
Sólo la apertura del ojo interior permite al artista acceder a las regiones invisibles
Victoria Cirlot
A manera de explicación, Victoria Cirlot advierte sobre el título de su libro Marginalia (2025), lo siguiente: “Marginalia es un término que procede del mundo del manuscrito. Se refiere a los márgenes del folio en los que el artista podía actuar con plena libertad sin estar sometido a normas iconográficas concretas”.
La libertad del artista es la que ha imbuido el trabajo de escritura de la autora, quien, según nos dice la solapa del libro, es Profesora emérita de la Facultad de Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra, quien se ha dedicado al estudio de la Edad Media: cultura caballeresca y mística.
Hago referencia a esto último, porque los textos que integran Marginalia, no todos están directamente vinculados con el mundo medieval. Son ensayos cuya extensión varía según el tema y las intenciones de la autora; pero todos escritos con la pasión de una académica tocada por la sensibilidad intensa.
Son varios textos los que me entusiasmaron; “Maniobras de Perejaume” sería uno de ellos, particularmente cuando Victoria Cirlot, apoyándose en la obra de Georges Didi-Hubermann, Devant l´image, nos cuenta cómo se daba la lectura en la cultura medieval:
«Para los hombres de aquel tiempo la escritura no era un objeto legible en el sentido en que generalmente lo entendemos. Había que excavar en el texto -su creencia lo exigía-, abrirlo, practicar en él una arborescencia infinita de relaciones, asociaciones, de despliegues fantásticos donde todo, todo lo que no estaba en la “letra” misma del texto (su sentido manifiesto), podía florecer. A eso no se le llama “lectura” -palabra que etimológicamente sugiere el estrechamiento de un vínculo-, sino exégesis, palabra que supone la abertura a todos los vientos del sentido».
Es quizá por esta manera de diferenciar la lectura de la exégesis, que para Gadamer el acto de leer era un acto que entrañaba el valor del misterio. Hoy, que se promueve la lectura en términos de velocidad, o que se promueve el uso de la IA para obtener el resumen de un cierto texto, muy probablemente lo que se está sacrificando es la experiencia de poder percibir “la abertura a todos los vientos del sentido” que presupone la exégesis. Más grave aún, según un testimonio que leí de una profesora argentina, cuyos alumnos “leen muy bien”, pero nada acaban comprendiendo sobre ese texto que han leído.
Mucho habrá que ir observando sobre el deterioro cognitivo que derivará, por consecuencia, de la poca o nula atención que exige la lectura, y que cada vez está siendo más y más olvidada -o abandonada- por gran parte de segmentos sociales, debido a múltiples razones.
Hay otro ensayo en el libro de Cirlot, titulado “Los libros de luz, entonces y ahora”, en cuyo inicio leemos:
«Los libros de luz, sí, como el pliego del libro que encuentra don Quijote en un cajón de la imprenta en el barrio judío de Barcelona en su paseo veraniego […] se llama ‘Luz del alma’ y el hallazgo le induce a una reflexión acerca de la absoluta necesidad de publicar libros de ese género ante la alarmante existencia de una gran cantidad de ‘desalumbrados’”.

Libros de luz vendrían a ser todos esos textos por cuya lectura la transformación acontece en quien los lee. Dicha transformación sólo es posible cuando, al leer ese libro, existe esa escritura que ilumina el “sentido de ti mismo, de la vida, del mundo”. A la par de que existen esos libros iluminadores, están los llamados libros “espejos”, que fueron parte de la mística medieval. En estos libros, el lector tenía que confrontarse con lo que leía, “de modo que pudiera reconocerse y de ese modo valorar, por ejemplo, el lugar en el que se encontraba dentro de la vida del espíritu”.
Tanto en los libros de luz como en los libros “espejo”, la experiencia de lectura podía ocurrir en dos vías posibles: ya como lectura de placer (lectura estética), ya como lectura de reconocimiento (lectura ascética). Hoy en día, tal como apunta Victoria Cirlot, la experiencia de una y otra clase de lectura no está tanto en la cultura libresca que nos define, sino en la manera en que cada uno de nosotros vive la lectura de cada libro. Sin duda, habrá libros que nos permiten apreciarlos mejor, tanto cuando hacemos una lectura estética como cuando hacemos una lectura ascética, y lo mismo ocurre en sentido inverso. Desafortunadamente, no siempre se atiende ni se entiende el valor que conlleva realizar una y otra clase de lectura.
Con todo lo hasta aquí expuesto, parecería que, en Marginalia, el eje por el que se articulan los diferentes ensayos consiste en atraer nuestra atención sobre los problemas que entraña la práctica de lectura; pero esto no es así.
El libro de Victoria Cirlot, de hecho, inicia con un claro reconocimiento a la figura y a la admiración que ella tuvo hacia su padre: Juan Eduardo Cirlot. Por ella sabemos que fue un hombre de una sensibilidad y de una intuición extraordinarias. Es por su padre que la casa, y particularmente el despacho en el que trabajaba Juan Eduardo Cirlot, están habitados con arte pictórico y arte musical: “Se podía ver desde la entrada [del despacho] el Zoom de Tápies con sus azules y amarillos arañados o los blancos con las grietas informales […] En toda la casa puede oírse la música que suena en su tocadiscos, y yo recuerdo siempre los gritos de Lulu, la de Alban Berg, o los Gurre de Schöenberg […] Lo que raras veces deja de oírse cuando él está en casa es su máquina de escribir Olivetti, que va a toda velocidad, y todo el conjunto, la música y la máquina de escribir, se parece a una pieza de John Cage (Song Books I-III)”.
Marginalia lo leí tanto como un libro de luz como un libro “espejo”. En él experimenté el sentido de mí mismo, de la vida y del mundo en que a veces creo vivir; al mismo tiempo, sentí el gozo, el placer de conocer sobre la existencia de artistas como Leopoldo Pomés, Bill Viola, Fito Conesa, entre otros; o también, el de tener gran necesidad de leer los libros de Roberto Calasso, de María Negroni y de otros autores y autoras; mucho interés me provocó saber de la novela de Pablo Acosta: Esto no es un libro, un texto logrado con la paciencia y la lentitud de diez años de vida.
Esto no es un libro es una novela en la que el narrador -según reseña Victoria Cirlot- nos conduce por toda esa casa en que vivió Pablo Acosta, cuyos espacios los habrá de proyectar con referencia a cada lugar de la casa: “con la angustia, el miedo, el sentimiento de pérdida, el ahogo y la asfixia”.
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