Sonidos de madera

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    Los golpes se convierten en sonidos que rebotan en “cajones” puntiagudos de todos tamaños. Los trozos de madera colocados en escrupuloso orden descendente, vibran al compás de las hábiles manos morenas.
    Desde hace unos 50 años, Juan García Salgado dedica sus días a tocar la marimba, ese instrumento que, pocos saben, tiene su origen en ífrica, pero que la cultura mexicana ha adoptado como propio, convirtiéndolo en uno de los más representativos de su historia musical.
    Una década atrás conformó junto con otros dos amigos la Marimba Tropical, uno de esos grupos que uno puede encontrar en cualquier calle de la zona centro de la ciudad y también “la que más repertorio ofrece, porque podemos tocar no nada más con la marimba, sino que nos gusta meter la batería y hasta la trompeta. Así se oye mejor y a la gente le gusta más”, dice el señor Juan con más de 80 años de edad.
    Las notas sabrosonas y guapachosas que salen de esos maderos son capaces de poner a bailar al más tibio. A cuatro manos (o hasta diez, según el tamaño de la marimba) los músicos interpretan desde un son, una cumbia, un blues, mambos, una canción de banda, un vals o las miles de melodías que han sido compuestas para este conjunto de maderas de hormiguillo.
    “La chiapaneca”, “Tehuantepec” o “La llorona”, son las que pide más la gente, pero hay muchísimas canciones para marimba. Unas son más conocidas según la región, pero la de ley es la de “Naira”, de Chuy Rasgado, un compositor tan famoso en Oaxaca, que es como Maradona en Argentina”, explica entusiasmado Rubén Castillo, que toca la batería en el grupo.
    La calle es el lugar idóneo para disfrutar de esta música popular. No hay plaza, restaurante o café en el Centro Histórico de Guadalajara, que no haya permitido echarse un “palomazo” a los itinerantes músicos que amenizan la comida o el paseo de los turistas.
    Ahí, en la calle, en medio del sol de mediodía, los marimberos se entregan a los ritmos y confirman cada nota, con gestos casi imperceptibles. Uno marca la melodía, otro el compás, otro más los acompaña con los redobles y el boom del tambor. Las canciones se suceden: “La yaquesita”, “Cielito lindo”, “¡Ay, Jalisco, no te rajes!”. La gente se detiene, los observa, les deja una moneda. Cantan. Bailan apenas.
    Delicada y única, la marimba tiene un sonido muy particular. La madera le imprime a cada una un sonido inigualable que sólo conoce el que la toca. Por ello es que, se necesita esa sensibilidad especial que da el amor por la música para tomar ese par de palos y buscar los sonidos que hagan una canción.
    Pocos marimberos saben leer las notas. Aprendieron de manera lírica, de oídas, como comenzaron a tocarla sus abuelos, sus padres o hermanos. Ensayando todos los días para no perder la práctica.
    “Hay mejores músicos de oído que los que leen las notas —dice Mario García, otro de los integrantes—, uno escucha y puede sacarlas, pero los que saben leerlas les cuesta tocar la marimba, porque es muy diferente cómo se escucha. Según la madera con que está hecha, uno tiene que afinar siempre diferente. Uno aprende a conocerla”.
    Inconveniente, como muchas tradiciones, ésta también va desapareciendo. El desinterés de las nuevas generaciones, es su peor enemigo… pero también la facilidad que ofrecen los sistemas de almacenamiento de música, siempre listos a reproducir un track.
    “Los más jóvenes no tienen la paciencia ni lo toman en serio. Se desesperan y lo dejan. Los que ya tocan pues no trabajan como debe de ser. Prefieren dedicarse a otras cosas o abandonarse a “la tomadera”. Esto necesita tiempo de dedicación como cualquier profesión, pero le han perdido un poco el respeto”, explica Juan García.
    Las bodas y cumpleaños que eran amenizados por la cadenciosa marimba, son ahora alegrados por música de banda o de reguetón, que emergen de un iPod o una computadora y pueden repetirse miles de veces sin cansarse. Es más barato, rápido y práctico. Todos ganan… menos los músicos.
    Sin embargo, el trabajo no ha dejado de salir, aunque sea a cuenta gotas. A veces con turistas deslumbrados por los ritmos mexicanos, otras con empresarios que quieren complacer a sus invitados o con instituciones de gobierno que dizque quieren promover la cultura.
    Pero los marimberos no desisten. Esa es su forma de vida, su pasión. Lo que saben hacer desde siempre. “Lo pesado no es cargar la marimba es buscar dónde (hacerlo), pero sabiéndose organizar sí sale. En los 70 tocábamos mucho, ahora tenemos dos o tres tocadas al mes, aunque mayo y diciembre son los de más pachanga y es cuando nos hablan más. Ahí es cuando aprovechamos, aunque la calle siempre deja, nunca se raja”.
    Siempre populares y accesibles las plazas, calles y mercados será siempre el gran escenario donde los marimberos puedan exponer su arte, aunque tengan que llevar a cuestas su instrumento.