Sabato o la tregua del guerrero

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Menos lapidario que Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato describe el mundo que le tocó vivir de manera impecable. Donde el primero ponía el índice sobre la imaginación, el lenguaje y las ideas, el otro destacaba el valor de la existencia de la persona humana y su circunstancia vital para colocarlo en un mundo presente.
Borges, se podría decir, presintió el curso del golpe a través de los espejos y sus fantasmagorías y Sabato miró venir el golpe y lo sintió en el vientre y en la mandíbula hasta abatirlo, momentáneamente… De ese dolor compartido con sus semejantes provino su resistencia, sus ideas políticas, su imaginación, su lenguaje y, en resumen, su existencia y su muerte, marcada desde ahora con dos fechas: 1911- 2011.
Destacado hombre de ciencias (fue doctor en Física), en 1945 escribió un breve y delicioso libro de aforismos bajo el nombre Uno y el universo, en el que el lector ya advierte su tendencia hacia el humanismo, pero sobre todo su relación con uno de los temas que en casi infinidad de ensayos destacó: la condición humana.
Es seguro que su incursión en la narrativa lo llevó a mirar con puntualidad la vida concentrada en imaginación y en 1948 publicó una novela corta muy cercana, en varios aspectos, a El extranjero, de Albert Camus. De hecho, El túnel podríamos decir es la filiación más concreta, el mayor homenaje al autor francés, con quien compartía un pensamiento, una ideología y un camino signado por la corriente existencialista. Distintos un libro de otro, realmente son dos hermanos separados y abandonados en distintas geografías y, luego, reencontrados hasta convertirse en una sola pieza.
Las obras, en todo caso, se convirtieron en un puente que enlazó a los autores como personas y, Sábato —se afirma— recibió elogios muy grandes de Camus, al grado de hacer publicar su novela en francés y en Francia.
Ambos encaminados antes de conocerse en ideas y aspiraciones similares, fueron miembros del Partido Comunista en sus países; los dos se orientaron concretamente hacia un humanismo que fincó su empeño en la defensa del ser humano; Camus y Sabato son y fueron guerreros en una misma lucha: la de los débiles contra las injusticias provenientes del siempre salvaje poder del Estado.

Trilogía de la imaginación
Tengo la impresión de que Ernesto Sabato es uno de los escritores y pensadores más coherentes de América Latina. Su trayectoria como narrador, como autor de estricta imaginación, no es abundante: se compone apenas de tres obras, tres novelas que fueron creciendo a lo largo del tiempo, como la propia existencia de su autor.
Se trata de obras singulares y sin liga, hasta donde entiendo, con la tradición latinoamericana. Los tres trabajos literarios se complementan como una trilogía singular: El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abaddón el exterminador (1974). Quizás el argentino pudo haber escrito más literatura de creación, sin embargo esas tres le bastaron en todos los sentidos. Lo vinculan con el arte de la narrativa, le otorgan un prestigio entre los lectores y le ofrecen una calidad moral y un rigor intelectual.
El grueso de la bibliografía sabatiana se encuentra dentro del ensayo. Si bien es cierto que Ernesto Sabato incursiona tardíamente en la retórica de creación, es una realidad que se aparta de las voces que en su momento estaban en boga, es decir, Borges y Cortázar. Son, entonces, un apartado singular y una aventura solitaria dentro de la ficción argentina.
Con entera razón José María Valverde hace la distinción: “En transición entre el ‘consulado’ Borge-Mellea y la situación en que dominan Cortázar y los narradores pop, encontramos el problemático caso de Ernesto Sabato”, a quien liga Valverde más bien cercano a Roberto Arlt, el autor de las imprescindibles novelas Los lanzallamas y Los siete locos.
Valverde, por cierto, en su ensayo sobre el autor depositado en su Historia de la literatura latinoamericana, lo describe de forma precisa y por demás bella. “Hombre de formación científica, especializado en energía nuclear, llega tardíamente a la narrativa…”.
Luego puntualiza líneas adelante: “…lo que ateniéndonos a los libros, parecería una abrupta conversión del sabio en narrador, tiene una base que serán estas dos novelas…”; hasta el momento en que el crítico e historiador español escribía sus palabras, la tercera obra narrativa de Sábato no había aparecido, Abaddón el exterminador, que fue considerado el mejor libro extranjero publicado en Francia en 1976.
Autor de acción fragmentaria, sus trabajos de imaginación se complementan unos con otros. Éstos con la utopía, los mismos con la realidad al contradecirla, y, sobre todo, disponen un espacio de libertad y crítica hacia una realidad brutal que no ha dejado de existir y todo indica continuará mientras existan hombres perversos…
El argentino abandonó el universo literario, donde había acogido una enormidad de lectores, para abandonarse a los textos de estricto rigor intelectual. En el ensayo encontró no a más lectores, pero sí un espacio para meditar la circunstancia argentina, latinoamericana y, en general, el abordaje de temas que conciernen a lo humano, en los que el hombre y la historia son el centro. Aunque nos entregó materiales ahora indispensables para conocer sus propios sucesos como ser político y social. Sobre todo los más jóvenes continuaron acompañándolo con la lectura de sus narraciones.
No obstante, hay entre sus libros ensayísticos algunos que se acercaron a las nuevas generaciones, por tratarse de ensayos sobre la obra de otros autores, y que dan cuenta del gran lector que fue —y es— Sabato. El escritor y sus fantasmas (1963), Aproximación a la literatura de nuestro tiempo: Robbe-Grillet, Borges, Sartre (1968), Entre la letra y la sangre (1988), Antes del fin (1998) y La Resistencia (2000), son de los más leídos y aportan enormidad a cada lector que se atreve asomarse a ellos.

