El futuro de la humanidad

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En su libro El lugar del hombre en el cosmos. La gran historia y el futuro de la humanidad, Spier (2011) propone que el futuro de la humanidad está vinculado con la disponibilidad de materia y energía.
En 1972 apareció una de las publicaciones ecologistas más influyentes, resultado del trabajo de un think tank, autodenominado Club de Roma, llamado “Los límites del crecimiento. Informe del Club de Roma sobre el predicamento de la humanidad”. Su modelo se basaba en cinco variables: la población, los recursos (energía incluida), la elaboración de alimentos per cápita, la producción industrial y la polución (Meadows y colaboradores, 1972).
Este texto establecía que a pesar de que los recursos decisivos se encontrarán en declive, la elaboración de alimentos y la producción industrial alcanzarían su punto álgido en torno al año 2020, para decrecer a continuación, tanto a consecuencia del agotamiento de los recursos naturales como del incremento de la polución. Incluso predice que la población mundial se situaría en su cota máxima en torno al año 2070, y a partir de esa fecha las cifras demográficas caerían en picada, porque serían muchos los tipos de recursos que llegarían a faltar.
A pesar de que este texto ha sido criticado como apocalíptico, parece que sigue siendo válido. Con base en todo esto se vaticina lo siguiente para la humanidad.

La disponibilidad de recursos materiales y energéticos
El primer problema con el que nos encontramos es que hay pocos lugares en la tierra que tengan una concentración alta de recursos como para que sean útiles a los seres humanos; el segundo es que, para hacer uso de los recursos materiales, necesitamos energía, la cual es muy escasa, y aunque lográramos tener una fuente barata e ilimitada, viene el problema de la contaminación y la entropía que genera el uso de los recursos naturales.
Un tercer problema es el número de personas. Entre más gente haya, más recursos y energía necesitamos. Si la población humana sigue creciendo, nos vamos a ver forzados a abandonar la esperanza de tener un estilo de vida equilibrado, desde el punto de vista ecológico.
Por todo esto, el problema central es la cantidad de energía de la que podemos disponer. En 2008 apareció en la revista New Scientist, la duración estimada, por la Agencia Internacional de Energía, de las fuentes de energía no renovable, y las cosas no se ven bien: tenemos uranio para unas décadas, petróleo y carbón como para unos cien años y gas natural como para doscientos (Strahan, 2008).
Las otras energías renovables con las que ya contamos (solar, geotérmica, mareomotriz) dan menos energía que las que nos proporcionan los combustibles fósiles, cuesta más dinero y esfuerzo obtenerlos, y puesto que el actual régimen socioeconómico recompensa la competitividad, se ve poco probable que hagamos un esfuerzo real para hacer una transición que nos lleve a un cambio.
En el caso de la energía solar, que es nuestra mejor opción, las cosas se ven complicadas. En primer lugar, está la distancia que media entre el lugar de producción y de consumo de la energía. En el caso de las ciudades, que es donde más se consume energía, están lejos de donde se podría extraer en cantidades óptimas. En segundo, para construir aparatos que produzcan estas energías, se necesita mucha energía a su vez, lo que sugiere que las deberían de comenzar a construir inmediatamente, porque después no habrá energía para construirlas. En tercer lugar, su rentabilidad es baja (comparada con el petróleo o el carbón), lo que indica que deberíamos comenzar a hacer la transición en las zonas desérticas. Si se instalaran unos 300 mil kilómetros cuadrados de células fotovoltaicas en el desierto del Sahara, se podría abastecer de energía al mundo entero (Daviss, 2007).

Agotamiento de los recursos
Sabemos que nos vamos a enfrentar a problemas con el agua dulce, la erosión del suelo, pérdida de biodiversidad, aumento de gases de invernadero y el problema de la basura. Pero hay otros que no llaman tanto la atención, pero que también son importantes. Por ejemplo, la cantidad de fosfato que se utiliza como fertilizantes se está agotando (va a durar como 100 años). Este producto ha permitido que la agricultura moderna alcance unos niveles de producción totalmente desconocidos en épocas anteriores.
Lo que ocurre es que una vez utilizado en la agricultura como fertilizante, se termina diluyendo en los océanos, donde es difícil volver a utilizarlo. Si queremos que la agricultura no se desplome, tenemos que encontrar maneras nuevas de minimizar las pérdidas de fosfato por arrojar este recurso al mar.

¿Emigrarán los humanos a otros planetas?
Todo el mundo sueña que será así, pero las perspectivas reales no son optimistas. El primer problema son las distancias. Llegar a Alfa Centauro, que está a cuatro años luz, viajando a sólo uno por ciento de la velocidad de la luz (completamente irrealizable por el momento) se emplearían 400 años en llegar.
En segundo lugar, está otra vez el problema de la energía y los costos. Por ejemplo, en la medida en que los viajeros se alejaran del sol, dejaría de ser para ellos una fuente de energía.
En tercer lugar, están los problemas de salud relacionados con la radiación cósmica. Si se blindara una nave para evitar estos rayos, su peso sería enorme. Desde otro ángulo, no existen los avances médicos necesarios para contrarrestar el daño que los rayos solares causan en las células.
Para concluir, dados estos antecedentes, parece que la solución que tenemos a la mano es cooperar para alcanzar un futuro sostenible, adoptar un estilo de vida aceptable, que no rebase las circunstancias que limitan nuestra existencia en el planeta.
Si la humanidad ha de sobrevivir en la Tierra y disfrutar de un mínimo de confort, entonces esta es la cuestión más decisiva que todos nosotros, incluidos nuestros hijos, debemos resolver.

*DEPARTAMENTO DE NEUROCIENCIAS, UNIVERSIDAD DE GUADALAJARA