lunes, febrero 16, 2026
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Un monstruo que habita la ciudad

Desde hace más de treinta años recorre las entrañas de Guadalajara: en su momento símbolo de la modernidad, a la fecha el Tren Ligero sigue creciendo y transportando incansablemente cada día a millónes de tapatíos

Tin, tin tin… próxima estación… 

El bullicio es una constante desde temprano hasta que llega la noche. Debajo de la tierra tapatía vive un monstruo de mil identidades que se mueve de norte a sur y de oriente a poniente; es un tapatío como cualquier otro que se desenvuelve en una urbe cada vez más grande.

Hace poco más de 36 años, la ciudad cambió para siempre con su llegada, y desde entonces no volvió a ser la misma después de ese primer día de septiembre cuando los periódicos de la época anunciaban que la modernidad había llegado a Guadalajara.

“Este nuevo sistema de transporte colectivo, con las ampliaciones que se realizarán a partir de este sexenio, satisfará las necesidades de transportación humana en Guadalajara hasta el año dos mil”, relataba El Informador en sus páginas.

En aquel entonces, altos funcionarios presumían la vanguardia en transporte. Se tomaban la foto, viajaban por algunas estaciones y después no volvían a pisar más esa realidad donde millones de personas van y vienen entre vagones que no se cansan de moverse de un lado para otro.

Desde finales de los ochenta el Tren ligero revolucionó la forma en la que las y los tapatíos se mueven. En aquellos tiempos donde las fichas eran comunes para adentrarse a las entrañas de este monstruo, la gente todavía se sorprendía al cruzar la ciudad en apenas unos minutos.

El desarrollo había llegado, o al menos por el momento.

“Se estima que inicialmente el Tren Ligero beneficiará a 18 colonias populares de la zona Sur, 21 de la zona centro de Guadalajara y 29 del área Norte de la ciudad”, se puede alcanzar a leer en el último párrafo de aquella noticia que anunciaba el nacimiento de un tapatío más.

Antes de entrar, permita salir. Estación…

Las puertas se abren y todo es un caos por unos minutos. El ajetreo de la segunda ciudad más grande de México contrasta enormemente con la apatía de sus ciudadanos que caminan ensimismados y lentamente por los andenes que dan la bienvenida a los vagones del tren ligero.

Detrás de la línea amarilla, por favor. Pero parece que ya nadie respeta. Hay quien empuja y no piensa en los demás; otros más prefieren quedarse inertes como un saco de papas transportado por una mula de carga, y pocos, muy pocos, saben que el respeto a los demás no es opcional.

Las puertas se cierran. “Perdón, Juanito, pero no podemos esperar a nadie, quizás tengas más suerte en el próximo y, si te va bien, no tardará, lo juro, pero ya tenemos que movernos”. El vagón empieza a avanzar con familiaridad y el monstruo reinicia su travesía hacia cualquiera que sea el destino. 

Anticipe su salida, porque cada estación es una aventura, porque Guadalajara en sí es una aventura, porque cada viaje en el tren puede convertirse en anécdota por la ciudad.

Mi tren, ¡cuídalo!

Hay quien todavía recuerda aquellas fichas que eran la entrada al tren. Soltar ese pedacito de metal en los torniquetes al entrar provocaba una sensación que no olvidan aquellos que vivieron aquel pasado en Guadalajara.

“Eran pequeñas, las cambiabas en una máquina, lisas de un lado y del otro tenía como ranuras”, recuerda un tapatío.

Ahora, las voces pregrabadas te dan la bienvenida cuando uno se adentra a las entrañas de este monstruo que ha seguido creciendo por más de tres décadas, y que parece que volverá a hacerse más grande, porque de alguna forma encontrará la manera.

En algunas horas, el ecosistema donde corre funciona de maneras poco convencionales. Alguien corre por ahí y busca entre sus bolsillos un par de monedas, otra persona pregunta para no perderse y no falta quien se moleste entre escaleras eléctricas que se toman sus vacaciones de vez en cuando.

Por décadas, ese monstruo ha habitado el subsuelo de Guadalajara moviéndose casi sin hacer ruido. En unos minutos lleva a miles de tapatíos a otras ciudades y los regresa con la misma velocidad con la que se va; quizás no se parece a sus primos del Primer Mundo, pero se esfuerza, como buen tapatío.

Un paso atrás, porque ahí viene el tren. Desde Periférico Norte hasta Periférico Sur; de Juárez a Tetlán y de Arcos hasta la Central Nueva el recorrido parece seguir la misma ruta, pero nunca resulta ser el mismo.

Entre empujones, gritos y el bullicio de la ciudad, el Tren ligero sigue cumpliendo su tarea desde hace más de tres décadas. Casi nunca se detiene, porque parece que le gusta su trabajo, porque es un tapatío incansable, como los millones que habitan esta ciudad.

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