Viaje azul y perturbador

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La Orquesta Filarmónica de Jalisco decidió que la primera temporada para este año sería dedicada a la temática del agua. No es algo menor. El “vital líquido” como dirían algunos reporterillos de fórmulas huecas y desgastadas, ha estado presente en una enorme cantidad de obras, pasando por todas las artes, a veces  sublimes como El barco ebrio de Arthur Rimbaud, La costa salvaje de la Belle Ile de Claude Monet o como la película Cuchillo en el agua de Roman Polanski; a veces ridículas de las que sólo puedo medio recordar el cine en el que la fauna marina se dedica a atacar gringos.
Por sí misma, en la música existe ingente cantidad de ejemplos que hablen del agua. El referente obligado y común, y que obviamente está programado para la temporada de la OFJ es la “Música Acuática” de George Haendel. Sin embargo, hay otras piezas que no reciben el favor de ser constantemente interpretadas, al menos no por algunas orquestas mexicanas, que en ocasiones sólo buscan atraer el —en no pocos casos— reducido buen gusto de las audiencias. Una de esas obras es el conjunto formado por los Cuatro Interludios Marinos del compositor inglés Edward Benjamin Britten.
Los interludios de Britten tienen la bondad de poder ser ejecutados de manera independiente y de que su narrativa permita que sean “entendidos” a pesar de pertenecer a una obra mayor que es la ópera Peter Grimes estrenada en 1945, y que fue la primera en componer Britten.
Benjamin Britten fue un homosexual en un tiempo donde era, todavía más peligroso que ahora, serlo. Hacia 1939, con la llegada de la Segunda Guerra mundial, había dejado Europa para irse a vivir a los Estados Unidos al lado de su compañero de toda la vida,  el tenor Peter Pears, a quien su inspiración dedicó muchos ciclos de canciones, entre ellas los Sevens Sonets of Michelangelo.
La época en que Britten estuvo en Estados Unidos fue prolífica artísticamente. Aún así, la necesidad de buscar algo trascendente y la casualidad lo llevaron a encontrarse con el poema narrativo The Borough de George Crabbe, en el cual se presenta la vida de una aldea en Alderburgh, en la costa sureste de Inglaterra, y en la que cuenta cómo un pervertido pescador mata a los muchachos que tiene por aprendices, hasta que lo castigan las leyes y los fantasmas de sus víctimas. Britten supo que había encontrado lo que anhelaba; regresó a Europa junto con Pears y se estableció cerca de Alderburgh a componer su ópera Peter Grimes. Sólo que le dio la vuelta al poema de Crabbe, y convirtió a su criminal en un héroe que es repudiado por una sociedad perniciosa que lo acusa injustamente por ser diferente a los demás, hasta que lo impulsan a suicidarse hundiéndose en el mar con todo y su bote.
Es verdad que los Cuatro Interludios Marinos de Britten en principio fueron creados para resolver un problema técnico: la ópera a la que pertenecen está conformada por un prólogo y tres actos, en los que los constantes cambios hacían necesarios una distracción para el público. Britten lo solucionó de manera extraordinaria al crear una obra magnífica dentro de otra, y que aunque los interludios extraídos de ese contexto forman un todo, junto a la ópera preludian el carácter y las tonalidades de las escenas y sus personajes.
Al ser tocados de manera instrumental y no como el montaje de una escena operística, los matices de emociones que anunciaban los interludios, son transferidos a la orquesta en donde las secciones dejan de ser los personajes de la aldea, para reflejar las voces del mar de Alderburgh en sus diferentes estados de ánimo: Amanecer, Domingo en la mañana, Claro de luna y La tormenta.
De los cuatro interludios, “Amanecer” y “La tormenta” son sin duda los más bellos y más completos. El primero con los motivos que tocan los violines y las flautas preludian toda la obra de que forman parte, mostrando con los acordes de los metales algo de calma pero impregnada de cierta incertidumbre. El último, aunque en la ópera precede a la escena segunda del primer acto, reúne toda la fuerza de la orquesta: los timbales suenan a truenos, las cuerdas hacen las veces de un viento terrible, y los metales abundan en ello, marcando a la vez la zozobra de una embarcación en una mar embravecida. Sus fortissimo gritan la tragedia de la que el mar es juez y testigo.

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