El ruido del semáforo y los murmullos de quienes cruzan la transitada Calzada Independencia son guía y preámbulo sonoro que te acerca, poco a poco, a la tradicional Plaza de los Mariachis.
Este lugar alberga monumentos dedicados a los reyes de la música folclórica jalisciense, así como el reflejo de los botones dorados y plateados de los trajes de quienes, con su música, logran provocar la más pura felicidad o la más profunda nostalgia.
Esta tarde de lunes, pequeñas gotas de lluvia impactan el suelo y, con la poca luz que las nubes permiten filtrar, nos encontramos a don Polo Macedo, parado en la esquina de la calle Álvaro Obregón y Lic. Primo de Verdad y Ramos. Es guitarrista y tiene 25 años en el Mariachi Cobra. Con una sonrisa y un poco de nerviosismo, don Polo cuenta habla de los lejanos días dorados de la Plaza de los Mariachis.
“Antes, toda la plaza tenía mesas y sombrillas, uno podía llegar y sentarse donde fuese; a tomar una cervecita, un refresquito y claro, a escuchar mariachi. Era otro ambiente. En los portales todo estaba lleno de restaurantes, el más importante de todos era el Panamericano. Pero eso ya fue hace mucho tiempo, ahora todas son tiendas de plásticos, debería de llamarse la ‘Plaza del plástico’”, bromea don Polo.

Fundada en 1962, bajo la gestión del entonces Presidente Adolfo López Mateos, la plaza tiene una estructura urbana en diagonal que intentó integrar las dos retículas del margen oriente del río San Juan de Dios, mientras que la imagen del lienzo norte la conforma una arquería de herencia colonial, y la del sur reminiscencias de casonas porfirianas totalmente transformada; así la describió el Director del Instituto de Centros Históricos, del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño (CUAAD), José Alfredo Alcantar Gutiérrez.
“El espacio conformado por la plaza es un icono histórico de la ciudad de Guadalajara, punto referencial de las dos trazas urbanas que tuvieron convergencia al oriente del río San Juan de Dios, que dio nombre al barrio, al mercado y a la plazoleta sur contigua, ahora denominada Plaza de los Mariachis. El costado norte lo define un portal de producción colonial que muy posiblemente formó parte del conjunto hospitalario de San Juan de Dios y el lienzo norte de la manzana adyacente, la cual es de características eclécticas propias del periodo del porfiriato”, añadió el académico.
Alcantar Gutiérrez mencionó que fue mucho antes de su fundación formal, aproximadamente a principios del siglo XX, cuando se comenzaron a reunir en el lugar mariacheros con la intención de ser contratados para eventos, y durante la década de los 40 se le empezó a denominar Plazuela de los Mariachis.

