
Entre la vegetación y el barro rojo, estudiantes del CUTlaquepaque emprendieron un recorrido con el objetivo de conocer el entorno natural de la zona
Habíamos visto las antenas desde abajo, desde el mirador, desde el campus, desde casi cualquier punto de Tlaquepaque, si no es que de toda la ciudad. Pero esta vez la idea era llegar a ellas.
Un grupo de estudiantes de la licenciatura en Turismo del Centro Universitario de Tlaquepaque (CUTlaquepaque), encabezados por la doctora Dulce Esmeralda García Ruiz y por el guía Luis de Anda, salimos del propio campus con un objetivo doble: valorar la importancia de conocer nuestro propio entorno y el que la caminata sería un entrenamiento para la próxima carrera 5k CUTlaque, que se organiza cada año.
Desde abajo, la subida parecía sencilla. Al inicio, todo fue risa y diversión entre flores, flores y más flores, de distintos colores, con vegetación por todos lados y el barro rojo de Tlaquepaque pegado a las suelas. Ahí entendimos que la belleza de un lugar no siempre está en el gran paisaje, sino en los pequeños detalles del camino.
Después, el camino se tornó cada vez más empinado. Las risas dieron paso al cansancio, secarse el sudor de la frente, tomar agua. “Está muy empinado”, soltó Jocelyn Flores. Los que íbamos adelante preguntamos, “¿cómo van?”, como en cadenita: comenzaba Krystal Padilla, seguía Omar Figueroa y terminaba Alejandra Rosas, y desde atrás llegaba la respuesta, o la pregunta de vuelta.
La parte más difícil llegó con las rocas. El sendero se estrechaba entre paredes cubiertas de ramas y hojas que hacían de sombra, y había que subir pisando entre piedras donde se podía resbalar. “Cuidado”, advertía Adriana Zaragoza. “Mira dónde estoy pisando para que pises ahí”, indicaba Alejandra a quien iba detrás. Luis nos ayudó en los tramos más complicados y, sin darnos cuenta, el grupo se volvió equipo.
En el camino aparecieron formaciones rocosas y pequeñas cuevas. No nos asomamos a ninguna, por precaución. Huíamos de una y, entre escalada y más escalada, mágicamente aparecía otra a nuestras espaldas, como un pasadizo secreto.
La recompensa llegó justo debajo de las antenas. Desde uno de los puntos más altos de la zona se veía toda la ciudad. El sol pegaba con todo, así que hubo quien aprovechó la sombrita ajena y quien se refugió bajo un verde mezquite en la cima frente a nosotros, tan lejos que apenas se distinguía. “Apenas para estar como ellos”, comentó Krystal.
De regreso, la fauna local también quiso participar. Primero, una vaca apareció en un sendero. Luego, cuando creíamos estar cerca, salió un puerquito negro, moviendo la cola y haciendo algunos soplidos, amigable y fotogénico: “El descubrimiento del viaje”, rió Alejandra. Más adelante llegamos a una ranchería donde, en lugar de pajaretes, nos recibieron vacas, caballos y chivos, entre el cacareo de los gallos.
Mientras más nos acercábamos al campus, más recordábamos la basura que habíamos visto en el camino, sobre todo en la cima. “En las cuevas estaba repleto, parecía un basurero clandestino”, comentó Diana Márquez. Como visitantes de un espacio natural tan bonito, y como futuros profesionales del turismo, nos toca cuidarlo y promover que otros lo hagan.
Llegamos al campus a las 17:00 horas con las piernas cansadas, los tenis rojos de barro y la sensación de haber conocido algo que estaba a la vista desde siempre.
Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.
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