Economía y lo demás es silencio

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En una fotografía que ilustra un reportaje reciente sobre el último “rescate” económico para Grecia, publicado en El País, se ve el nombre del “Bank of Greece” tachado y con la leyenda sobrepuesta de “Bank of Berlin”. En las otras imágenes se aprecian las secuencias ya comunes: jóvenes con pasamontañas (y máscaras antigas), hombres con piedras y tubos en las manos, pancartas, policías con cascos y escudos, edificios en llamas y algunos monumentos dañados.
El cineasta Theo Angelopoulos antes de morir recientemente, atropellado por una motocicleta de la policía en Atenas, trabajaba en un documental sobre la crisis económica de su país. Qué pasa en el mundo que provoca que un director, ganador de Cannes y distinguido por un cine más bien poético, se decantara en los últimos meses por narrar un fenómeno que en apariencia tiene que ver con cosas más mundanas, como el desempleo, la deuda, el déficit…
¿Es esta una crisis más, que finalmente dará cabida a otros años de próspero crecimiento? Como señala Viviane Forrester: “¿Cuándo tomaremos conciencia de que no hay una ni muchas crisis, sino una mutación, no la de una sociedad sino la mutación brutal de toda una civilización?” (El error económico, 1997). Lo que Walter Benjamin consideraba “tiempo mesiánico” corre el peligro de perpetuarse, sobre todo si no hay un cambio radical en el pensamiento y una crítica más generalizada del capitalismo como sistema ideológico. “El orden mercantil es necesariamente capitalista”, escribe Michel Alietta y André Orléan (La violencia de la moneda, 1990). Pero no se puede confundir un sistema con una filosofía. La crítica al capitalismo no puede interrumpirse con el fracaso del comunismo. Lo peligroso es la construcción de un pensamiento único que justifique a ultranza la primacía del mercado por sobre los pueblos y sus democracias. En el documental Inside Job (2010), se exhibe a algunos de estos “think tanks”, que resultan ser académicos consagrados de importantes universidades estadounidenses, que tienen un doble rol como asesores del gobierno, o directamente como intermediarios entre importantes empresas y grupos financieros. Siempre subsidiados por la industria privada, convierten la teoría económica neoliberal en dogma.
Como lo expone Rolando Cordera y Carlos Tello, se ha llegado a un punto en que se identifican la democratización política con la liberalización económica (México, la disputa por la nación, 2010). Cuando se estudian los discursos sobre economía de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, o de Miguel de la Madrid hasta Angela Merkel, toma sentido la frase que George Orwell escribió en su célebre ensayo “La política y la lengua inglesa”: “En nuestro tiempo, el discurso oral y el discurso escrito de la política son, en gran medida, la defensa de lo indefendible” (Matar a un elefante y otros escritos, 2009).
Lo que J. K. Galbraith llamó la “revolución de los ricos”, parece haber triunfado. La revuelta estudiantil en Chile, los “indignados” de Wall Street, la spanish revolution e incluso el criticado movimiento #YoSoy132, parece el principio de lo que el viejo Sthépane Hessel esperaba provocar con su panfleto ¡Indígnate! Una pequeña esperanza, una primera fuerza de choque que pueda hacerle frente a ese “pensamiento único” que se empeña en culpar a los pueblos de la deuda de sus gobiernos y que obliga al rescate de grandes bancos y poderosos financieros corruptos que llevaron la burbuja económica a límites inimaginables, como lo documenta Inside Job. “Todos parecen participar del mismo campo, considerar que el estado actual de las cosas es el único natural, que el punto al que ha llegado la Historia es el que todos esperaban”, escribe Viviane Forrester.
Debería hacerse una crítica de los principios de la propia democracia. Como lo señala David Ibarra Muñoz: “(…) la democracia confiere legitimidad a reformas e instituciones, pero cuando no conduce al ideal de la justicia social ni a mejorar la suerte de la mayoría de los ciudadanos, destruye sus propias bases de legitimidad”. Las pasadas elecciones griegas, el rescate de España e Italia y la deuda que sin duda caerá sobre los ciudadanos, gira en estos momentos alrededor de esta paradoja. Los pueblos, todo parece indicarlo, no deciden ya si quieren endeudarse por las siguientes generaciones. ¿Saldrá Grecia del euro, como incluso ya se está planteando? ¿O será nuevamente una decisión entre las cúpulas la que determinará la suerte de millones de personas? ¿Continuará esa “falacia descomunal” que tanto acusa Viviane Forrester?
“Pareciera que la teoría económica tiene todas las respuestas”, escribe David Ibarra Muñoz. Los hijos indignados de Sthépane Hessel (esperemos) tal vez tengan algo diferente que decir. Si no, continuaremos con el “tiempo mesiánico”, que promulgara hace casi un siglo Walter Benjamin.

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