El descenso de Lowry

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Si nuestra civilización tornara a la sobriedad por un par de días, al tercero moriría de remordimiento.
Malcolm Lowry, Bajo el volcán

Después de terminar de leer por primera vez Bajo el volcán —y haber vivido unos meses en Colotlán— me entró en la cabeza una idea absurda: ir a Cuernavaca en busca de la estatua de Victoriano Huerta —y, por qué no, tomarme de paso unos mezcales a “sus saludes” (sí, de los dos: el caudillo y el autor, Malcolm Lowry), en una de las míticas cantinas que aparecen en la novela. En ella, el escritor británico sitúa, a la entrada de la plaza principal de Quauhnahuac —posiblemente en el lugar donde ahora se encuentra, paradójicamente, la de Zapata—, una efigie del “usurpador” colotlense, quizás por un error histórico, o bien con la intención de volver más sombría la narración de una ciudad que, en su imaginación literaria, flota entre la perdición y la salvación —más cercana, sin embargo, al infierno (El Farolito, hablando de cantinas…), que a un posible Edén (LE GUSTA ESTE JARDÍN? QUE ES SUYO?).

Pero pronto, después de búsquedas en libros o internet y hablando con amigos, me di cuenta de que sería una empresa vana: no existe, en todo México, una estatua de Victoriano Huerta —y, también, ya desapareció la mayoría de los lupanares donde Lowry (como el Cónsul protagonista de la novela) iba a atosigarse de licor y, perfectamente borracho, descendía hacia un infierno personal al mismo tiempo que se elevaba a la creación de una de las grandes obras maestras de la literatura del siglo XX.

Porque Bajo el volcán chapalea en esta tensión continua entre la caída y la sublimación hacia la Luz, resolviéndose, sin embargo, inapelablemente, por aquella. Bajo el volcán es el mismo Infierno —como escribe Lowry en una carta a su editor Jonathan Cape: la primera novela de una trilogía que nunca llegó a escribir y que se compondría de otras dos obras, en un proceso de redención progresivo hacia el Purgatorio y el Paraíso—; es el abismo, el Qliphoth —uno de los tantos guiños a la Cábala que aparecen y que, de alguna forma, estructuran el libro— donde al final de la novela, afuera de El Farolito, se hunde el Cónsul, muerto, pero al fin liberado.

Y México es el escenario apropiado para ese drama que se desarrolla a la sombra idílica y constante de dos siniestros guardianes: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, que se ciernen sobre el protagonista como un peligro inminente, con la furia de una tempestad final e inapelable.

México, un país que amas o que odias. Un país al que, quizás, pocos extranjeros han logrado descender hasta las entrañas, a captar su profundo sentido trágico. Lowry, Dante moderno, lo ha hecho de la mano del mezcal, guía como Virgilio y al mismo tiempo brasa, como los ojos de Caronte.

“México es paradisíaco e indudablemente infernal”, escribe Lowry en la citada carta al editor de Bajo el volcán.

Y más arriba, hablando de la historia: “El escenario es México, sitio de encuentro, según algunos, de la humanidad entera, pira de Bierce, salto mortal de Hart Crane, vieja liza de conflictos raciales y políticos de toda especie, donde un pueblo nativo genial y pleno de color posee una religión que rudimentariamente podríamos describir como una religión de la muerte; por lo mismo es un lugar tan bueno como Lancashire o Yorkshire para situar nuestro drama referente a la lucha de un hombre entre las potencias de la oscuridad y la luz”.

Una lucha que ese hombre, Geoffry Firmin, ex cónsul británico en Cuernavaca, libra en contra del alcohol, de su ex esposa, de su hermano —que lo traicionaron—, pero fundamentalmente contra sí mismo, justamente un día de muertos de finales de los años treinta (cuando el mundo también estaba en estado de “ebriedad”, en víspera de la Segunda Guerra mundial).

“Podemos considerar a México como el mundo —prosigue Lowry—, o el Jardín del Edén, o como ambas cosas a la vez. También como una especie de símbolo intemporal del mundo en el que es posible colocar el Jardín del Edén, la Torre de Babel, de hecho todo lo que nos dé la gana”.

Y él, desde el principio, coloca a México en su narración; es más, es México que le otorga el ritmo a la misma narración. El primer capítulo, le dice el autor a Jonathan Cape, “establece, aun sin que el lector se entere, la atmósfera y el tono del libro, así  como el lento, melancólico, trágico ritmo del mismo México —su tristeza—…).

Octavio Paz dijo que el verdadero tema de la novela es la expulsión del paraíso, señala Juan García Ponce en el prólogo del libro El volcán, el mezcal, los comisarios, que reúne la susodicha carta y otra que Lowry envió a Ronald Paulton.

“Novela de la caída, lo es también por esto mismo de la nostalgia”, dice García Ponce. “Nostalgia de esa unidad perdida, de esa posibilidad de trascendencia a la que de alguna manera el Cónsul quiere llegar por medio de la bebida; pero que permanece como aspiración inalcanzable y se resuelve en la muerte”.

El Cónsul es, de alguna forma, Lowry, y Lowry es su novela. En el prólogo se señala que el escritor inglés escribió en un poema que con su obra ha intentado “urdir una temerosa visión de sí mismo”. Y por esto, precisa García Ponce, “su figura resulta tan trágica y fascinante al mismo tiempo”.

“Fuera de él quizás la descripción más acertada de su personalidad, (…) es la que su esposa Margerie Lowry ha inscrito en el reverso de una de sus fotografías: ‘le producía una gran satisfacción pensar que había llegado a parecer un peregrino’”.

No es difícil pensar en Lowry así, dice García Ponce. “Peregrino por la vida, por sus profundidades más siniestras, por sus posibilidades de exaltación, testigo de la oscuridad y deseoso de la luz”.

Como Dante, Lowry (o el Cónsul) es un peregrino que se pasea por el Infierno, pero a diferencia de aquél, no vuelve a la luz. No hay para él Purgatorio o Paraíso. Sólo la oscuridad húmeda y olorosa de una cantina, en la mañana, donde la verdadera belleza, la posibilidad de redención, es un flébil rayo de luz rociado de polvo que se filtra por las rendijas de la persiana; pero que pronto se ahoga, llevándose consigo toda esperanza, al fondo de una copa de mezcal.

“Muy pocos libros dentro de la literatura contemporánea pueden ser tan deprimentes como Bajo el volcán; pero muy pocos pueden también provocar la legítima exaltación ante la dignidad oculta de la tragedia que él produce”.

Bajo el volcán es un poema épico moderno. Pero es, también, una novela de amor. Amor frustrado por una mujer, amor traicionero, por el alcohol, por México, del que ha logrado representar la belleza salvaje y majestuosa, y la ruindad de la gente y sus ínfimas bajezas. Un país ingrato, del que pudo captar la esencia y que a cambio, como sucede a menudo, lo sacó a patadas (literalmente, Lowry fue deportado en el segundo viaje que hizo a México, y del cual salió su otra novela Oscuro como la tumba donde yace mi amigo). De esto algo saben algunos colotlenses, que para recordar su hombre ilustre están buscando rescatar su imagen y erigirle una estatua. Tal vez la de Lowry no fue una equivocación, o una elección estilística, sino, como muchas cosas en su libro, una premonición. Y quizás un día de estos podremos ver, como la describe en Bajo el volcán, “caracoleando bajo los árboles oscilantes, la estatua ecuestre del turbulento Huerta, de mirada siempre feroz, [que] veía hacia el valle…”