“Todo se canceló hasta nuevo aviso”; así empezó la odisea de cientos de personas que, la mañana del pasado 22 de febrero, se quedaron varadas en Tlaquepaque sin ninguna certeza sobre su destino, sin salida alguna
La frescura del aire dominical acarició mis mejillas. Ese sonidito de patines rodando por el pavimento. Y la gente que caminaba, pedaleaba o paseaba a sus mascotas en la Vía RecreActiva. Todo lucía normal esa mañana del 22 de febrero de 2026. Eran cerca de las ocho cuando crucé por ahí, rumbo al tren eléctrico con la idea de dirigirme a la central camionera y tomar un autobús para visitar mi pueblo natal.
Ya en el vagón, curioseé en el celular, del que nunca logro despegarme ni en vacaciones ni en fines de semana. Como una cascada comenzaron a caer las noticias de bloqueos e incendios en la ciudad. Aún desconocía la magnitud de aquello.
Al llegar a la central, una joven me informó que no habría salidas de camión: “Todo se canceló hasta nuevo aviso”. Creí prudente esperar, tomar un café y leer un poco, por si las corridas se reanudaban. Vaya que fui ingenuo. Y perdí tiempo precioso.
Poco después de las diez de la mañana se anunció la suspensión total del transporte público. Los vehículos de plataforma también dejaron de operar. Solo algunos intrépidos taxistas amarillos persistían, cobrando tarifas abusivas. Pronto esos también se esfumaron.
De repente estaba varado en un limbo de vidrio y concreto junto a cientos de personas. Sin manera alguna de salir. Ni para atrás, ni para adelante.
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La Central Camionera de Tlaquepaque, conocida como “Central Nueva”, cuenta con más de 90 andenes y recibe cerca de 8 millones de pasajeros al año. Desde allí operan distintas líneas con rutas a casi todos los destinos nacionales y hacia Estados Unidos de América.
Esa mañana, en las salas de espera la tensa calma comenzaó poco a poco a transformarse en ansiedad. Los operadores de autobús masticaban en tacos los duros pellejos que los vendedoras cobran a precio de carne y sorbían un amargo café (lo sé porque comí y bebí lo mismo) mientras veían en el celular y especulaban sobre los posibles hechos posteriores.
La gente también conversaba sobre las noticias y los rumores del posible abatimiento del líder de un grupo dedicado a actividades ilícitas. El más poderoso de México y quizá del mundo. “Mataron al Mencho”, decía un chofer con los bigotes manchados de salsa, mostrando el celular a un compañero. Versión que sería confirmada horas después y que nos haría comprender la magnitud de la reacción.
Todo empezó en Tapalpa, donde se ocultaba el capo. Pero pronto, el caos se multiplicó a todo el estado. Y luego al país. Mensajes y más mensajes chisporroteaban en mi whatsapp. Más de 60 puntos en la Zona Metropolitana de Guadalajara con bloqueos. Vehículos incendiados. Balaceras. Luego saltó a municipios y regiones. Incluido mi pueblo, ese que siempre presumo como un remanso de paz.
Los rostros comenzaban a deformar su rictus y se notaba la impaciencia. Las sillas, a esas alturas, habían dejado de ser cómodas y no eran pocos los que caminaban en círculos. Para entonces, elementos de la Guardia Nacional ya estaban a las afueras de los módulos de la central de autobuses. Mientras, en mi timeline de X aparecían más noticias: los estados vecinos también comenzaban a ser presa del caos. Colima y Michoacan, principalmente. Y el Gobierno del Estado activó el Código Rojo. Sea lo que fuere que eso signifique.
De la mano de las cavilaciones comenzó a circular la desinformación. Se había viralizado un video de personas corriendo asustadas en el Aeropuerto internacional de Guadalajara y que en muchas redes sociales se manejó como un inexistente ataque armado. Personas, sin saber en realidad qué pasaba, buscaban refugio atendiendo al instinto natural de supervivencia. Y los medios daban cuenta, con lenguaje típico de la nota roja ochentera, que en otra central camionera, la de Zapopan, se registraron denotaciones. Más tarde uno de los periodistas que circularon la versión aclararía que alguien activó la alarma de incendios al ver armas, que en realidad eran de las fuerzas de auxilio.
A eso se sumó la imagen falsa de un avión en llamas y varios deep fakes generados con inteligencia artificial sobre una Guadalajara semidestruida entre fuego y escombros. Las instituciones, cual quelonio imperturbable, todavía no habían desmentido esos materiales gráficos. Lo que, ahora que lo reflexiono, dejó la mesa lista para lo que ocurriría en la central de autobuses minutos después.
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Alrededor de las 11:30 de la mañana, alguien dijo ver algo. Y comenzó a gritar: “Ahí vienen, ahí vienen, corran”. Al salir del baño me encontré con varias personas que corrían a contraflujo presas del pánico. “¿Qué pasó… qué pasó?… me sobresalté. “Usted no pregunte, corra, corra”. Y eso hice. El gentío se agolpaba para buscar refugio en los andenes y en los talleres de servicio.