El testamento
Ernesto Sabato siempre fue un guerrero que combatió a las dictaduras argentinas y un contumaz detractor de la política peronista en Argentina, algo que lo llevó a tener graves problemas con el poder militar de su país, y existe el testimonio en libros poco asequibles en México. Luchó, porque fue un combatiente de tiempo completo. Su obra de creación se puede declarar como parte de su trabajo como luchador social, lo mismo que su pintura, en la que quizás sosegó su inquietud por la invención literaria. Su valor, incluso, lo podemos comprobar en sus abandonos. Si bien es probable que nos hubiera entregado más historias, lo que hizo en realidad fue enfrentar con imaginación a la terrible realidad.
En su tal vez último trabajo, España en los diarios de mi vejez (publicado en 2004), se puede comprobar la beligerancia y la enorme ternura de una persona y, a su vez, de un intelectual, de un creador y, otra vez, de una persona.
De cierta manera, Sabato, en esas memorias, deja en claro un resumen de su vida, su trayectoria y sus infinitas aspiraciones cumplidas y, quizás sin concluir. Delicado y fuerte a la vez, en un viaje de avión hace un amplio recorrido por su vida. Y son las imágenes más bellas de un anciano que se niega a morir del todo. Es un testimonio vital por ser esencia de un espíritu combativo y alejado de toda vanidad. No hay un solo atisbo de petulancia. No hay un desliz hacia la debilidad, ni mucho menos deseos (entre líneas) de edificar su efigie ni su inmortalidad. Es un recorrido por el paso de la vida. Es vida en pleno y, también, es madurez. Es, sobre todo, la enseñanza mayor que un viejo nos puede legar: aprendamos a vivir y a luchar cotidianamente por un lugar mejor en esta vida, parece decirnos.
¿Ernesto Sabato nos había prometido vivir cien años? Nunca quizás prometió algo que no estuviera a su alcance. Después de leer España en los diarios de mi vejez, cualquiera entiende que la vida no es cómoda ni está hecha para el ocio, el boato o la molicie humana. Sino para la lucha cotidiana por la sobrevivencia y si logramos el placer, que es menester, la vida de cualquiera está casi completa.
Con todo, la vida es una dicha y pese a que no estará en la reunión Sabato, celebremos la festividad, que siempre aligera el dolor de la existencia.

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