
Como parte del programa Festival cultural otoño en Lagos, Rafael Aquino, egresado del CULagos, compartió las enseñanzas detrás de la práctica de la escritura japonesa y los beneficios de esta caligrafía
Dentro de las actividades del XXIII Festival cultural otoño en Lagos, el LinguaFest 2026 se posiciona como un espacio donde los estudiantes salen de las aulas para vivir el idioma. El festival incluyó conferencias sobre traducción y talleres culturales prácticos pensados para complementar la formación de los alumnos de Lenguas y culturas extranjeras del CULagos.
Para abrir el programa, se llevó a cabo el Taller de caligrafía japonesa, impartido por Rafael Adrián Aquino de la Torre, egresado de la carrera.
La caligrafía japonesa tradicional, conocida como shodō, consiste en escribir caracteres japoneses con pincel y tinta sobre papel, prestando especial atención a la forma, el orden y la disposición de cada trazo. Entre estos caracteres se encuentran los kanji, signos de origen chino que forman parte del sistema de escritura japonés.
Esta práctica exige paciencia, concentración y una cuidadosa observación del espacio antes de comenzar a escribir. Durante el taller, Aquino de la Torre explicó que el proceso comienza incluso antes de tomar el pincel, con la preparación manual de la tinta. Para ello, se frota una barra de tinta sólida sobre una piedra especial con un poco de agua, un ejercicio que permite al practicante concentrarse antes de escribir.
El instructor también mostró la evolución de los estilos caligráficos, desde las formas más antiguas y estructuradas hasta las variantes cursivas, caracterizadas por trazos más libres y fluidos.
Para el ponente, dominar esta técnica con el pincel fue la clave para integrarse en la sociedad japonesa. “Me acercó mucho con un grupo de compañeros en Japón. No están acostumbrados a ver a un extranjero que haga caligrafía”, relató.
Escribir le permitió forjar vínculos genuinos durante su estancia en el país asiático. “Participé en muchos eventos, hice contactos con amigos que yo no pensé que hubiera podido hacer de no haber escrito la caligrafía”.
Esa vivencia personal y la curiosidad se convirtieron en el tema central de su tesis de licenciatura. Al practicar de forma constante, se dio cuenta de que la escritura manual repetitiva mejoraba su lectura en las clases de japonés.
“Empecé a tener interés en escribir y me di cuenta de que escribía el mismo kanji una y otra y otra vez, y en mis clases empecé a notar que sabía leer más kanji a raíz de eso”. Los resultados de su investigación confirmaron que utilizar la caligrafía japonesa beneficia la motivación, mejora la retención a largo plazo y funciona como un método de aprendizaje mucho más lúdico frente a los sistemas tradicionales.
Las alumnas de octavo semestre de Lenguas comprobaron los beneficios de esta investigación con su propia experiencia en el taller. Daniela Lailzon de la Torre compartió que, aunque ya había trazado kanji durante sus clases, el acercamiento tradicional cambió su perspectiva: “La forma tradicional de escribir el japonés es completamente diferente. Incluso, se siente especial cada trazo y pincelada que das en el papel”.
La actividad le abrió las puertas a nuevas formas de estudiar y de entender toda la escritura japonesa. “Te habilita la capacidad de entender cada trazo y su significado dentro del kanji, y eso facilita el recordar y entender los kanjis de una manera más perdurable”, detalló.
“Te diviertes aprendiendo porque, además de estudiar, aprendes sobre la cultura japonesa. Se lo recomiendo a toda persona que tenga interés y a los estudiantes de lenguas”, añadió.
Su compañera Cristina Ayala experimentó una conexión muy similar. Aunque nunca había intentado hacer caligrafía japonesa, la dinámica le permitió fluir desde el primer momento. “Nos dieron mucha libertad para iniciar y fue muy fácil seguir al sensei”, compartió.
Para ella, el beneficio de esta práctica es tan evidente que confiesa que le hubiera gustado tener este espacio antes en su formación. “Me hizo sentir más conectada con la cultura japonesa; me ayudó a ser más consciente de los trazos que hacía, el orden, y era una práctica constante del significado de cada kanji”, señaló.
En el shodō, una vez que la tinta toca el papel no hay manera de borrar el trazo. Cada movimiento es definitivo, incluso cuando el resultado no es el esperado. Esta particularidad exige precisión, pero también requiere al alumno detenerse antes de mover el pincel; la paciencia se cultiva así, al descubrir que incluso el movimiento más sencillo requiere tiempo, atención y la disposición de reflexionar antes de continuar.
Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.
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