Los encargados del taller discutían con los guardias de seguridad, empeñados en impedir que los civiles se refugiaran allí. “Déjame hacer mi trabajo, primero la gente”, espetó uno de ellos con firmeza, ante el desconcierto del encargado. La multitud ya era imposible de contener. Apenas entró el último, la pesada puerta de acero se cerró con estrépito. “Distribúyanse entre los camiones, busquen refugio ¡Al piso, al piso!”, ordenó una voz cascada.
Los minutos transcurrieron lentos. El silencio era una capa invisible, pero viscosa, que pesaba sobre nuestras espaldas. Afuera no se escuchaba nada. Fue entonces cuando empecé a dudar de si en realidad alguien había visto algo o a alguien. Nunca lo sabremos.
Pasaron veinte minutos hasta que nos conminaron a salir de entre los camiones para reunirnos en lo que, creo, era un patio de maniobras. Un joven de lentes, empleado de la empresa, tomó el mando: “A la derecha, operadores y empleados; a la izquierda, los civiles. Regístrense en esta hoja, es protocolo… por cualquier emergencia”. No hacía falta ser muy avesado para intuir el motivo de aquella medida. Un escalofrío recorrió mi espalda.
El tiempo se fue diluyendo, quién sabe en qué. Sentado en el piso o caminando en círculos. O compartiendo comentarios inocuos con algunas de las personas que intentaban hacerse los graciosos para aligerar la situación. Y por supuesto, mirando de vez en cuando el celular, cuya batería languidecía. Solo para encontrar mensajes que en lugar de tranquilizar, alimentaban la ansiedad.
Algunos aseguraban que, igual que el aeropuerto, los delincuentes también iban a tomar la central camionera. Otros iban más lejos: “Ya tomaron un módulo, tienen rehenes y van por todos los demás”. “A las dos de la tarde van a comenzar a matar gente en las calles”. “Aquí afuera se enfrentaron con la Guardia Nacional”.
Todas versiones disparatadas, sin sustento en el entorno, porque jamás se escuchó detonación ni señal de semejantes trifulcas. “¿Dónde vio todo eso?”, pregunté a un chofer. Sin titubear respondió: “En el whatsapp”. Como si bastara que algo se dijera en esa red social para que se convirtiera en verdad inobjetable.
Para esas horas ya circulaba información verificada, difundida por periodistas serios y profesionales. Había recibido en mi celular varias notas e imágenes que confirmaban que la Guardia Nacional y el Ejército Mexicano resguardaban la central. Eso me tranquilizó mucho.
Alrededor de las tres de la tarde, un buen samaritano repartió vasos desechables con agua de garrafón para aliviar el calor y, poco después, nos informó que podíamos salir. Que todo estaba tranquilo afuera y las autoridades ya resguardaban las instalaciones. “Quien desee irse, está en libertad, pero es por su riesgo. Yo no lo recomendaría”, explicó un elemento de la Guardia Nacional.
El calvario continuaría para quienes iban en tránsito a otras ciudades de Jalisco o estados de la República, pues buscar un hospedaje era imposible, principalmente porque no había ningún medio de traslado disponible. Yo tampoco tenía forma de irme. Y aunque hubo personas que se ofrecieron a ir por mí, me negué a ponerlos en riesgo.
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Ya en las salas de espera, había tres grandes necesidades por resolver: baño, alimentos y carga para el celular. La primera afortunadamente fue sencilla, pues los administradores de la Central dejaron abiertos los sanitarios. En el segundo caso fue más difícil pues quienes atendían las tienditas o negocios de comida preparada se habían marchado. Para la tercera, aunque los enchufes eran pocos, la gente se organizó de manera solidaria para no tardar mucho tiempo e ir dejando que todos recargaran su batería. Y si no tenían cargador, también lo prestaban. Hubo quienes hasta ofrecieron sus aparatos a quienes no tenían saldo y requerían hacer llamadas.
En la televisión se transmitía un partido de Pumas contra Monterrey en el que más allá de un golazo de Álvaro Angulo todo lo demás fue la monotonía propia del fútbol mexicano. La realidad es que casi nadie vio el partido. Después proyectaron una película de King Kong contra Godzilla, cosa que no abonó mucho a tranquilizarnos.
Las esperanzas de poder salir de la central se desvanecían junto con los rayos del sol. La noche caía como un pesado telón de incertidumbre. “Aquí nos vamos a quedar a dormir, mijita. A ver cuándo hay camión”, decía un señor a su hija, con el tono apacible de su voz que intentaba disimular la preocupación que reflejaba su frente agrietada, mientras sostenía un sombrero en la mano temblorosa. Tenía razón. No habría corridas de camión y no quedaba más que dormir ahí.
Ingenuamente consultaba en el celular, casi cada 5 minutos, si ya había tren o vehículos de plataforma. Pero no. Ya eran las diez de la noche y no quedaba más que resignarse. Apropiarse de algún asiento, colocar mochilas a manera de almohada improvisada y hacerse bolita para aguantar el frío. Los más afortunados alcanzaron un sillón o algún cojín en la sala VIP, ya que para entonces se habían abierto todas las salas de espera.
