lunes, noviembre 2, 2026
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Miguel Ángel, el peligro de ser niño en El Salto

El 26 de enero de 2008 Miguel Ángel López Rocha salió a jugar con cuatro amigos. Mientras brincaba a la orilla del canal del Ahogado y el Río Santiago, cerca de su casa en el Fraccionamiento La Azucena, resbaló y cayó en un charco de las aguas de la corriente. Llegó a su casa y su mamá lo vio cubierto de lodo, humedad, y percibió el mal olor que despedía. Sufrió un severo envenenamiento. En menos de 24 horas quedó en coma. Murió 19 días después. Hoy, centenares de niños en varias comunidades de la cuenca del Río Santiago, siguen enfermando por la contaminación que envenena las aguas.

Miguel Ángel López Rocha cumpliría 26. Sería un joven plantado frente a su familia y amigos con la sonrisa como si acabara de hacer una travesura. Esta es la imagen que, cada año, sus padres abrazan para exigir justicia por su muerte ocurrida en 2008.

Desde hace 18 años, su madre Carmen en cada aniversario de la tragedia recuerda las promesas de políticos: “sanearemos los ríos”, pero todo sigue igual: “¿Cuántos niños, cuántos inocentes más tienen que morir para llegar al corazón de los gobiernos?», se cuestiona.

Pocos años después, cerca del lugar donde cayó Miguel Ángel, el gobierno municipal encontró una solución improvisada: enmallar el margen del canal. Y colocó un pequeño anuncio, una advertencia que se perdía entre las yerbas del temporal “Área restringida. Por su seguridad, no meterse al agua”.

Si Miguel Ángel viviera en El Salto en este 2026, se quejaría, como cientos de miles de habitantes, de los olores a huevo podrido, picantes, a pescado descompuesto, de repollo podrido y excremento. 

También se enteraría que esos olores salen del río Santiago y que son una mezcla de residuos concentrados por meses o vertidos por la madrugada por las 400 empresas —internacionales, nacionales y las orgullosamente tapatías— que apuntan al cauce sus cloacas donde deponen aguas ricas en arsénico, plomo, mercurio y cadmio, bajo la mirada de hormiga de los gobiernos municipal, estatal y federal. Sabría que esas sustancias fueron las que lo envenenaron y lo llevaron a la muerte.

Pero Miguel Ángel ya no puede ver nada. Tomamos prestada su mirada. Como reclaman su madre, padre, activistas y ciudadanos sobre ese pequeño cuyo único “riesgo” que tomó, fue jugar cerca de una canal lleno de veneno: “No murió ahogado: murió envenenado”. 

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