Una jaula como prestidigitador verbal

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Habíamos coincidido en un festival en Austin, Texas, y a la hora de las celebraciones recorrimos la Calle Sexta (¿dónde más, en esa ciudad universitaria, pletórica lo mismo de activistas que de músicos por vocación?), avenida que en ambas aceras ofrece toda clase de bares y cafés, y en cada establecimiento sus momentos de música en vivo. Mucha música, casi siempre en vivo. Cuando decidimos cenar fuimos a un sitio de costillas y mariscos tipo Nueva Orleans; una mujer al fondo tocaba el piano, algarabía pero todo en calma, risas y rumores en el espacio acogedor.

Lucrecio se echó una de esas charlas en las que los demás callamos para disfrutarlas. Salió el tema del jazz, del que es mucho más que “un aficionado” (como se ostenta cuando se le hace la observación sobre su cultura), y cuando en su rollo apareció Charlie Parker elaboró como marco un discurso en el que volaban pájaros negros. Poetizó con la Yardbird suite de Parker, quien también era conocido como Yardbird. “Sí, sí, también era bird”, concedió Lucrecio a Mita con gesto aburrido, pero prosiguió. En su discurso abrió una jaula como un prestidigitador verbal y dejó libre a un soldado de la Segunda Guerra mundial. De pronto una bandada de cuervos era un pájaro solo, acaso una urraca de nuestra región, acaso un mirlo como los que se ven en el norte texano. Me quedo con la imagen de un joven cuervo.

No era el extraordinario Black bird de la canción escrita por Paul McCartney, incluida en el disco doble The Beatles (The white album), pero era, en cambio, el black bird de la que canta precisamente McCartney en Kisses on the botton: bye bye blackbird.

Esa pieza se debe al compositor Ray Henderson (un blusero de los veinte) y la letra es de Mort Dixon, ambos crearon juntos varias piezas en esos años. “Bye bye blackbird” primero fue grabada por Gene Austin (un jazzista texano) en 1926, y por ella en los ochenta se le hizo un reconocimiento póstumo a John Coltrane, por su interpretación en su disco homónimo.

Lucrecio Petra es un viejo entrañable amigo que se me apareció en la Guadalajara de los setenta, luego me salió en una cantina de San Antonio a finales de los ochenta y “asegún” (como suele decir Laura Blas) hoy vive en Corpus Christi (“asegún” porque él y Laura se pasan temporadas en diversas ciudades). Nos visitamos, nos escribimos, nos encontramos como esa vez en Austin.

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“Bye Bye blackbird” ha sido grabada por más de cuarenta artistas y ha sido usada por distintos coreógrafos en Broadway. En 2012 la sacó de nuevo McCartney, y es uno de los momentos más dulces de su álbum. Coincido con Lucrecio: McCarney acompañado de Diana Krall al piano y la sinfónica de Londres rodeándolo, canta una pausada y dulce canción. Digresión (dijo Lucrecio sin salirse, en realidad, del tema de la música y sus creadores): llaman la atención los últimos trabajos del ex beatle. Simplificando: en Chaos and creation in the backyard escuchamos un McCartney íntimo y ensimismado. ¿Reflexiona sobre su pasado juvenil? Si el título y la foto de portada lo sugieren (en la portada aparece él —en una foto de 1962 tomada por su hermano Mike— tocando la guitarra en el patio de su casa de Liverpool), el contenido para mí es un recogimiento interior donde habita la confusión que abre la paradoja de su creación, en el patio se encierra (entre comillas) alejándose del planeta exterior. Es un Paul desconocido hasta entonces, ciertamente. La edad te renueva. Es un sonido-sorpresa, es un disco que innova yéndose al pasado. Luego en Memory almost full es claro su vuelo planeando por su infancia. Ojo: en el trabajo anterior era el artista adolescente y en éste que le sigue visita el mundo de su infancia. Ahí va Paul el memorioso, evocando emociones, recordando ciertos veranos. Es un disco retrospectivo y muy personal. Y en Kisses on the bottom nos sale con las de papá y mamá: el jazz en su apogeo. Paul se sumerge en el útero materno, es un disco por demás intimista, hace un interesante recorrido por el Great american songbook y sólo una pieza es propia (“My valentine”); lanzó una edición de lujo con dos temas extra y uno de ellos también es suyo: “Baby’s request”. Si en esos últimos tres discos volvió a la adolescencia, y luego a su infancia, y entonces a una especie de estado fetal… ¿A dónde se remontará para el próximo, si podemos esperar otro?

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“Bye bye blackbird” fue convertida en propaganda nazi por Joseph Goebbels, modificando la letra para que su retórica reflejara la política hitleriana, como un intento de desmoralizar a las fuerzas de los aliados… pero tal propósito se tornó disparate porque su letra y su melodía fueron censuradas en la Alemania nazi. Los jerarcas nazis prohibían los estilos musicales progresivos, como el jazz.

Así es que “Bye bye blackbird”, desde su creación en los veinte, se vino convirtiendo en una rareza consentida por muchos, como sucede con la más bella flor de un burdel (“discúlpenme lo cursi”, tuvo el tino de no dejar de decirnos); entre las muchas lecturas de su ambigüedad se destacan dos, encontradas: una en la que atribuyen la encarnación de una prostituta que se sale del negocio para volver a casa con su madre y, desde el lado contrario, otra en que se propone que la prostituta retorna a “la casa del sol naciente”, que es un eufemismo de prostíbulo en la Nueva Orleans de principios del siglo pasado. Como sea es una despedida para alguien suave y dulce, cuyo trino es bien raro y, por lo mismo, muy apreciable. Circula el número de una deliciosa coreografía que se incluye en el musical Fosse, del que Lucrecio ya no dijo nada más que su mención, pero en cambio citó como un epígrafe para la siguiente parada en la Calle Sexta, parafraseando la versión de McCartney estos versos: “Make my bed and light the light, / I’ll arrive late tonight. / (…) /  Oh Blackbird bye bye”.

Por la madrugada, a punto de culminar la velada, le hice ver que la charla en el Dick’s last resort versó sobre otros pájaros menos sobre Bird, con quien se inició. Se me quedó viendo como una rara avis que observaría a un ornitólogo, tratando de desentrañar una complicada simpleza. Ya era tarde, sin duda.