El ciudadano x en un planeta distinto

553
VILLAHERMOSA, TABASCO, 01NOVIEMBRE2007.- Tabasque–os y autoridades estatales y federales se unen para ayudar a rescatar a los habitantes que se encuentran inundados por los desbordamientos de los r’os Grijalva y Carrizal en la colonia Gaviotas, Casa Blanca y La Manga. Estos lugares son los m‡s criticos en donde el nivel del agua sobre pasa los cinco metros de profundidad y aun hay m‡s habitantes que rescatar que est‡n pidiendo auxilio por sus vidas. FOTO: MARCO POLO GUZMçN HERNçNDEZ/CUARTOSCURO.COM

Un ciudadano X estudia la preparatoria en una gran ciudad. Vive en una familia de clase media que puede darse ciertos lujos: coche, DVD, computadora. En verano suele ir a la playa. Él, como muchos otros, cree que eso del calentamiento global es una exageración.
En los próximos 15 o 20 años, el ciudadano X empezará a sentir los efectos del cambio climático: tendrá más frío en invierno y se deshidratará por el calor en verano, comprará ciertos alimentos más caros y dejará de comer algunos otros; él o sus conocidos sufrirán con más frecuencia diarreas, dengue o enfermedades cardiorrespiratorias que no podrán curar tan rápidamente, pues las instituciones de salud estarán más saturadas de pacientes que ahora.
Bañarse o lavarse los dientes podría convertirse en una práctica no frecuente, pues habrá poca agua disponible. En las zonas menos pobladas el vital líquido estará contaminado. El ciudadano X querrá escapar de la extrema contaminación atmosférica de la ciudad, pero no podrá vacacionar en alguna playa mexicana, pues muchas de éstas serán blanco de severas inundaciones y huracanes extremos o habrán desaparecido por el aumento en el nivel del mar.
El incremento en el costo de alimentos básicos (leche, carne, huevo, tortillas) y servicios como agua, electricidad, gas y gasolina, ante la escasez de materias primas, así como la disminución de empleos, afectará la economía de las personas. Si tuviera hijos pequeños, estaría obligado a sacarlos de la escuela para ponerlos a trabajar.
El bienestar económico, físico y mental, así como el entorno del ciudadano X y otros millones de habitantes de México, cambiarían drásticamente si no son adoptadas medidas para mitigar los efectos que traerá el cambio climático, no sólo para nuestro país, sino para todo el mundo.

