Una ciudad fragmentada

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De la calzada pa’llá está el infierno; o el paraíso, depende de qué lado se le vea. En la cultura popular de los tapatíos, tanto de una como de otra orilla, es frecuente considerar que esta simbólica arteria de Guadalajara ha dividido histórica y metafóricamente a la ciudad en dos partes: el poniente rico de los negocios, las oficinas públicas y los restaurantes “nice”, y el oriente pobre de los obreros, los barrios marginados y los burdeles.
Esta es una visión que para muchos especialistas se convirtió más bien en un mito urbano y que ya no refleja la complejidad de una metrópoli de más de cuatro millones de habitantes, cuya población a partir de 1980 ha presentado una tasa de crecimiento anual del 2.4 por ciento. Explosión demográfica desmesurada que ha originado un sutil entramado de divisiones y barreras espaciales, a veces poco perceptibles, que engendra, en rincones olvidados, pobreza y problemas sociales.
Así, “de la calzada pa’llá”, se puede convertir hacia el exterior de la mancha urbana en “de Periferico pa’llá”, o en su interior, “de Gaza pa’llá”, una calle de la Hermosa Provincia que, incluso con las debidas diferencias y proporciones, como la franja que divide Palestina de Israel ha sido el fulcro de un enfrentamiento entre colonos, que iniciado por un asunto vial, ha tomado luego tintes religiosos y políticos, fruto de tensiones latentes que desde hace tiempo minaban su lábil convivencia.

El conflicto
Después de Gaza se entra en el corazón de la Tierra Prometida. La calzada quedó atrás, y luego de recorrer —esquivando baches— varias cuadras costeadas por arriates de basura, se llega a esta calle que divide la zona comercial de la Hermosa Provincia, de la iglesia de la Luz del Mundo.
El gris del asfalto y las paredes descoloridas dejan lugar a un corredor peatonal de un blanco cegador, de cien metros de largo, a cuyos lados se extiende una sucesión de nuevos edificios “modernos”, todos iguales, donde ya aparecen algunas tiendas: una de Telcel, una estética, una casa de cambio que ostenta en su vitrina una enorme estrella de David.
Al final del pasillo se eleva el templo erigido a finales de los 80 por Aarón Joaquín, fundador de la agrupación religiosa y pionero de los “hermanos” que se establecieron en 1954 en esta zona del oriente de la ciudad, cuando todavía aquí no había más que cultivos conectados a la ciudad por una única calle.
La tarde del jueves 16 de febrero, en esta franja se reunió un grupo de feligreses de la Luz del Mundo para manifestarse en favor del cambio de sentido de las dos avenidas principales que conectan la colonia con el centro de la ciudad. La situación degeneró alrededor de las 18:00 horas, cuando se enfrentaron con los contrarios a las modificaciones viales y empezaron a volar insultos, consignas en contra de las respectivas religiones (católicos los otros) y al final, piedras.
Este choque fue la culminación de lo que se venía gestando desde hace varias semanas, cuando el ayuntamiento de Guadalajara inició las maniobras para hacer efectivo el cambio de vialidad solicitado por algunos colonos en 2010 y aprobado por el Cabildo en 2011. Este consistiría en invertir el sentido de circulación de las calles Esteban Alatorre, que actualmente va de oriente a poniente, y de Pablo Valdez, que corre de poniente a oriente, entre la calle Gaza y la avenida Plutarco Elías Calles.
Azaría Moreno Aguilar, presidenta de la Asociación de Vecinos de la Hermosa Provincia y miembro de la Luz del Mundo, dice que: “Lo que buscamos es solucionar el conflicto vial que tenemos en Pablo Valdez y Esteban Alatorre, con Gaza. Es un proyecto que no tiene color ni religión”. Pero varios vecinos católicos no opinan lo mismo.
“Lo único que quieren es que cuando haya sus celebraciones se llegue por Esteban Alatorre para que se vea de frente el templo. No hay otra razón, porque invertir la circulación y encontrar calles es una barbaridad, y a nosotros nos van a quebrar, porque ya nadie pasaría por estas cuadras”, explica un comerciante que prefirió no dar su nombre, como la mayoría de los vecinos que nos rodearon mientras hablábamos enfrente de una tienda.
Lourdes Reyes agrega: “Nosotros nos oponemos, por las afectaciones que nos comportaría (sic). Estamos pidiendo que las autoridades actúen conforme a los derechos de los ciudadanos y que nos permitan seguir desplazándonos por nuestras avenidas principales, que nos comunican a puntos estratégicos de la ciudad”.
De repente todos paran de hablar, porque se acercan tres individuos vestidos con pantalones negros y camisas blancas, que parecían “hermanos”. “No, no se preocupen, ellos son de los ‘nuestros’”, dice la dueña de la tienda. La situación es claramente polarizada; en la colonia, “allá”, después de la franja, “están ellos” y “acá nosotros”. Hay “hermanos” y “gentiles”, como llaman los de la Luz del Mundo a los que no pertenecen a su religión.

