A la velocidad del sueño

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Jorge Martín Bocanegra

I’m ending one version of my life
to enter another and far more permanent version.
Don DeLillo 

Estoy desnudo sobre la plancha de vidrio. Los párpados me pesan. Los brazos me duelen. El cerebro me arde. La obscuridad regresa y vuelvo a morir.

Inyecten Dialserviam por la garganta. Pongan de nuevo el sistema Mneurologofis en todos los ángulos de su mente y de su cuerpo…

—¿Dónde estoy? —pregunto a los personajes que miran detrás de unos visores.

Veo más allá de donde están ellos, callados y sin mover el rostro cubierto por las placas ovaladas de fibra opalescente. Veo y me ofusca el dorado de los filos que circunda la bóveda de las naves. Todo el espacio me recuerda el interior de la Catedral. Tiemblo. A punto estoy de desvanecerme cuando dos de los personajes extienden sus brazos y me rodean y me colocan en el interior de un cubículo, sobre una banqueta de madera y terciopelo. Es un aroma intenso el que desprende el silencio; de siglos encerrado en su sombra.

Como si obedeciera a alguien intangible, miro hacia la bóveda y espero a que suceda lo que ha de suceder. Aparece una pantalla ondulatoria, e inmediatamente comienza a sonar ( ( ( Choral Phantasien, de Max Reger. Y reconozco, en la pantalla, las imágenes de un recital de órgano en el que estuve hace poco más de un siglo. Veo que estoy sentado en una de las bancas de madera. Sí, estoy dentro de la Catedral. Estoy con los ojos cerrados, concentrado en el pedaleo que el organista hace para interpretar los bajos, al mismo tiempo que las manos dialogan con la sabiduría de los diez dedos para dar existencia a la imaginación de Reger.

Apenas estaba recuperando los recuerdos que en la pantalla se ofrecían, cuando otras manos me levantaron y fueron conduciéndome sobre una superficie de agua helada en el exterior. No había cielo, o mejor, era otro cielo: diseñado con incontables pantallas por las que se distribuía el color de la noche, y donde las figuras estelares se movían como quien hace girar un gigantesco kaleidoscopio.

En el momento en que sentí que las manos me abandonaban, cerré los ojos, creyendo que iba de nuevo a regresar a la nave Plutón, donde habían mantenido mi cuerpo congelado durante más de noventa años. En realidad ocurrió todo lo contrario. Sentí que resbalaba a través de una atmósfera de mantos tibios y olorosos a tierra mojada. Abrí los ojos en medio de una claridad vesperal, como si hubiera acabado de llover minutos antes. Estaba parado en el área chica de lo que alguna vez había sido un campo de futbol. La portería estaba cubierta de hierbajos y alimañas que escapaban del pantano. Giré el cuerpo: todo el graderío de lo que un día fue el Estadio Jalisco estaba perforado con grandes boquetes, por los que transitaban —flotando— burbujas como naves, en cuyo interior viajaban seres con el rostro cubierto por visores. Cerré los ojos y leí, en las pantallas de mi mente: “Ready to die does not mean willing to disappear”.

Había aceptado que mi cuerpo fuera mantenido durante décadas en el interior de la nave Plutón, construida y preparada en los sótanos de la Catedral Metropolitana de Guadalajara. Soy el que morí entonces. El experimento ha sido un éxito. Un éxito aterrador para mi existencia. No conozco a nadie y no sé cómo es vivir ahora en esta urbe. ¿Podré sobrevivir en este mundo, desconociéndolo todo?

Una voz gritó el mensaje que estalló por todos los rincones del selvático graderío. No pude comprender eso que había gritado la voz. Al poco tiempo, una burbuja color topacio se acercó flotando y fui succionado en un instante, y conducido a la velocidad del sueño.

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