El triste adagio de un genio

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En 1938 el gran Toscanini, director genial y perfeccionista, estrenaba en la ciudad de Nueva York una pieza musical del norteamericano Samuel Barber con la Orquesta Sinfónica de la NBC. La pequeña obra, de unos diez minutos de duración, le había sido enviada apenas meses atrás al director italiano para que la revisara. Aparentemente Toscanini regresó la partitura sin observación alguna para dedicarse a trabajar en la interpretación de memoria. A partir del estreno, y cuya grabación se conserva en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, la obra ha gozado de una popularidad incansable que ha resistido setenta y tantos años de variopintas ejecuciones y adaptaciones, y que le dieron al Adagio for strings una vigencia con la que Barber no soñó.
Aaron Copland decía en su libro Cómo escuchar la música: “El ‘explicar’ la música no es una tarea fácil, y no puedo hacerme la ilusión de haberla realizado mejor que los demás”. Si se considera que tal frase fue hecha por uno de los más insignes compositores del siglo XX en aras de hacer más asequible la comprensión de este arte a los oídos no iniciados, se puede sopesar la dificultad de revestir con una lógica verbal la intangible abstracción sonora.
Bajo esta perspectiva, en la que se sabe que la buena música no es tan fácil de entender, amén de que se tengan ciertos rudimentos teóricos y además de entrenar el oído, lo que no se logra siendo un escucha pasivo, sino aquel que deja a un lado la pereza de pensar la música como un simple sonido ambiental, o un amorfo y repetitivo estimulante ruido, para más bien deshilvanar los tejidos acústicos que conforman una obra; ante tal perspectiva, resulta no común que el adagio de Barber desde su pública aparición se convirtiera en un favorito del ideario colectivo.
Originalmente, esta obra de Barber había sido concebida en 1936 como el segundo movimiento de su cuarteto para cuerdas en Si menor Opus 11. Al igual que cualquier cuarteto, está hecho para música de cámara, es decir, para espacios pequeños y con una formación instrumental de cuatro integrantes —habitualmente un par de violines, una viola y un chelo—, lo que deviene en una atmósfera íntima en la que los espectadores fácilmente pueden advertir la calidad y precisión musical en cuestión. Esta intención camerística, sin duda influyó en la creación de la hermosa línea melódica del adagio, y en la fuerza y profundidad de sus voces armónicas que a la vez se contrapuntean.
Sin embargo, el Adagio for strings lejos de diluirse una vez que Barber lo extrajo de su contexto original, ganó en expresividad e intensidad al adaptarlo a una orquesta de cuerdas, y la atinada idea de concebirlo como una obra independiente y acabada fue lo que inicialmente contribuyó a su fama. Pero luego, el hecho de que se siga interpretando por todo el mundo no se explica, como ya se dijo, por un fenómeno de cultura musical. Ha sido su sencillez —a pesar de ser una obra magnífica y completa— la que le ha dado el impulso; las personas con y sin instrucción musical la han hecho suya, sin pensar que pudieran necesitar un intermediario (aparte de quien lee la partitura) que les explique qué deben pensar del adagio. Le ha pasado lo que a otras obras de arte —pocas por cierto— que se han volcado en referentes universales.
Una obra de arte tan bella como es el adagio de Barber, corre el riesgo de las valoraciones particulares, y por lo tanto puede ser sobreexplotada y encaminada a contextos para los que quizá no fue creada: esta pieza se utilizó para acompañar una ceremonia en memoria de los muertos del 11 de septiembre en Nueva York, en 2004 fue elegida como la pieza más triste por el auditorio del programa BBC´s Today, pero por otra parte Tií«sto, un Dj europeo, la deconstruye y le da otro sentido menos mortuorio, pero sí más hipnotizante en medio de su parafernalia electrónica.
Así, el Adagio for strings ha sido interpretado por innumerables orquestas y directores, uno de ellos, el japonés Toshiyuki Shimada que vino al Festival de Mayo 2011 en Guadalajara para ejecutarla. Shimada, alumno entre otros de Berstein y de Karajan, afirma que la obra no es muy difícil técnicamente, pero —haciendo unos gestos exagerados como de actor japonés—, se toca el corazón y dice que es “very emotional”. En tal sentido, la música como ningún otro arte desencadena una enorme contaminación de sensaciones, y Barber se valió de ello para adaptar su adagio a coro, convirtiéndolo en 1967 en un Agnus Dei que le recuerde a todos sus pecados. El mismo Samuel Barber que a los nueve años escribió una pequeña carta a su madre para contarle su “inquietante secreto”, pidiéndole que no llorara, pues ella no tenía la culpa de su deseo de ser compositor.