El problema religioso
El conflicto vial sacó a la luz tensiones que se venían acumulando en la colonia desde hace tiempo, en particular en el aspecto religioso. “Éramos tolerantes, pero ya se acabó”, dice el comerciante. “Cuando son sus fiestas, cierran las calles y nosotros nunca dijimos nada. Para no crear roces cambiamos también la fecha de la peregrinación de la virgen, porque coincidía con sus celebraciones en agosto y cuando la sacábamos a la calle nos la apedreaban”.
En esto coincide parcialmente René de la Torre, profesora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), que hace años realizó una investigación sobre la Luz del Mundo: “Es verdad, pero lo que no han dicho es que los católicos se metían a su templo con la virgen”.
Moreno Aguilar explica que antes hubo “episodios de intolerancia, pero explotó como bomba de tiempo cuando se dieron los choques; y hubo reacciones por parte de grupos de hermanos”. Después del enfrentamiento circularon unos volantes con ofensas a la guadalupana y a la religión católica.
Según la académica: “La historia de las hostilidades es muy vieja. Los curas de las parroquias, cuando llegaba el hermano Aarón a predicar, arengaban a los fieles para que lo corrieran a palos y pedradas”. La aversión es mutua porque, dice, “la Luz del Mundo es muy descalificadora de las demás religiones”.
De la Torre explica que los hermanos se fueron a vivir afuera de la ciudad para resguardarse de la intolerancia, pero también con la idea de que los católicos viven en el pecado, que la ciudad está llena de tentaciones y que hay que vivir lejos de éstas.
“Entonces crean a la Hermosa Provincia como una especie de Tierra Prometida, recreando esta idea de la antigua Jerusalén en pleno siglo XX, con una ética de refundación de la comunidad elegida por Dios”.

Implicaciones económicas y políticas
Escondido en el piso de arriba de su negocio, para que no nos vean, un comerciante de Esteban Alatorre me explica que a partir del conflicto bajaron notablemente sus ventas: “Tengo más de 20 años aquí, y el 70 por ciento de mis clientes son hermanos; sin ellos no podría subsistir”.
Su preocupación no es sufrir agresiones, aunque la violencia física es latente en el barrio, sino otra. A partir del conflicto, los hermanos empezaron a boicotear a los comercios de los que no apoyaban el cambio vial. Crearon listas que circulan también en internet, como por ejemplo en un “evento” en Facebook que titularon “no comprar en establecimientos gentiles”, en que se difunden las tiendas “vetadas”. Esto, supuestamente en respuesta a algunos comerciantes que pusieron letreros de “Aquí no se vende a hermanos”.
Según Moreno Aguilar, presidenta de la colonia, en la Hermosa Provincia viven 12 mil personas, de las cuales arriba del 95 por ciento son feligreses de la Luz del Mundo. Grupos importantes pueblan también los vecinos barrios de Libertad y Lagos de Oriente. Un número de personas que convierte a los hermanos en una fuerza económica y también política.
“Ellos siempre han tenido esta habilidad en el manejo clientelar del voto y de lograr cosas para su colonia cambiando el voto corporativo. Esto lo hicieron muy bien con el PRI, mientras que con el PAN no se dio; entonces ahora que regresaron los priistas, creo que esto fue negociado con Aristóteles (Sandoval, presidente municipal de Guadalajara). No olvidemos que estamos en periodo electoral”, dice René de la Torre.
Al respecto, hace una precisión: “Si fuéramos de verdad una sociedad secular, o si el gobierno de Jalisco no diera los privilegios que ha dado a la iglesia católica, tampoco la Luz del Mundo podría estar exigiendo un cambio de vialidad que es absurdo para la ciudad”.

Fallas del gobierno municipal
Moreno Aguilar dice que: “El conflicto provocó una problemática social al manifestarse la autoridad de forma no competente para mediar. Fuimos a la dirección de Participación Ciudadana, que hizo caso omiso. Sólo hasta después de los enfrentamientos tuvieron un mínimo interés, hasta que no les repercutió socialmente y políticamente. Pues desgraciadamente estamos en tiempos electorales y es cuando los partidos buscan sacarle provecho a todo”.
En la primera reunión de conciliación entre las partes, realizada hace semana y media en el ayuntamiento, trataron temas sociales. “Pretenden intervenir la zona con servicios a la comunidad: médicos, áreas públicas e infraestructura”. Lourdes Reyes, que también participó en la junta, dice airada que “estas cosas tienen que hacerlas por ley, porque es su deber, no por el conflicto”.
En medio de divergencias y hostilidades, por lo menos hay una cuestión en que los dos bandos están de acuerdo, y es que el gobierno tiene olvidadas a sus colonias: “Aquí hay falta de mantenimiento de luminarias, de calles, recolección de basura, de habilitaciones de zonas abandonadas y sobre todo de seguridad. Hablamos de todo esto, pero es su trabajo: no tiene que ser un compromiso extra”, dice Moreno Aguilar.
Agrega que “el ayuntamiento habla mucho de una sola ciudad de Guadalajara, pero los habitantes que vivimos en el oriente, nos percatamos que hay dos: la del poniente, bien atendida, y la nuestra, olvidada”.