En los chats de whatsapp muchos de mis amigos y conocidos confesaban la sensación de haberse quedado solos, sin escapatoria. Y es que ese día las columnas de humo brotaron de todos los rincones y municipios. Es decir, los que hasta ahora habían sido vistos como “los otros”, en realidad son los “nuestros”. Están incrustados en los propios vecindarios o comunidades. Y surge un reproche inevitable: cuándo y cómo fuimos cómplices pasivos para dejar crecer tanto este problema.
Afuera de la central todo lucía desierto. Ya no había elementos de seguridad. Ni estatales, ni Guardia Nacional. O quizá eran pocos, pues no se alcanzaban a ver desde las salas. Sentí un hueco en el pecho. Sí. estábamos solos.
Por eso, la madrugada fue complicada. Nada hay más pavoroso que el miedo asociado con el silencio. En esas circunstancias el menor ruido es como un estruendo. Las paredes de vidrio parecían vibrar y devolver con crujidos el más mínimo murmullo. Si alguien tiraba un termo o una botella de agua, bastaba para levantarse sobresaltado como impulsados por un resorte.
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Algunas horas de sueño intermitente, entre resuellos y ronquidos inconclusos. A las 7:19 de la mañana, la sensación de ahogo comenzó a aliviarse. Los rayos del sol se filtraban entre las siluetas de los autobuses. Y si en otras ocasiones el amanecer ya es motivo de alegría, en esta me sentí aún más afortunado de poder contemplarlo.
Para entonces la ciudad seguía desierta. La Secretaría de Educación había anunciado la suspensión de clases en todo el estado y los negocios mantuvieron cerradas sus puertas. En la Central Camionera las actividades comenzaron a normalizarse a cuentagotas. Abrieron algunos estanquillos y por fin pudimos comprar pan o café. Aún no había noticias de ninguna corrida, ni venta de boletos. Pero afortunadamente, alrededor de las ocho y media el tren ligero reanudó el servicio.
Preferí llamar a alguien de mi confianza para pedirle el favor de recogerme. Con el nuevo amanecer había cierta calma en el ambiente y parecía que las condiciones para salir a la calle eran menos hostiles.
Así, pasadas las diez de la mañana, casi 26 horas después, por fin crucé la puerta de aquel refugio que, en más de un momento, se sintió menos como resguardo y más como una trampa.
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El camino de regreso parecía un campo de guerra. No pasaron muchas cuadras para encontrarnos con un ennegrecido mastodonte de acero retorcido que desparramaba cenizas sobre el pavimento. Polvo flotando en el aire, vidrios quebrados, cableado derretido y fachadas de negocios vandalizados. Era un escenario desolador. Como en la película que proyectaron una noche antes en la central, parecía que un dragón gigante hubiera arrasado con todo.
En algunos puntos los conductores tenían que “torear” con sus vehículos aquellos escollos que parecían sacados de una pintura surrealista. Los semáforos seguían cambiando de color, pero eran luces inútiles en un escenario sin actores.
Encendí la radio. Los noticiarios daban cuenta del balance de daños: 25 elementos de la Guardia Nacional, así como dos de la Fiscalía del Estado, fueron abatidos en los operativos para detener a Nemesio Oceguera. Una mujer embarazada perdió la vida en Zapopan y 15 efectivos del ejército resultaron lesionados.
El secretario de Seguridad Pública del Estado, Juan Pablo Hernández, detallaría que al menos 500 automotores fueron incendiados en toda la entidad y apenas se habían retirado poco más de 150 vehículos en 470 puntos. Reconoció que la falta de grúas complicó el retiro de unidades pesadas, tanto en la Zona Metropolitana de Guadalajara como en las carreteras, afectando a 96 de los 125 municipios de Jalisco. Por eso la retahíla de esqueletos de fierro retorcido continuaba en las calles de la ciudad.
La Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS) complementó que 396 vehículos asegurados fueron hurtados tan solo en Jalisco, muy por encima del promedio diario de doce robos de automotores por día.
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Desde tiempos pandémicos no sentía a la urbe despojada del bullicio de sus trajines. Las cortinas de los comercios permanecían bajas y las sucursales bancarias sin las acostumbradas filas. No había pregones de vendedores, ni el aroma del pan recién horneado. Los parques mudos, sus árboles me parecieron más encorvados que de costumbre. Y en la ventana de una vivienda, alcanzaba a verse un rostro que observaba furtivamente entre las cortinas entreabiertas.
Aún con todo, el regreso a casa jamás me pareció tan luminoso. La ciudad sobrevivió. Y ante la ausencia de protocolos para enfrentar una emergencia de tal magnitud por parte del estado, lo hizo gracias a la solidaridad de la gente y al trabajo de quienes, arriesgando el pellejo, ofrecieron ayuda en medio del caos. Agentes, médicos, reporteros y comerciantes.
En todo eso pensaba con la mirada perdida en un cielo más gris de lo habitual. Mientras el aroma a neumáticos derretidos seguía flotando en la inhóspita jungla de concreto y en la radio sonaba “Everlong”, de los Foo Fighters. Aunque habría preferido a los Stone Roses.


