Barack Obama en México: la convergencia en el asunto de la seguridad

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En febrero de 2008, aún siendo precandidato a la presidencia de Estados Unidos, Barack Obama aseguraba que uno de sus principales objetivos como presidente sería el de restablecer el liderazgo histórico de su país en el continente americano, acción que debía dar inicio con una renovación de la estrategia estadounidense con respecto a México; en junio del mismo año reafirmaría esa postura al señalar a México como su prioridad en América Latina.
Este fue el primer esbozo de lo que sería la estrategia de la presente administración de Estados Unidos hacia nuestro país. Tales declaraciones fueron, en su momento, una respuesta directa a la aparente poca importancia de México en la agenda de la administración de George W. Bush a partir de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.
El 16 de abril de este año, ya como presidente de Estados Unidos, y un día antes del inicio de la Cumbre de las Américas, en Trinidad y Tobago, Obama hizo una significativa escala en México, donde, a pesar de la insistencia del presidente Felipe Calderón por tratar de una manera más profunda el tema de la reforma migratoria, el asunto de la seguridad fronteriza constituyó el punto más álgido de la nueva agenda bilateral. Este hecho, además de representar un espaldarazo al gobierno del michoacano –enfocado en una guerra frontal contra el narcotráfico–, marcó el momento adecuado para establecer lo que es quizá el resultado más interesante de esta reunión: la aceptación por parte de la administración estadounidense de una responsabilidad compartida en el combate al tráfico de estupefacientes y la inseguridad que éste genera en ambos lados de la frontera.
Bajo esta tónica, Obama hizo énfasis en que ya no es posible “combatir esta guerra con una sola mano”, y por tanto se comprometió a trabajar para reducir de manera drástica el flujo de armas ilícitas proveniente de Estados Unidos.
Sin duda, dentro de este nuevo marco de cooperación, la frontera ocupa un lugar primordial como epicentro del problema de la inseguridad derivada del narcotráfico, por lo que ambos presidentes acordaron trabajar en la construcción de una “frontera ordenada”, donde reinara un “sentido común y práctico”.
Este ordenamiento dio inicio un día antes del arribo de Obama a México con el nombramiento de Alan Bersin como nuevo “zar de la frontera”, quien declaró que ambos países, por primera vez en su historia, tienen un propósito y un “entendimiento común” en cuanto a los problemas que necesitan ser enfrentados. El funcionario señaló también que la región fronteriza es una especie de “tercer país, con necesidades de seguridad para distintos tramos”.
¿Cómo debe leerse esta actitud del nuevo gobierno de Estados Unidos hacia México? Lejos de realizar afirmaciones espectaculares con respecto a un cambio de postura de parte del vecino del Norte, debemos considerar que la seguridad es quizás el interés nacional más importante en la historia de ese país. A pesar de ello, en la relación bilateral, para muchos la más intensa y compleja del mundo, uno de los lastres históricos más profundos ha sido la carencia de orden, determinado en gran medida por una falta de entendimiento, y por ende de institucionalización, en los procesos y las medidas de seguridad que se presentan en ambos lados de la frontera.
La guerra contra el narcotráfico de Calderón y el hecho de que Estados Unidos sea el mercado de estupefacientes más grande del mundo, así como el principal proveedor de armas a los cárteles mexicanos, vuelve a esta guerra un asunto de carácter ineludiblemente bilateral. El gobierno de México maneja una estrategia en función de su seguridad interna, la cual embona a la perfección con la visión histórica de Estados Unidos de considerar la estabilidad de nuestro país como fundamental para su seguridad nacional. Así pues, la lectura que debemos hacer ante esta nueva actitud es que estamos ante una situación de convergencia histórica entre ambos países en el tema de la seguridad bilateral.
La cooperación para la seguridad entre ambos países parece ya ineludible. Los vínculos económicos, políticos y culturales existentes (los primeros institucionalizados desde hace tiempo con el Tratado de Libre Comercio), representan un vaivén interminable de recursos y de gente hacia ambos lados de la frontera, por lo que muchas decisiones de carácter político (donde se enmarca el de la seguridad) resultan aparentemente impostergables. La situación que presenta México en estos últimos días con el surgimiento y expansión (hacia Estados Unidos, principalmente) de la influenza porcina, vuelve imperativo para la visión estadounidense institucionalizar los procesos de cooperación en materia de control y de seguridad. El espíritu de la Iniciativa Mérida, el ejemplo más claro de un proceso ya en marcha, es el de ordenar el trabajo conjunto que se realiza entre ambos países para preservar su seguridad interna y la de la región.
Por lo tanto, esta “nueva era” bilateral, como tanto enfatizó el presidente Calderón durante la visita de Obama, nos muestra una visión y una postura desde el presente que vive la relación entre ambos países, donde los problemas actuales, más que los reproches históricos, parecen ser afrontados con la conciencia de que la interdependencia existente entre ambos países conlleva, nos guste o no, una nueva actitud y una serie de medidas donde el involucramiento mutuo es la pauta a seguir.