Cortázar cronopio máximo

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5.1.2

Dentro de la vastísima obra de Julio Cortázar (1914-1984), Historias de cronopios y de famas, que viera la luz hace 50 años, es un libro de un humor negro dulceamargo y delirante. Tras leer las aventuras de los cronopios, los famas y las esperanzas, se queda uno con muchas preguntas; todas, sin embargo, acaban, como los miles de caminos que desembocan en Roma, en un mismo túnel que al final detenta una luz: la literatura cortazariana es en su mayoría desconcertante y abrasadora.
Los cronopios, como tales, provienen de una dilatada ocurrencia, de una extraña visión del autor argentino. Durante un entreacto de un concierto-homenaje a Igor Stravinsky en París, en 1952, Cortázar, situado en la parte más alta del teatro, narra: “Tuve la sensación de que había en el aire personajes indefinibles, una especie de globos que yo veía de color verde… Eso no era una cosa tangible, no era que yo los estuviera ‘viendo’ tal cual. Y junto con la aparición de esos objetos verdes, vino la noción de que esos eran los cronopios. La palabra vino simultáneamente con la visión”.
A partir de la publicación de una crónica de un evento en el mismo teatro de Champs Elysées, que tituló “Louis, enormísimo cronopio”, comenzaría a escribir cuentos, viñetas y ejercicios de composición lírica que agruparía, pasados los años, en Historias de cronopios y de famas. Un libro singularísimo y cortazariano por los cuatro costados. Si por cortazariano entendemos lo fantástico –ese desapego de lo real inmediato, esa irrupción en lo natural de lo extraño y lo perturbador– y lo misterioso, que provienen de la raíz del surrealismo pregonado por Breton, en Francia, en 1920 y aderezado con el matiz de todo surrealista.
Los cronopios –los que están fuera del entramado social jerarquizado, como un poeta o un rebelde–, los famas –que representan la más alta línea de la civilización y que van por allí como gerentes de bancos o profesionales del comercio– y las esperanzas –que están a mitad de camino entre unos y otros, y son más bien románticas y endebles– pueden, por ser criaturas de algún modo indefinidas, haber nacido de Cortázar, pero también haber surgido de las historietas, del cine incluso o de un compendio de zoología.
El juego es uno de los principales postulados que pueden hallarse en Historias de cronopios y de famas. El juego entendido como una variante humorístico-lúdica de la literatura que provoca en el lector no la risa fácil pariente de la carcajada, sino que incentiva un humor negro y denso que permanece aun cuando se haya cerrado el libro. Cortázar persigue, según Saúl Yurkievich, “el desarreglo de los sentidos para sacar al lector de las casillas de la normalidad, de la cronología y la topología estipuladas, para lanzarlo al otro lado del espejo, al mundo alucinante de los destiempos…” (Suma crítica, 1997).
Cortázar mismo dijo a propósito de la literatura y el juego: “Para mí, la literatura es una forma de juego. Pero… hay dos formas de juego: el fútbol, ​​por ejemplo, es básicamente un juego, y luego los juegos que son muy profundos y graves. Cuando los niños juegan, aunque quieren divertirse, se lo toman muy en serio. […] Recuerdo cuando yo era pequeño y mis padres solían decir: ‘Bueno, usted ha jugado lo suficiente, venga a tomar un baño ahora.’ Encontré que… el baño era una cuestión estúpida. No tenía importancia alguna, mientras jugaba con mis amigos era algo serio. La literatura es así, un juego, pero es un juego en el que uno puede poner su vida. Uno puede hacer todo lo posible para ese juego” (Paris Review, 1984).
Sucede a menudo con las letras de Cortázar –en particular con estas Historias de cronopios…–, que no obstante que el cuento, la prosa, la viñeta, esos protorrelatos, microhistoria o ejercicios de composición lírica arranquen de un hecho que nos es común por estar insertado en lo real (o, por lo menos, de allí se desprenden: subir una escalera, llorar, enviar una carta por correo o que nos regalen un reloj), las más de las veces acaban en una prolongada pendiente imaginativa, que nos obliga, por decir lo menos, a desbarrancarnos abismo abajo en lo absurdo y lo hilarante, lo arbitrario y lo fantástico.