“La contratación de los grupos de mariachi permaneció en la zona durante décadas y aumentó tras su inauguración formal, impactando positivamente de 1980 a 1995, cuando los mariachis eran solicitados principalmente para llevar serenatas y amenizar con sus canciones bodas, fiestas de cumpleaños y, en algunos casos, funerales”, relató Héctor Villicaña, coordinador de la maestría en Música tradicional mexicana en patrimonios regionales, orientación en Mariachi, del CUAAD.
Aquellos días de gloria y novedad ya han desaparecido. El tiempo ha cobrado factura y el deterioro es innegable: paredes en mal estado, basura en cada rincón, una extraña sensación de inseguridad y olores nauseabundos son recurrentes en esta zona de la ciudad, lo que afecta profundamente la visita de locales y turistas.
“Se han hecho intervenciones superficiales al colocar barandales para los comensales que acudían al sitio, luego hubo una propuesta de COPLAUR, a fines de los 80. Sin embargo, la imagen actual nace a finales de los 90, cuando el ayuntamiento de Guadalajara cambió el acabado de pisos y terraceados, dejando las construcciones adyacentes sin un plan de restauración y de recuperación de la imagen patrimonial auténtica. Ninguna de estas modificaciones ha ayudado a mejorar la recepción turística; eso sumado a la inseguridad, la presencia de indigentes y la cercanía con la zona de tolerancia, la cual capta la mayor parte del trabajo sexual”, declaró Alcantar Gutiérrez.
Para Villicaña, la mejora de esta plaza impactaría de manera positiva en el bolsillo de los mariachis, ya que la tradición de contratarlos y escuchar música en vivo es vigente, pero el poco flujo de visitantes en la zona sí es un factor negativo para continuar con esta práctica.
“Los instrumentos y la gran variedad de géneros musicales que interpretan a su particular estilo hacen único a este maravilloso género musical. El mariachi es muy vigente y sigue siendo muy solicitado; los músicos están sindicalizados, lo que permite que su estancia sea permanente en esos lugares, puesto que su actividad laboral está protegida y las chambas las adquieren mediante los carros que pasan por ahí. Los espacios siguen vigentes, no ha habido cambios en el flujo de contratos, pero considero que es necesario buscar estrategias e inversiones para hacer más atractiva la zona”, subrayó.
Afuera de El Pacífico, el único restaurante que queda de los emblemáticos portales, sentados en los equipales se encuentran algunos integrantes del mariachi Los Ángeles, representados por su jefe, Rafael Ruvalcaba, quien tiene más de 30 años trabajando en la Plaza de los Mariachis, y quien aseguró que con las condiciones actuales del lugar es muy probable que este año sea el último en el que los mariachis lo usen como zona de trabajo.

“Mire cómo está, las condiciones en las que se encuentra. No hay restaurantes, no pasa la gente. Hace algunos años recibimos la visita del antiguo gobernador, quien se comprometió a levantar la plaza, a hacerla más atractiva turísticamente, pero nada se cumplió y ahora con el mundial de futbol, han decidido invertir en otras zonas, pero acá ni nos voltean a ver. No pasa ni la policía por aquí, nos tienen en el abandono; esto no pasa en Tlaquepaque o en Zapopan, ahí cuidan a sus mariachis”, denunció Ruvalcaba.
Además, afirmó que este oficio, que era heredado, está siendo relegado: “Nosotros ya no le enseñamos esto a nuestros hijos porque sabemos que está cayendo, sabemos que esta plaza dura, cuando mucho, este año y luego vamos a tener que irnos a otra parte, vamos a tener que abandonar este lugar en el que siempre hemos trabajado”, añadió.
Sus compañeros afirman que en aquellos años de gloria la gente bailaba y cantaba en esta plazoleta, en un ambiente familiar y colorido que decoraba sonoramente el paisaje tapatío: “¿Se imagina? Así era hace 40 años”, me dicen y la verdad es que me cuesta imaginarlo; ¿qué se podría hacer para revivir el sitio? ¿Por qué dejó de interesar al ayuntamiento?, me pregunto a mí misma, sin tener una respuesta, pero sí muchas hipótesis.

Entre la lista de cambios que pueden mejorar el espacio público, Alcantar Gutiérrez sugirió: “Se necesitaría generar un plan de ordenamiento, vigilancia, alumbrado adecuado, atractivos gastronómicos y actividades culturales que incentiven a la comunidad local y a turistas a acudir al sitio y recuperar su valor histórico. Además de promoción por diversos medios, señalética, trípticos y demás medios digitales”, dijo.
Un hermoso atardecer impacta directamente en el suelo de la plaza. Las nubes y la lluvia se han ido y pese a la tristeza que marcó los rostros de los integrantes del grupo Los Ángeles mientras nos contaban todo lo negativo de la plaza, ahora nos despiden con una sonrisa y mucho aliento, y sólo puedo pensar en todas aquellas canciones que tocarán esta noche y la siguiente, y cómo la plaza los seguirá resguardando hasta que un día deje de ser así.









