos de aquí’.
“Al poco rato llega la señora, mi amiga, para decirme que ya estaban listos. En eso truena todo. Meto a mi madre, todos llorando, entre el cochinero de piedras y vidrios rotos”.
La señora gritaba: “Mis hijos, mis hijos”, pensando en sus niños que estaban justo en el epicentro de las explosiones. “Mi madre estaba toda sangrada, se le había roto el tabique y la sangre seguía brotando. La otra continuaba llore y grite, desesperada. Entonces agarré mi bicicleta y me fui a buscar a sus hijos. Llegué a un punto donde la calle estaba hundida. Intenté cruzar. Aventé la bici del otro lado, brinqué, pero me caí en medio de todo el cochinero, del piso destruido. Me golpeé la cabeza y me desmayé”.
Otra pausa. Ahora el silencio es punteado por ahogados sollozos. “No sé cuánto tiempo quedaría yo allí”, vuelve a contar, con los ojos vidriosos. “Cuando volví en mí, a mi alrededor había un cadáver tirado, mugre, escombros.
”Total, que pude llegar donde estaba el siniestro”, prosigue, reincorporándose. “Todos estaban sacando de las casas a la gente que había quedado enterrada. Me tocó sacar a los hijos de la señora y a su mamá, que tenía las piernas quebradas. Todo el día fue buscar y llorar. Allí estaba una grúa sacando material; a un cierto punto tuvimos que pararla, porque levantó el aspa y goteaba sangre. El tipo no quería parar. Tuvimos que bajarlo a fuerzas.
”Estábamos bien enojadísimos, desesperados, viendo cómo escurría la sangre”, dice Ignacio, y concluye: “Esta es la primera parte de mi tragedia. Luego vino la otra, con las secuelas que impulsaron el desastre de mi vista”.

El olvido
En este trajín entre memoria y olvido, “hay quienes, sobre todo en el gobierno y la clase política, que desde el siguiente día de las explosiones apostaron por el olvido. Hicieron todo lo posible para que la fecha no se recordara, aunque el discurso siempre fue que el 22 de abril no se le debería de olvidar a nadie jamás, para que no volviera a suceder”, afirma Regalado Santillán, investigador del Departamento de Estudios sobre Movimientos Sociales, del CUCSH.
“En medio de esto, además del olvido, surgió una utilización política del drama. Todos los gobernantes a partir de entonces, prometieron que resolverían el problema, tanto en términos de demandas presentadas por los afectados, como del significado que el 22 de abril tiene en términos de riesgos urbanos. Y hasta ahora ninguna de las dos cosas se ha resuelto. Más bien regatearon las demandas de los lesionados, y luego utilizaron demagógicamente la fecha del desastre”.
A 20 años del drama, quedan 11 requerimientos pendientes de los lesionados, a pesar de que el gobernador Emilio González Márquez los suscribió cuando era candidato, prometiendo que en su mandato los resolvería.
“La justicia no ha llegado. Por lo tanto, nosotros tenemos que recuperar nuestra dignidad. Esto es lo único que nos mantiene en esta lucha”, dice Lilia Ruiz. “No nos vamos a dar por vencidos. No queremos convertirnos en cómplices de los que quieren echar tierra sobre los recuerdos, así como la echaron sobre los muertos”.
Dignidad. Respeto. Justicia. De esto tratan los requerimientos de los damnificados, y no sólo de dinero, con el que los gobernantes presumen haber lavado sus culpas. “Reapertura y total esclarecimiento del caso, saber con claridad qué y quiénes son los responsables de las explosiones del 22 de abril”, reza el punto 8 de los pendientes.
“Aquí permanecemos y lo vamos a seguir haciendo los que tenemos conciencia de lo que sucedió”, concluye Lilia. “Los que pretendemos que alguien nos pida perdón por lo que sucedió, lo que no se ha dado; los que mientras no haya justicia, no podemos callarnos”.

El horror después del horror
Ignacio quedó ciego. Las imágenes de la tragedia fueron las últimas que quedaron impresas en sus retinas. Por esto, tal vez, cuando habla parece fijar la mirada en un punto que no está en ningún lugar a su alrededor, porque más bien está dentro de él.
En 1992 tenía 30 años y algo. No recuerda bien. “En plena flor. ¿De qué?, me pregunto”, espeta antes de sumergirse otra vez en su agónico silencio, hondo e impenetrable, como las tinieblas que abrigan sus ojos.
“A raíz del golpe iniciaron los achaques a la cabeza”, asegura luego. “Después los problemas de presión. Empecé a ver manchas. Si miraba el sol por varios minutos, me quedaba viendo todo negro. A los tres meses, ya no pude ver nada”.
Perdió su trabajo en el IMSS y también tuvo que cerrar su taller de carpintería. Desde entonces teje y da cursos de manualidad para ciegos. Por la vida y por el recuerdo, Ignacio ha luchado cada día a partir de aquel 22 de abril: “Fue una lucha de años y no sé cuántos más vaya a durar para que respeten nuestros derechos. Quedamos pocos de tantos, pero los que estamos somos bien luchadores y hermanos”.
“Somos los únicos que mantenemos viva la llama”, repite otra vez Lilia. Una llama que intenta sobrevivir al soplo aniquilador del olvido; una llama que brilla en los ojos de los 40 lesionados que aún trabajan asiduamente en su asociación, persiguiendo la justicia; también en los ojos apagados de Ignacio, que no pueden ver, pero que tampoco pueden olvidar.