La eternidad de la mirada

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En un tiempo perdido para siempre, el paisaje de la Ciudad de México y sus alrededores, fue la región más transparente del aire. Lo descrito por Alfonso Reyes en su Visión de Anáhuac, se revela en las imágenes surgidas de las manos del pintor José María Velasco, quien recorrió los campos y bebió, en definitiva, de una fuente primigenia. De los ojos de José María florece el viento y la luz del sol brillante y —en apariencia— eterno.
El paisajismo, desprestigiado ahora, mantuvo un espíritu romántico cercano al costumbrismo. Nos legaron imágenes de lugares ahora inexistentes —y siguiendo los rigores de un género pictórico característico del siglo XIX—, los artistas Julio Ruelas, Saturnino Herrán, Joaquín Clausell y Gerardo Murillo. Esos paisajes ahora se han vuelto urbanos y se levantan sobre lo construido, con incuestionable paciencia, por la Naturaleza.
El paisaje fue el motivo más caro para Velasco, quien exploró y se detuvo para, en seguida, lograr el milagro de traerlo a un tiempo presente. Perpetuo y suspendido, el instante de una era se revela de nuevo en sorpresa: arroba nuestra mirada, nos conmueve y nos despierta, nos visiona, en todo caso, la eficaz depredación humana…
Nacido el 6 de julio de 1840, en Temascalcingo, Estado de México, el niño José María pronto emigró a la capital mexicana para ir a estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos. Quizá de lo mirado en ese viaje fue que surgió la inquietud de postergar la destrucción y, en lo posible, suspender en los ojos las nubes y aletargar los volcanes. En la mayoría de sus cuadros no hay gente; en sus mejores trabajos, la naturaleza es el motivo; sin embargo, paisaje y arquitectura (una iglesia, una plaza, una hacienda) conviven alguna vez y nos relatan, también, la llegada de un humeante tren surgido de los recodos: de entre los árboles, parece decirnos, surge la Modernidad…

Un inmenso solar el mundo
Antes del surgimiento y prestigio de la fotografía, fue la pintura el arte que resguardó los espacios. Antes de la tecnología, fue el hombre y sus manos quien otorgó dignidad a la Naturaleza, conservando su eterna belleza. Los paisajes de José María Velasco nos recuerdan que antes que aparecieran las grandes ciudades, la mirada podía alargarse y alcanzar el punto más lejano y más alto del cielo.
De cierta manera —y muy a la mexicana—, las obras de Velasco nos hablan del inmenso solar que fue el mundo. Son poemas bucólicos y testimonio de un mundo perdido. Nos acercan a la inmensidad. Nos ubican en la poesía. Y esos poemas están próximos a los escritos por los poetas de la antigua cultura china. “En lugar de humanizar al mundo que nos rodea, el espíritu oriental se impregna de la objetividad, pasividad e impersonalidad de los árboles, las yerbas y las peñas para así, impersonalmente, recibir la luz imparcial de una revelación también impersonal”, ha dicho Octavio Paz de la poesía oriental.
No ajeno el paisaje en la poesía mexicana, en la recopilación realizada por Salvador Novo (Mil y un sonetos mexicanos, para la editorial Porrúa), hay un apartado en que se pueden leer construcciones verbales que parecen ligadas a la tradición seguida por Velasco; uno en especial, escrito por Raymundo Ramos, parece un homenaje a la obra de Velasco, a su labor, a su mirada.

El ojo se eterniza en el detalle,
mide la transparencia de la altura
y en el volumen de vértigo y hondura
pesa en color la música del Valle.

Velasco mantiene el prestigio bien ganado de ser nuestro más grande paisajista; faltaría valorar su poética y su quehacer en el sentido de testimonio de lo que fue el Valle de México, sin olvidar sus recursos narrativos impregnados en su abundante trabajo.
José María Velasco murió hace un siglo en la Villa de Guadalupe Hidalgo (Ciudad de México), el 26 de agosto de 1912; no ha dejado de mirar la luz, las nubes, los volcanes: sigue sintiendo el viento de los caminos que lo llevaron, a los nueve años de edad, de su pueblo a la ciudad…