El agua que no aprovechamos

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En el barrio de Atemajac se erguía la compañía industrial textil, de papel y fierro, asentada en un predio comúnmente conocido como la Fábrica de Atemajac, con su club deportivo para que los trabajadores tuvieran un lugar de recreo.

En aquellos tiempos esa industria se abastecía de agua de los manantiales que, incluso, aparecen en la estrofa de la canción “Guadalajara”, de Pepe Guízar, como los “Colomitos lejanos / ojitos de agua hermanos”.

Cuando la fábrica quebró, algunos trabajadores se adjudicaron los terrenos que estaban alrededor de ésta. Hoy la fachada del establecimiento sigue en pie y el club aún es visitado por algunas personas. Una parte de los Colomitos se ha convertido en el fraccionamiento Ojo de agua, y otra sigue en actividad. De ahí brota el líquido proveniente de la zona del Bajío: la gente del lugar conoce a ese manantial como “El chorrito”.

Entre la calle Fidel Velázquez y la Occidente hay una pequeña vereda empedrada que recibe el nombre de Oaxaca, y que comunica y la que fue la entrada a la fábrica con las instalaciones del Club Deportivo de Occidente. En la puerta de acceso al club están dos viejos, quienes anuncian que el ingreso no tiene costo, pero usar la alberca sí. “Son 30 pesos por persona”, dice el de mirada gacha, mientras se levanta la gorra azul marino de los Yankees de Nueva York.

En el estacionamiento me encuentro a Jesús, quien viene de donde está la llave del agua, y carga un par de baldes de 19 litros cada uno, con un madero encorvado que se acomoda en la espalda. Se acerca y dice que esa agua es pura, pues viene de “El chorrito”. “Échele un ojo, maestro. Esa agua es de calidá”, y sumerge la franela y la avienta sobre el techo del tsuru tinto que se dispone a lavar.

“Mucha de esa agua mantiene a gente de la colonia. Toda la que usa el club proviene de ahí. La de la alberca, la que se usa para regar la cancha de fut, toda. Del chorrito nace muchísima agua, tanta, que mucha de ésta llega al drenaje que pasa aquí adelante. Se mezcla con la de drenaje”.

Han pasado unos cuantos minutos y el tsuru está casi limpio. Jesús reflexiona un poco y comenta que a veces piensa en toda la gente que sufre por agua. “Mire patrón, aquí la que nace se tira…”.

Mala planeación
“Colomitos tiene que ver con la cuenca de Colomos —dice Hirineo Martínez Barragán, del Departamento de Geografía y Ordenación Territorial, del CUCSH—. En 1898 el gobierno del estado de Jalisco compró una gran extensión de terrenos para captar agua y en 1900 compró dos bombas alemanas para bombear el agua y llevarla a la ciudad. El terreno que serviría para captación del agua, hoy abarca la zona del cerro de la Campana, donde está Puerta de Hierro y el Chedraui, así como también lo que conocemos como Andares. Todo eso era propiedad del gobierno y esos predios los fueron cediendo de manera ilegítima”.

Así como Colomitos, hay una treintena de manantiales en la zona metropolitana de Guadalajara, los que corren el mismo riesgo de secarse y desaparecer, o el de seguir brotando, pero con agua contaminada, pues según comenta José Arturo Gleason Espíndola, del Departamento de Técnicas de Construcción, del CUAAD, estas formas de abastecimiento los gobiernos no las tienen consideradas.

“La gestión sustentable nos dice que el agua debe cambiar a una gestión de la demanda, no del poder, y esto no se puede hacer, porque el SIAPA trabaja con planes sexenales. Por eso debería estar despolitizado. Ahí deben estar expertos de alto nivel y que el gobierno simplemente avale».

“El agua brota en Mexicalzingo, ahí en Colomitos. Además tenemos el manantial de Colomos, el de la Tucson y otros más que aún no están censados, pero de acuerdo a los registrados (en una investigación del fallecido investigador del CUCEI, José Manuel Vargas Sánchez), se calcula que de éstos nacen 522 litros de agua por segundo, los que al año son 16.5 millones de metros cúbicos, lo cual suma un 17 por ciento de lo que la construcción de la presa El Zapotillo surtiría a Guadalajara”.

Gleason Espíndola es uno de los investigadores que han cuestionando la construcción del embalse que inundaría los poblados de Temacapulín, Acasico y Palmarejo. Comenta que la cantidad de agua que está proyectada que reciba la ZMG por este envase, es de 95 millones de metros cúbicos al año, lo cual es innecesario si aplican los proyectos sustentables, como él y otros investigadores promueven.

Estos se dividen, fundamentalmente, en tres puntos: el aprovechamiento de los manantiales que se encuentran en Guadalajara; la reparación de fugas que presentan las tuberías de abastecimiento del agua, y la inversión en instalación de sistemas de captación del agua de lluvia.

De acuerdo a datos proporcionados por el investigador, la ZMG consume anualmente 283.4 millones de metros cúbicos extraídos de Chapala, de diversos pozos y de la presa Calderón, y de este total se pierden por fugas, 154.56 millones de metros cúbicos de agua al año.

“Si nosotros reparamos el 30 por ciento de fugas, aprovechamos el agua de los manantiales y captamos el 10 por ciento del agua de lluvia, tendríamos un 60 por ciento de la demanda total de la ciudad, pues recabaríamos 164.2 millones de metros cúbicos de agua al año. Con esto El Zapotillo no tiene razón de ser”. 

Construcciones fraudulentas
“Cuando se autoriza la urbanización de Colomitos, irónicamente había un proyecto interesante: un corredor verde que se conectaría por Patria, que es el arroyo de los Colomos, y uniría a Colomos con Colomitos, yéndose hasta prácticamente la ceja de la barranca. Pensaban que habría un río limpio en la zona, pero no, siguen imperando estos impulsos políticos y los intereses económicos”, comenta Hirineo Martínez.

Los permisos de construcción fueron emitidos el 28 de diciembre de 2006 y la construcción del ahora fraccionamiento Ojo de agua comenzó en 2007.

Rocío Madrigal, vecina del barrio, recuerda a la perfección las fechas y platica con claridad lo que pasó después del día en que sus hijos, Monserrat y Manuel, llegaron a su casa llorando porque la maquinaria de la Constructora Pañol estaba matando a los peces de “El chorrito”.

“Contaminaron el agua y alteraron el ciclo de vida de las colonias —cuenta—. Desde que pasó eso, comenzamos con la defensa de la zona, porque todos los vecinos nos hemos visto perjudicados. Por ejemplo, en la colonia Jardines del Country tenemos una plaga de termitas y está comprobado que es por eso”.

Ella se dice ciudadana comprometida e informada: “Soy de las personas que considera que los gobernantes trabajan para nosotros. Por eso son ‘servidores públicos’. Desde un inicio hemos estado apelando a través de formas legales: metimos quejas a la Conagua, al SIAPA e incluso mandamos cartas al gobierno del estado y al gobierno federal, a cargo en aquellos momentos del ex presidente Felipe Calderón. Las respuestas ahí están: nunca se dio seguimiento a nuestras demandas”.

La única persona que hizo caso a los colonos, encabezados por Alejandro Pizano, Pompilio Hernández, Rocío Madrigal y su esposo Manuel Braña, fue la diputada Rocío Corona Nakamura, quien lanzó una propuesta para que el área fuera declarada “zona natural protegida”. Sin embargo, no logró este proyecto.

“La gente que se abastecía de esa agua tuvo que dejarla, porque se contaminó. Ahora, de la que brota, aún hay personas que la utilizan. Con decirte, los que vendían agua en garrafón y andaban en las motitos, ahí llegaban a llenar los garrafones”.

Gleason Espíndola recuerda la odisea que vivieron los colonos de la zona del ojo de agua de Atemajac: “Emilio —González Márquez— en su sexenio soltó los permisos de construcción. Yo acompañé a los vecinos cuando estaba Alfonso Petersen Farah como alcalde de Guadalajara. para reclamar la situación, y él dijo: ‘si ustedes tienen dinero para expropiar, dénmelo y lo expropiamos, pero nosotros no tenemos dinero, así que esto se va a quedar como está’. La gente se sintió impotente, porque Petersen se quedó del lado de los constructores”.

Hirineo Martínez comenta que cuando erigieron el fraccionamiento Ojo de agua, él en sus investigaciones mostró que los permisos eran fraudulentos: “Resulta que el inspector de la Conagua fue, se posicionó en el predio, volteó a todos los rumbos cardinales, y según el reporte, no vio ningún manantial. Entonces, un 28 de diciembre dan la factibilidad de construcción del fraccionamiento, irónicamente llamado ‘Ojo de agua’”.

Martínez Barragán comenta que en el país hay obras “aquí, allá” y no existe una visión integral: “Por eso digo que los gobiernos deben gobernar con un mapa en la pared, para poder analizar dónde están las potencialidades, las oportunidades, tener una visión integral del territorio. Debemos alimentar una cultura de la ética y de la moral. Tenemos un desorden en el catastro y el catastro nos lleva a esto”.

Por lo pronto, el condominio Ojo de agua pregona 108 casas en venta en la zona donde estaba la totalidad del manantial. El costo es de 1 millón 495 mil pesos por finca, mientras a un lado aún sobrevive vida silvestre, pasan las aves que se sumergen en el pequeño manantial en el que nadan aún los peces que quedan. A unas cuadras brota “El chorrito”.

Lo más probable es que el ojo de agua se seque o se contamine —dice Gleason Espíndola—. La humedad siempre va a estar ahí, a menos que ahora con la urbanización del Bajío, el agua deje de fluir desde allá y se seque, como muchos otros manantiales de la ciudad que han corrido con esa suerte”.