Jors

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Tras veintisiete años de carrera, el caricaturista Jors realiza su primera exposición retrospectiva llamada El hombre de papel, habitante de la página impresa, que se inauguró la semana pasada en el Museo del Periodismo y las Artes Gráficas.

Jors (Jorge Salazar Zepeda), quien además de la caricatura proyecta también su creación a través de la ilustración y la pintura, ha participado a lo largo de su trayectoria tanto en revistas como diarios y libros reconocidos.

Abiertamente influenciado por la literatura, por lo que se denomina con cierta ironía “un lector profesional”, dice que su especialidad en el arte es el humor negro, y se inscribe en la tradición artística de Marius de Zayas o del trabajo del propio José Clemente Orozco, pero también de El Chango Cabral, Rogelio Naranjo y Roland Topor.

Amante del proceso análogo para su trabajo, ha dicho alguna vez que su posesión más preciada es el papel, que en su caso muestra el entorno de un lector y dibujante, por lo que esta exposición que “abre los archivos de un monero”, no hace sino reafirmar su relación hombre-papel.

¿Cuáles son las tendencias de tu obra?
Recoge todos los aconteceres humanos. Soy un gambusino callejero que va a la pesca de imágenes, de sonidos, del lenguaje de las personas, pero también soy susceptible del acontecer político y social, y lo mezclo con mis influencias, con lo que al final hago un crisol y lo vierto al papel. Tomo la realidad y la transformo, pero con la preocupación de dotar de más cualidades artísticas a mis dibujos.

¿Te desenvuelves mejor en la caricatura, la pintura o la ilustración?
Mis tres profesiones corren paralelamente y no prefiero alguna. Se vuelve uno profesional de la imagen, e implica un placer enorme de estar ejerciendo el oficio. Va de por medio mi apuesta por el arte, impreso con el mismo entusiasmo aunque sean distintos lenguajes y públicos.

¿Es indispensable el humor para este tipo de trabajo?
Es necesario para la vida. Los grandes humoristas se convierten en filósofos desde esa trinchera; analizan la realidad y se vuelven sabios. El humor desacraliza al ser humano, y es el triunfo de la inteligencia. Pero practicarlo requiere seriedad y compromiso. Sin él, la realidad sería plana o aniquilante.

¿Eres un filósofo del humor?
Es mi materia vital practicarlo todos los días. No concibo un mundo sin él, pero llámese humor en serio, no la carcajada epidérmica. Mi interés es desarrollar sistemáticamente un modo de pensar que lleve al ser humano a corregir su camino riéndose de sí mismo, quitándose el peso de superioridad que trae a cuestas. Pero no soy filósofo, sino un simple humorista.

¿Entonces posee una función social de cambio este tipo de obras?
Contemplar el humor no es fácil para los espectadores, porque muchos se sugestionan o se sienten atacados. Hacer humor significa apelar y desafiar al otro, y no siempre es bien recibido. Es genial encontrar respuestas favorables, pero también lo es el encontrar las de la gente que se ofende, porque te indica un camino.

¿Cuáles son tus temas principales?
La locura y el paso del tiempo son mis ejes fundamentales. Tengo fijación en la sinrazón y el absurdo humano. Y es por leer u observar a artistas especializados en el humor negro. Siempre están con la mirada retorcida de las cosas, y yo explico el mundo así. Descorrer el velo es lo fascinante de ensayar la realidad desde mi restirador.

¿Cómo eliges de la realidad lo que vas a crear?
Es como la labor de un escritor. Siempre oyendo y registrando las conversaciones, y es algo que no se puede controlar. Se hace algo basado en eso pero sin dejar la facultad de ficcionar. La metafísica pop le llamo a mí trabajo, y soy un felizólogo patafísico, porque observo a mis semejantes pero sin retratarlos literalmente, porque sería aburrido. Aquí está el poder del arte que realiza ese milagro creativo.