Cronista de la vida sencilla

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De singular personalidad, Chava Flores es parte de la nómina de cronistas de la Ciudad de México; sin él no estaría completa la (enorme) lista y, sin su visión, no se remataría de buena forma la imagen de una ciudad inacabable e inacabada. Salvador Novo, Gabriel Vargas, Carlos Monsiváis y Chava Flores otorgaron una forma legible al caos de la capital mexicana: sus obras ofrecen los detalles de la fiesta y la inteligencia; fijan nuestra mirada en los hechos fundamentales; logran darle una nobleza a la vida cotidiana. Sus narraciones, en todo caso, capturan los sucesos memorables y dan sentido a los rituales urbanos.
Durante medio siglo el cantautor nos brindó los más exquisitos retratos de costumbres a través de sus canciones; nos recordó, además, que el humor es parte de la idiosincrasia nacional, y nos hizo voltear de nueva cuenta hacia la capital, donde encontró su inspiración en personajes otrora vivos en las calles y hoy inmortalizados en sus letras.
Chava Flores había nacido en el antiguo barrio de La Merced –al extremo oriente de la ciudad–, en la célebre calle de La Soledad, en 1920, donde abundaron puestos comerciales desde los tiempos de la Colonia –la construcción de su mercado principal data de 1860; de este mercado se surtieron los capitalinos hasta la década de 1960, cuando surgió la Central de Abastos y lo reemplazó.
Populosa, La Merced, fue sitio constante del Circo Orrín, del famoso payaso mexicano Ricardo Bell; en la proximidad del barrio se fincaron leyendas que aún se pueden escuchar en boca de la gente: dicen que aún escuchan los susurros de Esperanza Goyeneche de García Ruiz, quien tuvo una muerte violenta allí, en una época ya para siempre perdida… Actualmente La Merced es un enrarecido espacio donde se ejerce la prostitución y a donde se acude a comprar objetos propios de la brujería; y se ha convertido en un bastión del crimen organizado.
Lo visto y lo escuchado, los rumores y la violencia; las formas más puras de la convivencia de la capital entera (Chava Flores vivió en los cuatro puntos cardinales de la Ciudad de México: Tacuba, la Roma, Santa María la Ribera, Azcapotzalco y –sólo hacia el final de sus días fue a vivir a Morelia– en la Unidad Cuitláhuac), dieron con la forma correcta de hacer sus crónicas.
Quizá sus mejores canciones sean “Cerró sus ojitos Cleto”, “La boda de vecindad”, “Dos horas de balazos” y “Peso sobre peso /La Bartola”; y las más conocidas “El gato viudo”, “A qué le tiras cuando sueñas mexicano” y “México Distrito Federal” (que encuentra un claro eco en “La chilanga banda” de Jaime López e hiciera famosa Café Tacvba); lo cierto es que Chava Flores es un humorista destacado y referente para encontrar una historia de lo privado y lo social de la desbordada masa habitante del DF.
Evocativo e invocativo, Flores cumple la misión de establecer parte del imaginario colectivo con sus canciones. Tiene la chispa para narrar y la fuerza de un poeta de lo popular, heredero de José Vasconcelos el “Negrito poeta”: analfabeto personaje de la época virreinal, descrito por José Joaquín Fernández de Lizardi, en el Periquillo Sarniento, como “un hombre vulgar, un tuerto que vive de los obsequios que recibe a cambio de algunos versos”.
De esa estirpe proviene nuestro autor. Más refinado y pulcro en el lenguaje, Flores es un mejor personaje. Fue, antes de convertirse en cancionero, un hombre de múltiples oficios: en una sola persona estaba el costurero, el almacenista, el cobrador y un vendedor de puerta en puerta, un administrador de una ferretería, el propietario de una camisería, una salchichonería y, por si fuera poco, impresor.
Flores descubrió y describió nuestros sueños y fanfarronerías; nos describió y nos descubrió al punto de llegar a la más fina filosofía de lo popular, cercano al ejercicio realizado por Jorge Portilla en La fenomenología del relajo, donde afirma que se debe conocer la “cultura de las calles” para comprender y aprender de los distintos grupos sociales; algo que Chava Flores supo desde siempre: “Canto para el pueblo; me interesa lo que le sucede a la gente, nuestras fiestas, cómo nos vestimos, cómo somos…”, dijo a la periodista Margarita García Flores en 1977, diez años exactos antes de su muerte.