Perdonar y olvidar… son química

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Este 21 de mayo publicó ScienceNOW, versión en línea con los adelantos de Science, un notable artículo de Steve Mitchell que comienza con una afirmación evidente: la confianza forma los cimientos de las relaciones sanas. Ahora los científicos están abordando la manera como el sentimiento se dispara por mensajeros químicos del cerebro. Un nuevo estudio muestra que la hormona oxitocina puede acicatearnos para confiar en otros aun después de que nos han traicionado, y esta acción ocurre por supresión de las respuestas en una región cerebral que indica temor.
Los descubrimientos podrían conducir a un mejor entendimiento de las fobias y desórdenes de la conducta relacionados.
Y ya que Mitchell menciona las fobias y acaba de pasar el día contra la homofobia, recordemos que agorafobia es temor a espacios abiertos; acrofobia, temor a la altura; aracnofobia, temor a las arañas.
“Fobia”, pues, significa miedo, temor. A su vez, “homos” nos da homogéneo, homónimo y otros términos que implican “igual”, entre ellos homosexual: sexo con iguales. La expresión “homofobia” nos llegó, no del griego, sino del inglés homophobia, mal construida por quienes reprobaron griego en high school. Odio o rechazo se dice misó, como en misántropo: que odia a los humanos y misógino: que odia a las mujeres. Hétero significa distinto, como en heterosexual: relación con el sexo distinto. El odio al distinto debe llevar misó y hétero.
Muchas investigaciones han mostrado que la oxitocina incrementa nuestros sentimientos de confianza y juega un papel importante en los lazos con otros. Animales típicamente monógamos y fieles, como los perritos de la pradera, olvidan a su pareja cuando se les inhibe la oxitocina. Para tener mejor idea de cómo esta hormona causa esas respuestas sociales, un equipo encabezado por Thomas Baumgartner, de la Universidad de Zúrich en Suiza, monitoreó la actividad cerebral de 49 hombres mientras participaban en un juego que implicaba confianza o traición. Un modelo matemático de estas relaciones se conoce en teoría de juegos como “dilema del prisionero”: analiza los resultados, pero no teníamos, hasta el presente descubrimiento, una explicación. Sabíamos qué ocurre, pero no por qué. Ni tampoco la fuente de notorias diferencias individuales.
En el estudio publicado por el equipo de Zúrich, el juego consiste en poner a prueba la resistencia a la traición. Los voluntarios recibían dinero que podían compartir con otra persona que, a su vez, podía incrementar el fondo común y compartir los beneficios o traicionar y quedarse con todo el dinero. Cuando antes del juego los voluntarios recibieron un disparo nasal de oxitocina en espray, su confianza no se vio disminuida aun cuando el segundo jugador se guardara el dinero la mitad de las ocasiones. Perdonaron y olvidaron la traición del compañero, y volvieron a exponerse. En contraste, hombres que recibieron un espray de placebo redujeron sus aportaciones. Resulta así claro que la diferencia entre seguir confiando o responder a la traición dependió de recibir o no oxitocina.
En imágenes del cerebro obtenidas con resonancia magnética funcional, se observó que los cerebros de los hombres que recibieron oxitocina mostraron una caída en la actividad de la región llamada amígdala, y de la que se conoce su papel clave en disparar el temor. El striatum dorsal, región que participa en aprender de los errores, también mostró actividad disminuida. Sin embargo, la oxitocina no redujo la actividad en estas regiones cerebrales cuando los hombres enfrentaron un juego similar con una computadora. Este hecho confirmó que la interacción con otra persona, y no únicamente la hormona, es necesaria para instigar los cambios. El reporte del equipo apareció en el número del pasado jueves 22 de mayo en la revista especializada Neuron.
Estos hallazgos sugieren que la oxitocina nos ayuda a mantener relaciones al disminuir nuestro miedo a la traición y a otras consecuencias potencialmente negativas durante la interacción con otros, dice Mauricio Delgado, neurocientífico de la cognición en la Universidad Rutgers. “Los humanos tienen natural aversión a los riesgos sociales, así que un poquitín de oxitocina puede facilitar las relaciones con otros”, dice. Puede uno preguntarse qué ocurriría si vaciáramos unas cuantas gotas de oxitocina en el aire acondicionado de la Cámara de Diputados mexicana antes de cada sesión.
Los descubrimientos apuntalan la posibilidad de que la fobia social sea causada por un defecto en cómo la oxitocina regula normalmente la actividad cerebral, dice Baumgartner. Otro neurocientífico, Andreas Meyer-Lindenberg, del Instituto Central de Salud Mental en Mannheim, Alemania, sugiera que las señales de oxitocina podrían también estar alteradas en otros desórdenes en los que el problema principal es la falta de confianza o de lazos sociales, como en el autismo y la esquizofrenia.

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