Ir a Talpa es una alegría. En el campo religioso es el pueblo más visitado por el Sur de Jalisco, Colima y Nayarit. Apenas si se presiente la primavera, los pies reclaman el camino a Talpa. Hasta los años sesenta del siglo pasado, ir era como viajar a Chiapas: lejos, remoto, lleno de aventuras.
A los peregrinos se les despedía entre lágrimas como si ya no fueran a volver. «Me saludas a la Virgen». Las abuelas aconsejaban: “Por nada del mundo te regreses de medio camino. Te puedes volver piedra”. Otras comentaban: “Saliendo de tu casa, llegas porque llegas. A gatas, pero llegas”. Al volver, hablaban de barrancos, de animales de uña, de accidentados, de personas perdidas…
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En el año 2004, un grupo de la preparatoria viajó en autobús a Talpa. Días antes habían leído y comentado el cuento “Talpa”, de Juan Rulfo. La salida fue un sábado a las siete de la mañana. Un grupo de madres, entre lágrimas y miedo, despidieron a sus hijos.
—Señoras, por favor… —comentó el profesor—. A las ocho de la noche estaremos en la plaza, de regreso…
—No le contestes Cuca. (El profe tiene fama de masón).

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Salimos de madrugada, apenas el alba se veía en el filo de los cerros. Recordé otra historia: “Al subir al camión, las compañeras me dijeron: Nacha, tú que tienes bonita voz, cántale a la Virgen de Talpa. Y yo empecé: «Eres pastora divina/ eres Virgen soberana/ vengo siguiendo tus pasos/ lucero de la mañana…»”.
En automóvil pasamos Acatlán de Juárez, el Crucero de Cofradía de la Luz, La Sauceda y de ahí Ameca, el inicio de la ruta de los peregrinos. Como siempre, el paisaje empieza a cambiar y los nombres de los pueblos se sienten extraños. Entre los cañaverales, por ahí perdido, vimos el hilito de agua en el que se ha convertido el río Ameca.
“Vamos por gasolina”, dijo el chofer. Unos aprovecharon para visitar el baño. Oh, sorpresa, la puerta giratoria del cubículo se abre con una moneda de cinco pesos y permite tres segundos para el ingreso. Después de dos intentos y quedarse sin monedas, el visitador grita desesperado. Hecho nudo, pide auxilio. La expendedora voltea, y sonríe. Busca entre sus pertenencias. Con paso parsimonioso se dirige a la oficina. “¡¿A dónde va?!”, “A buscar las llaves…”.

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“La carretera está como mi cara”; en unas zonas, baches por doquier. Caímos en uno y casi, casi, le pegamos con los dientes. Para amainar los brincos, platicamos algunas de las antiguas historias del camino a Talpa: “Cuentan que dos comadres, por el camino que viene de Zacoalco —entre La Estanzuela y La Mesa Colorada—, se arrepintieron de ir a visitar a la Virgen de Talpa. Cansadas, decidieron regresar. A los dos pasos se convirtieron en piedra”.
Yo agrego otra: a inicios de los años setenta del siglo pasado, mi padre fue a tocar con su orquesta a Talpa.
—Ese es el cerro de La Campana, le dijeron.
—Será el cerro de La Chichi, contestó alegre.
Entre plática y plática vimos al pasar Mixtlán, Atenguillo, Malpaso, Guayabitos…
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Don José Romero fue oriundo de Mascota, pero avecindado en Talpa. Uno de sus hijos quiso ser sacerdote. Don José lo llevó al seminario de Guadalajara, pero veía difícil que llegara a ordenarse. En una fiesta sostuvo que si su hijo se hacía sacerdote lo traería en un carruaje hasta Talpa para su cantamisa ante la Virgen del Rosario. El hijo, tiempo después, recibió el orden sacerdotal. Don José compró el carruaje y con la ayuda de unos hombres, amplió algunos tramos del camino que eran de terracería. En la bajada del último cerro, colocó una cruz de madera. Casi un siglo después pasó don Hilarión Romero Gil (1821-1899), nieto de don José y miró la cruz muy destruida. Con el beneplácito del capellán Juan Castillo, colocó otra cruz de cantera. La fecha de conclusión fue el 29 de abril de 1888. En el año de 1973, el presbítero Antonio Corona inició los trabajos de construcción de la actual capilla de La Cruz de Romero. Fue terminada en 1988.
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A la entrada del Santuario miré a un mariachi sin chamba. “Jefe, Las Mañanitas para la Virgen”. Sentí que no habían desayunado. “Gracias —les dije—, nomás de mi pan no me den”. Y yo, con mi sueldito de profesor…
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“Gracias, Virgencita, por ayudarme en mi salud. Gracias por no dejarme solo en aquellas largas noches de dolor. En los ciclos de quimios sentí tu presencia, al igual que en el periodo de radios. Llegué a la orilla sin peso, sin pelo y sin un riñón. Lo más importante: llegué agarrado de tu manto. Si tengo vida, por aquí nos vemos el próximo año por estas fechas”.
—¿Sin peso? Pero mira qué repuesto estás.

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Como escribió Tomás Moro: “Concédeme, Señor, una buena digestión y también algo que digerir”. Salimos a la plaza buscando un restaurante, una carne asada, un mole, un menudo, lo que fuese.
Estábamos en el portal, satisfechos, cuando nos llegó un suave perfume a guayabate. Acudimos guiados por la fragancia para descubrir tres recipientes rebosantes de ese dulce recién hecho. Compramos para los amigos y familiares.

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Es hermoso el museo de Talpa. Está dedicado a la Virgen. Entre los oros de las casullas, capas pluviales, custodias y demás ornamentos, lucen en su sencillez los exvotos. La piedad del pueblo pobre rogando el milagro. Y la Virgen ahí, serena, oyendo la plegaria.
Un comentario: hace diez años visité por primera vez el museo. Y desde entonces es la misma colección. Y no hay descuento para estudiantes, maestros y personas que ya no dicen su edad.
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Iniciamos el regreso. Misión cumplida. El sol, siempre amable, nos ofreció con su luz otro paisaje, brillante, sereno. “De regreso no hay caballo malo”, dije. Nadie contestó. El sueño estaba con ellos.










