El juego de los viejos infantes

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A veces el dolor nos hiere de diversas formas. En estos casos la historia siempre será unas de las herramientas por las que perdamos la felicidad del rostro. En las palabras de los viejos, de aquellos muertos que se han perdido en la estela de nuestros ojos, ahí siempre estaremos, como si quisiéramos volver al centenar de momentos estancados en el recuerdo. Como puerta a otra dimensión, una fotografía, una canción y no sé qué tantos elementos son los que funcionan, en ocasiones, como la evidencia de aquello que no queremos olvidar.

Hay otros momentos más conmovedores en los que los atardeceres y el silencio nos entregan un declive enorme, y ahí, encontramos el pesar de esas vivencias: la narrativa de infancia. Así Mario Vargas Llosa y David Grossman, ambos con esa esencia de escribir por deseo y con fiel bandera hacia las letras, quienes desde muy jóvenes sabían, o intentaban saber, que sus futuros serían el devenir de una oleada inmensa en la palabra. Así me vuelco al pasado y con ellos, como puertas “viajeras”, siempre imagino que los mejores tiempos de la tierra ya están consagrados. Al leerlos (o en ocasiones a su obra) se vuelven una estafeta de la vida de mi madre o de mis abuelos, digamos, como si fueran una ventana a esas etapas similares que rodeaban México en aquellos tiempos, porque tanto en Perú como en Israel y viceversa, “los cachorros” imaginaban los juegos en grandes campos y “los jefes” perseguían los amores de secundaria como lo más impactante del momento, así me sucedió alguna vez (se llamaba o se llama Soledad, era la niña de mis ojos).

Vargas Llosa y Grossman

Tanto Vargas Llosa como Grossman son un par de niños (a veces pienso que no se han dado cuenta), son de esos escritores de los que no les pierdo el hilo, siempre tan inocentes y corrientes, tan apegados a la realidad de la gente común, alejados de egos y de estigmas culturales. Cuando nado en sus libros me siento fascinado (usted juzgue como quiera, al final es mi opinión), no sé, siento que traigo botas con pantaloncillos y una boina de antaño mientras paseo por las calles de mi barrio en bicicleta y doy vuelta a la página, me gusta sentir la infancia de todos los lados del mundo. Es percibir la ingenuidad de cuando era niño, cuando tenía la libertad para navegar por confines mares, para viajar por tierras despavoridas, para volar por cielos siderales… es tan simple como el alejarme de este pensamiento adulto que nos incrusta un sometimiento para juzgarnos y limitarnos a jugar como los eternos pubertos (por no decir mocosos) que somos.

No hay gran diferencia, sin importar la lengua y los contextos, la intensidad de los momentos van quebrados a partir de las vivencias que han concebido. En esos momentos es cuando sugestiono a otros escritores, por qué son pocos los que vuelven al momento de despegue, por qué otros tantos crecen en las injurias del pensamiento y en la desvaluación del ser, por qué delimitan, simplemente, las ridiculeces que hacían de escuincles en la vida adulta.

Retratar al peruano-español y al israelí en esta bifurcación de caminos es como intentar guardar la fragancia de una bodega en un cacahuate. Lo importante de esto es que siguen en curso esos pensamientos tan distantes y tan unidos a la vez de manera inconsciente entre ellos, porque si hiciera un listado, la esencia del recuerdo persiste en los juegos de mesa, en las aventuras de las arboledas, en los raspones y en las lágrimas de los viejos infantes, así, con los del resto del mundo, habría que generar un club.

Los viejos infantes se volvieron escritores de lo que imaginaron en la infancia, de lo que esculpieron en la pubertad y conspiraron contra las letras en su madurez. Vargas Llosa y Grossman son hoy una sentencia de alegorías que pasean en carritos de colores; la literatura de ambos persigue ese deseo sutil de los pequeños zapatos que acompañan las infinitas bonanzas de la primera etapa de la vida, porque quizás hay otras historias, pero ningún factor tan sublime como éste de inspirarnos un sentimiento infantil y tan desinhibido, preciso, despreocupado.

Yo sigo en mi jugueteo de ser niño. Vargas Llosa y Grossman quizás van a jugar canicas conmigo, por ello es necesario saber jugar choyita porque en una de esas me toman desprevenido…

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