Armida González de la Vara: tejedora de vínculos

Fue Coordinadora de Vinculación del CUCSH durante varios años y Secretario de la División de Ciencias Sociales y de Cultura del CUAltos. En el atardecer del 19 de agosto de 2020, su corazón se despidió en el horizonte. Este es un sencillo y cariñoso homenaje a la universitaria ejemplar y la extraordinaria persona que fue

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Mi lazo con Armida comienza en la generación anterior. Mi padre, el filósofo Luis Villoro, fue amigo de su padre, el historiador Luis González y González. Los jóvenes de aquel entonces se encontraban en la parada del camión para dirigirse a la universidad. Nuestras madres fueron compañeras de Letras en la UNAM, cuando la facultad se alojaba en Mascarones, un bello edificio en el dinámico centro de la Ciudad de México de los años 50.

Armida de la Vara, aún soltera, quien hacía sus pininos como escritora, leyó ante el público estudiantil un poema de su autoría, dirigido “al hijo que vendrá”. Mi mamá le dijo un día a Armida: “Yo te conozco desde el deseo de tu madre”. Cuando alguien llega al mundo convocado por el amor, no puede sino dar amor.

La conocí cuando éramos niñas. Recuerdo sus zapatitos blancos de trabita. Admiraba, desde mis botines ortopédicos, la ligereza con la que se desplazaba en el patio en el que jugábamos la tarde entera. Al anochecer, las mamás nos contaban un cuento y nos daban galletas con mantequilla y miel.

Con los años, Armida, nuestra Armidita, se convirtió en una verdadera líder de la amistad. Sabía detectar necesidades íntimas, cualidades y flaquezas en el otro, fortalezas y vulnerabilidades. Dedicó su empatía a tender puentes y crear vínculos de afecto entre los que estuvimos cerca. Por ella, gracias a ella, conocí a personas que son fundamentales en mi vida.

Ahora que ya no está entre nosotros, somos muchos los que nos abrazamos a través del cariño que nos heredó. Lo suyo fue tejer redes con el hilo del afecto y arrojarlas hacia la inmensidad, capturando en ellas los mejores propósitos.

Así fue su trabajo en la Universidad de Guadalajara: participar en el diseño y organización del programa académico de la FIL, y darle seguimiento le permitió desplegar esa capacidad tan natural de administrar la generosidad. Armida concebía la cultura y el conocimiento como ofrendas nutricias y propició el ambiente hospitalario para que unos las brindaran y otros las recibieran.

Anfitriona de corazón, puso todo su empeño en que la Universidad de Guadalajara fuera un hogar cálido para el huésped que venía desde el país invitado a traernos ideas como frutos, filosofías y poéticas que, en los ojos de Armida, brillaban como semillas doradas.

Tuvimos derroteros similares: de típicas chilangas pasamos a ser clásicas jaliscienses. Elegimos los atardeceres color naranja del poniente y encontramos en la Universidad de Guadalajara identidad y permanencia.

Hicimos muchos viajes juntas, cerca y lejos, en la realidad y en la imaginación. Recuerdo especialmente cuando fuimos a España en el año 2016, para acompañar al maestro Fernando del Paso a recibir el Premio Cervantes de Literatura. Armida, siempre sagaz, gestionó que la Universidad de Alcalá de Henares me invitara a dar una charla de poesía mexicana a los estudiantes, un día antes de la ceremonia; así fue como esa tarde vimos, desde la ventana de nuestro cuarto del Colegio de San Ildefonso, el despliegue de seguridad para la llegada, al día siguiente, de los reyes de España y personalidades del gobierno y la cultura de ambos países. Y nosotras ahí, tan campantes, en una habitación de tan noble y antiguo recinto, parapetadas a un costado del paraninfo medieval. Claro que no dormimos: imaginábamos que, en un descuido, veríamos a Lope de Vega dar vuelta por aquel pasillo o que Francisco de Quevedo tocaría la aldaba del portón, con el afán de recitarnos unos versos. Pasamos un rato en vela leyendo un lúcido texto que Rafael Tovar y de Teresa había escrito para el folleto de la exposición sobre la vida y obra del maestro Fernando del Paso, que abriría al público también al día siguiente. Asistimos al acto con la devoción y el asombro de esas dos niñas que, nuevamente, escuchaban un entrañable cuento de hadas de la lejana infancia.

Todos recordamos de Armida su capacidad para disfrutar las pequeñas y las grandes cosas de la vida, su risa que sonaba a piedritas que lleva el río. Su mirada traviesa revelaba un sentido del humor agudo y pertinente. Si hay una palabra que la describa, esa palabra es “gracia” y siempre la portó como un don otorgado por las altas esferas del espíritu. Nunca he visto alegrarse tanto a un ser humano por la felicidad de los demás. Un ser solar y diáfano aún en tiempos de nubes y tormenta.

Armida González de la Vara vivió para que la cultura y el amor se fundieran en un solo objeto precioso, como las piezas de cerámica de nuestros artesanos tonaltecas que tanto le gustaban. Traía en el ADN de sus células la herencia de la microhistoria que descubrió su padre: esa capacidad para encontrar lo universal en lo particular, y tenía la magia de la poesía de su madre en el corazón, ese que latió con fuerza tantas veces, hasta que se detuvo para escuchar, en el silencio, una vez más, la gratitud de los otros.

Carmen Villoro, Directora de la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz