Ana Clavel

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Ana Clavel (Ciudad de México, 1961) tenía terror de ganar el premio Alfaguara de novela. “Hay gente que puede con el éxito, a mí me conviene más en dosis”, dice. Así, quedar finalista en 1999 la hizo más feliz que cualquier otra posibilidad. Antes ya tenía un par de títulos, pero desde entonces su pluma se ha vuelto un referente de la literatura mexicana contemporánea, a pesar que el medio literario que le es propio sea “machista, muy machista; pero no sólo el mexicano…”. Sobre eso y otras cosas charlamos en el desayuno, al día siguiente de su conferencia sobre travestismo literario en el Ex Convento del Carmen. Su libro más reciente es la antología Amor y otros suicidios (Ediciones B, 2012).

Deseo
Es una temática que no me he propuesto de manera deliberada, sino que se me ha ido revelando con el tiempo, de manera más consistente en las novelas. Desde la primera, Los deseos y su sombra, que vino a cumplir un deseo mío, que era publicar en editorial de prestigio. Ahí el deseo viene de una fuente infantil: de leyendas, cuentos de hadas que hablan justamente de que se cumplan los deseos. Pero no forzosamente para tu felicidad, sino para tu desgracia. Ya lo decía Santa Teresa: Cuántas lágrimas no se han derramado por plegarias escuchadas. O uno de sus lectores asiduos, Truman Capote: Cuando Dios da un don también da un látigo para fustigarse. Se me convirtió en un tema co sustancial al ser humano y ya no lo he soltado. El giro hacia el deseo erótico ya está presente desde los primeros cuentos, en una tesitura relacionada con la percepción a través de los sentidos. Y como el deseo siempre es algo que nos impele a salir de nosotros mismos, el deseo de la otredad se ve materializado en especial en mis personajes más recientes, que mutan de un género a otro como Antonia en Cuerpo Náufrago.

De género
Creo que el que se encasille una literatura como “de género” sólo porque la escribe una mujer o un homosexual sí es discriminación. Al enfatizar la mirada para poner atención a este tipo de autorías, se termina haciendo una segregación, un apartado. Pero la verdad es que si tú estás haciendo un trabajo literario y crees que vale la pena, lo que quieres hacer es dialogar con el resto de los escritores; estar en el marco de una lectura mucho más enriquecedora, que sí tenga que ver con asuntos actuales mas no se limite a ello, pues también intentas tratar los temas que conciernen al ser humano más allá de las contingencias. De hecho, las feministas se indignan conmigo porque ¿Cómo me atrevo a abordar el deseo masculino de esa manera en Las violetas son flores del deseo? Y yo digo: ¿por qué no? ¿Por qué tengo que ponerme un cinturón de castidad de género?

Apartheid
Me invitan a un encuentro de literatura negra. Yo no tengo trabajo al respecto, pero lo que les interesa es que relaciono el deseo y el cuerpo con la violencia en nuestra sociedad actual. Así que me ponen en una mesa que se llama algo como “Mujeres, crimen y género”. Creo que esto es un error, que de pronto no saben cómo abordar el asunto y por tratar de ser actuales, a las mujeres nos meten ahí de cajón. Sí hay una cuestión contextual que no podemos soslayar, sin embargo eso no indica que se nos deba encajonar. Es una manera de descalificar y hacer a un lado sin tomarse la molestia de verificar si lo que uno propone en verdad va por ahí. Ahora, en respuesta a estas cuestiones de segregación de género, te voy a contar lo que me dijo mi hijo de 21 años: a él le parecía absurdo el hecho de que en el metro del DF hay vagones exclusivos para mujeres a ciertas horas. Decía que por qué las mujeres quieren un trato igualitario si a final de cuentas quieren también un vagón especial. Mi respuesta fue que se trata de situaciones diferentes, que tienen que ver con especificidades corporales, con condiciones de fuerza que entran en el juego de la dominación, la violencia y el abuso. Así que para compensar le propuse: “¿Qué te parece si hacemos vagones para hombres nada más?” El problema es que eso mismo es lo que sucede en el medio literario.

Nombre
Tengo la fortuna que mi primer nombre y mi segundo apellido embonen bien: completo es Ana Elena Gómez Clavel, así aparece en mi credencial de elector. Resulta mucho más eufónico como lo firmo, pero luego parece nombre de personaje y no te creas que es tan conveniente, porque luego la gente cree que me lo inventé, que es un pseudónimo. O que mi literatura es muy floral, femenina, delicada. Y no es así.