Focos rojos
Las recientes inundaciones en zonas costeras del país, el descenso extremo de temperaturas, los severos huracanes y los deslaves de montañas prenden focos rojos para las autoridades mexicanas, pues podrían ser el inicio de una serie de fenómenos naturales producto del cambio climático.
En un reporte presentado en 2007 por el grupo de trabajo II, del Panel intergubernamental de cambio climático, de la ONU, calculan que el incremento de uno a tres grados en la temperatura media global en los próximos años, traería cambios en la salud y la seguridad alimentaria de la población.
Entre los posibles escenarios para países de América latina, dicho grupo explica que el volumen de agua disminuiría entre 10 y 30 por ciento, habría extinción de especies y reducción de la biodiversidad, además de pérdida de costas. Con un aumento de más de tres grados en la temperatura, descenderá la productividad agrícola y ganadera. La desaparición de glaciares afectará la disponibilidad de agua para consumo humano, agricultura y generación de energía eléctrica.
México es uno de los países más vulnerables a sufrir estos cambios, pues cerca de la mitad de su población sobrevive en condiciones de pobreza… y pobreza extrema, además de carecer de la infraestructura y políticas eficaces para disminuir los efectos de este proceso global.
Las poblaciones más pobres son las que enfrentan los costos humanos más inmediatos de sequías, inundaciones y variaciones climáticas, asegura el Informe mundial 2007-2008 del Programa de la ONU para el Desarrollo (PNUD).
“De continuar las tendencias actuales en el cambio climático, sus efectos pueden conducir a la pérdida de 60 por ciento de la producción de maíz de temporal en México”, señala el informe. Esto afectaría a dos millones de agricultores que carecerían de trabajo, así como a la producción de alimentos derivados de ese grano, básico en la dieta de los mexicanos.
Dichas previsiones coinciden con resultados de estudios realizados por investigadores del Centro de Ciencias de la Atmósfera, de la UNAM. Indican que a causa de variaciones en el clima, en los próximos años “podrían presentarse para México dos veranos con sequía o dos inviernos con bajas temperaturas y lluvias torrenciales”.
El análisis publicado en el libro Cambio climático. Una visión desde México, editado por el Instituto Nacional de Ecología (INE), advierte acerca de un aumento en la vulnerabilidad en la agricultura de maíz de temporal y fuertes reducciones en los rendimientos de esta semilla en estados como Puebla, Veracruz y Jalisco.
Buena parte de la cosecha de maíz de temporal está destinada al autoconsumo, sobre todo en las comunidades indígenas, donde es el principal alimento. La disminución de cultivo de ese grano afectará de manera grave a estas poblaciones.
México está ubicado en el lugar 52 entre los países con desarrollo humano alto, según el informe del PNUD. Los efectos del cambio climático podrían revertir los avances en materia de educación, nutrición y salud: de 1998 a 2000, la probabilidad de que los niños menores de cinco años enfermaran, aumentó 16 por ciento en casos de sequía y 41 por ciento en inundaciones.
Adrián Guillermo Aguilar, investigador del Instituto de Geografía, de la UNAM, dice que de existir un calentamiento generalizado en la atmósfera, en las ciudades mexicanas las consecuencias serán manifestadas en ondas de calor, episodios críticos de contaminación atmosférica y un incremento en enfermedades transmitidas por vector e infecciones.
En el capítulo de su autoría publicado en el libro del INE, explica que una alta vulnerabilidad urbana a las enfermedades relacionadas con el clima, combinará mayor precipitación y humedad, temperaturas más cálidas, así como condiciones sanitarias deficientes.
“Una mayor precipitación (de lluvia) puede causar la obstrucción de redes de drenaje, inundación de vías de comunicación y, en general, inundaciones y estancamientos de agua que seguramente tendrán efectos negativos en la salud humana. Si a lo anterior se agregan áreas de asentamientos populares con graves carencias de servicios públicos, se crea un ambiente propicio a la expansión de enfermedades infecciosas relacionadas con el agua, como cólera o paratifoidea, así como aquellas transmitidas por el dengue o el paludismo. Estas últimas (…) se podrían desplazar de latitudes tropicales hacia zonas más templadas”.
En el estudio titulado “La urbanización y el cambio climático global”, Aguilar defiende la tesis de que localidades con grandes densidades de población, como el Distrito Federal (DF), Jalisco o Nuevo León, registrarán consumos de agua más altos y dificultades para encontrar nuevas fuentes de suministro del líquido. Además, “las inundaciones pueden contaminar las fuentes de abastecimiento o las plantas de tratamiento de agua”.
Estas afirmaciones coinciden con la investigación realizada por la organización ambientalista italiana Legambiente, que sitúa al DF como una de las 10 ciudades en el mundo más vulnerables al cambio climático. La ciudad estaría amenazada por “la drástica disminución en los recursos hídricos y la sobreexplotación y contaminación de mantos acuíferos”.
Aguilar subraya que la capacidad financiera y administrativa de los gobiernos locales es fundamental para mitigar los cambios que traerá el calentamiento global, sobre todo en los centros urbanos.
“El espacio construido puede ser vulnerable si no cuenta con un diseño arquitectónico adecuado o presenta carencias de infraestructura o desigualdad en el abasto de servicios básicos”.
Y advierte: “Es necesario construir capacidad institucional para el manejo ambiental. Deben existir planes de acción para cada tipo de problema, pero las soluciones deben estar interconectadas (…) e incorporar a todos los sectores sociales posibles. La diseminación a todo público es esencial”.

¿Avances?

la organización ambientalista alemana Germanwatch sitúa a México en el cuarto lugar mundial entre las naciones que más estrategias han adoptado en el combate al cambio climático.
En la lista de 56 países responsables de emitir el 90 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero, en un año México avanzó del lugar 16 hasta el cuarto sitio. Es también el tercero en número de proyectos de reducción de gases de efecto invernadero.
La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales anunció a finales de 2007 el inicio de un estudio para evaluar el impacto que el cambio climático tendrá en la economía del país, así como posibles estrategias de mitigación. El proyecto estaría listo a finales de este año.
No obstante dichos avances, poco se ha hecho para aminorar la vulnerabilidad a la que están expuestos millones de mexicanos.
Si la reducción de gases de efecto invernadero por parte del sector industrial y comercial es una prioridad para contrarrestar los efectos del cambio climático en territorio nacional, lo es también el cuidado al medio ambiente, la regularización de asentamientos urbanos y la dotación de infraestructura de calidad por parte de los gobiernos federal y local.
Lejos de evitar la destrucción de bosques, manglares y playas, las autoridades alientan la construcción de fraccionamientos, plazas, hoteles, centros comerciales, incluso en reservas ecológicas. Esto conlleva el cambio de uso de suelo y la destrucción de ecosistemas fundamentales para el equilibrio ambiental, además de fomentar la concentración poblacional.
De acuerdo con el investigador del Instituto de Geografía, de la UNAM, Adrián Guillermo Aguilar, “una alta vulnerabilidad (ante el cambio climático) estaría asociada a un mayor número de asentamientos humanos (…) con un gran número de unidades industriales, viviendas y vehículos automotores”.
Además de la escasa dotación de infraestructura en casi todos los estados de la república, sobre todo los más pobres, los gobiernos han hecho poco por evitar los asentamientos irregulares. Localizados en zonas de alto riesgo y habitados por quienes menos recursos tienen, éstos serían los más susceptibles de sufrir inundaciones y deslizamientos de tierra, como sucedió en una comunidad de Chiapas en noviembre del año pasado.