Las divisiones de la pobreza
La convicción de vivir en ciudades diferentes es arraigada entre los pobladores de aquí. Otro señor que se acercó al grupo de vecinos “gentiles”, dice: “Cambian de vialidad también donde viven los ricos, del otro lado de la calzada, pero a los pobres nos afecta más”.
“Allá no se agarran a pedradas”, agrega. “Aquí pisotearon nuestros derechos, y nos levantamos”. Pero este conflicto muestra que se pueden crear ulteriores divisiones, incluso entre minorías: “Están favoreciendo a los hermanos, a una minoría rica, y a nosotros los pobres nos van a matar con el cambio de vialidad”, espeta la dueña de la tienda.
La marginación en la ZMG ya no es solamente una cuestión de oriente y poniente. “Este es un mito”, afirma la doctora del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas, María Amparo del Carmen Venegas Herrera. “Más bien la pobreza urbana se maneja por cinturones o polígonos, porque Guadalajara está muy desorganizada: hay una inequidad económica y una mala planeación por parte del gobierno, que ha favorecido la fragmentación urbana y la diferenciación social de los espacios”.
La investigadora realizó un Mapa de la pobreza en la ZMG, tomando en cuenta factores como ingreso, educación y características de la vivienda, que incluyen materiales, drenaje, electricidad y agua entubada, que son los establecidos por órganos, tanto nacionales (Conapo e INEGI), como internacionales (ONU).
De esta forma, identificó seis polígonos de pobreza, llamados también tugurios, aglomerados que se distribuyeron en el tiempo alrededor de tres anillos de la ciudad: Circunvalación, Patria y finalmente Periférico. Más allá de este último, es donde se concentra ahora la mayor parte de los pobres.
Las áreas pauperizadas son norte, noroeste, noreste, sur, suroeste y sureste con un total de 146 colonias, que son “principalmente asentamientos irregulares que se están generando en lugares no adecuados para viviendas, inundables o con pendientes muy abruptas, que no permiten que le llegue toda la infraestructura adecuada”.
De acuerdo a la investigación, existen mil 22 asentamientos irregulares en la periferia de la ZMG, que ocupan cerca de cinco mil hectáreas, la quinta parte de la mancha urbana. Estos siguen creciendo para recibir cada año a un promedio de 70 mil migrantes, en su mayoría provenientes del campo en busca de trabajo y mejores condiciones —que es el número de habitantes de una ciudad media como Lagos de Moreno— y a los que habría que dotar de servicios e infraestructura.
Pero la realidad es diferente. La marginación urbana, por la falta de políticas públicas incisivas para erradicar el problema, sigue incrementándose. El 60 por ciento de la población de la ZMG vive en condiciones de pobreza y un tercio en pobreza extrema: “en particular está aumentando la inequidad. Cada vez hay más ricos y más pobres. La que está desapareciendo es la clase media”, señala la investigadora.
Esta división espacial de la marginación genera inestabilidad social, que puede desembocar en violencia y criminalidad. Como explica el consultor del Banco Mundial, Luis Felipe Siqueiro, en un diagnóstico sobre la ZMG: “La extensión, dispersión y fragmentación están generando una serie de dificultades para la atención de la demanda de vigilancia, educación, salud, cultura, recreación y deporte, que repercuten en los niveles de violencia urbana.
”La segregación espacial por usos, niveles socioeconómicos y tipologías es un distintivo de la zona metropolitana”, continúa, y “alimenta condiciones de violencia, principalmente por sus efectos en el espacio público de la ciudad: privatizado, reducido, descuidado, abandonado o limitado a una función de enlace incierto e inseguro, dominado por el miedo a los otros”.

De regreso al “paraíso”
Dejo atrás Gaza y la “tensa calma” que priva en la Hermosa Provincia. De vuelta a la “ciudad de los ricos”, la calzada Independencia se me aparece con su bullicio de luces, tráfico y vaivenes de personas. Espacio franco entre dos mundos, es un buen lugar para tomar una cerveza antes del “traspaso”.
Abierto las 24 horas, El “Tucanazo” me acoge con su olor a orines y la música de un desafinado conjunto norteño. Es temprano. Algunos borrachos sombríos ocupan mesas dispersas, entre las cuales revolotean las primeras ficheras. María viene a atenderme con su blusa blanca toda manchada; es una señora morena sobre la cuarentena que sale de trabajar a las seis de la mañana, justo a tiempo para mandar a la escuela a sus cuatro hijos antes de irse a dormir.
“Aquí ya viene pura gente decente… Borrachos, eso sí, pero no delincuentes”. Suspira: “Ay, los narcos ya no vienen aquí. Ellos sí que traían dinero. Ahora ya se van de la calzada pa’llá, en los bares fresas”. Sonrío. Esto me hace pensar en las contradicciones de esta ciudad dividida y en que, en el fondo de este andamiaje de calles y barrios que la fragmenta en múltiples espacios, existe una sustancial separación que la caracteriza: entre quien vive una vida digna pa’cá y una miserable pa’llá.