Artemio Cruz y el terrible hechizo

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Mexican writer Carlos Fuentes poses for Reuters at his home in the San Geronimo neighborhood of Mexico City, on April 10, 2003. Fuentes said during a interiew that the U.S. war in Iraq is the first chapter of a long story of war in this century. REUTERS/Daniel Aguilar --- Image by © Reuters/CORBIS

El presente perpetuo en el cual vivimos, logra que las primeras novelas de Carlos Fuentes mantengan una impecable actualidad. Su trilogía mexicana nos recuerda a La comedia humana, de Balzac, a Los episodios nacionales, de Benito Pérez Galdós, pero sobre todo nos lleva a mirarnos a nosotros mismos como sociedad.
La región más transparente (1958), Las buenas conciencias (1959), La muerte de Artemio Cruz (1962), parecen haberse escrito ayer y vistas (leídas) a la luz de las próximas elecciones presidenciales, rematan su precisión y resultan indispensables para completar nuestra visión de la cultura nacional y poder observar los comicios próximos como un reflejo de nuestro pasado: su nitidez está cercana, como las historias de Fuentes en esas novelas. Abismarse en ellas nos lleva a considerar qué poco se ha transformado nuestro país y a lo largo del tiempo casi todo ha permanecido: la línea histórica del pasado cercano, y hasta el presente, ha seguido casi inamovible y se puede palpar si alargamos la mano y miramos más allá de nuestras narices.
¿O acaso quien lee en este instante las palabras del industrial Artemio Cruz no siente su aliento de moribundo, su fétido jadeo? ¿No le trae el pasado al presente? El murmurante nos habla de este día. Su bisbiseo nos indica ahora mismo la forma en que se construyó —y se cae por efecto de los falsos y débiles cimientos— el estado de las cosas, su política, sus ciudades, el estado financiero, los discursos de los actores que lamentablemente dirigen la nación.
Han transcurrido cincuenta años desde que Carlos Fuentes publicara La muerte de Artemio Cruz y la narración está viva, y como si no hubiera pasado más allá de un momento nos dibuja de cuerpo entero y —como si un hechizo terrible, un encantamiento nos hubiera afectado— somos (casi) enteramente los mismos…
Las costumbres políticas descritas en la novela se mantienen vigentes en nuestra vida nacional: sus protagonistas (no importa el partido al cual pertenezcan) parecen cortados con la misma tijera con la que fue confeccionado Artemio Cruz: son audaces y corruptos; oportunistas y mal hablados; mentirosos y obtusos; largos como la cuaresma.
Y nosotros continuamos creyéndoles y permitiendo crezca una “crítica de pobres”, esa que fue costumbres en la Edad Media a las puertas de los castillos. Hacemos que disfrutamos de la música y el carnaval como allí se daba y hoy se da: pan y circo sigue alimentando numerosas existencias.
Hay en La muerte de Artemio Cruz guiños que fueron lanzados hacia el futuro: vienen a nuestra mirada y hacen eco en nuestros oídos. ¿Nos dicen algo? “Las cosas mudan de apariencia, querámoslo o no; ¿para qué empecinarnos en no verlas, en suspirar por el pasado?” “…aun la naturalidad puede fingirse; a veces, la máscara disimula demasiado bien los gestos de un rostro que no existe debajo de ella.” “Sé fiel a lo que siempre aparentaste; sé fiel hasta el fin”. México es un país de apariencias. ¿El fingimiento es la razón de nuestra existencia personal y social?
La muerte de Artemio Cruz es una novela impecable de lectura indispensable (¿deberíamos recomendarla a Peña Nieto?). Ya no se escriben obras de esa magnitud, compromiso y maestría en México. Ya no hay jóvenes como el que alguna vez fuera Carlos Fuentes, quien la publicó cuando apenas tenía 34 años, con una visión muy clara sobre la historia: con el pasado y presente, ¿imaginó el futuro de nuestro país?
Fuentes le apostó a una gran historia, al lenguaje, y al tiempo real y narrativo. Su escritura vuelve a ser presente cada vez que se leen las páginas de sus mejores textos, esos que conforman la trilogía que recorre el territorio nacional para volvernos a decir quiénes somos y mostrar lo que un muchacho aprendió de Reyes, Arreola, Paz, Rulfo, Novo, Joyce, Proust, Faulkner, Dos Passos, Huxley…