lunes, agosto 10, 2026
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Margarito Trujillo Rojas: 32 años de enseñanza con empatía

Llegó a la docencia de manera fortuita, pero hoy no entiende su vida sin enseñar cada día

El primer día que el maestro Margarito Trujillo Rojas entró a un salón de clases, le sudaron las manos. No era tímido, ni inseguro –es ingeniero mecánico eléctrico de profesión—, pero pararse frente a un grupo lo puso de nervios como nunca antes. Aquella vez un detalle lo marcó: sus alumnos eran mayores que él. “No sabes si vas a encontrarte con personas que saben más que tú”, recuerda. Pero pronto entendió que su papel no era competir, sino enseñar y dejar algo en ellos.

Hay recuerdos que no se borran, aunque pasen décadas. Y hay decisiones que tampoco se planean: “Yo llegué a la docencia fortuitamente, porque no tenía el perfil para ser docente”, cuenta. Todo comenzó con la invitación de un amigo que necesitaba quien lo cubriera en una clase de matemáticas. Margarito le dijo que sí, con la idea de ayudar un semestre, y ya. Eso fue hace 32 años.

“Me gustó, y pues aquí me quedé”, resume, como si fuera la cosa más simple del mundo. Y en cierta forma lo es; a veces la vocación no se elige, llega de imprevisto y te encuentra.

Con todo, su llegada a la docencia no fue una decisión repentina, sino un proceso. “Fue llegando poco a poco”, explica. Con el tiempo, lo que parecía improvisado se transformó en vocación. Se preparó, aprendió y, sobre todo, se quedó. Más adelante llegaría también a la Universidad de Guadalajara, nuevamente por invitación. “No me pensaba quedar… y ahora es mi pasión”, afirma.

Durante 30 años, el maestro Trujillo Rojas impartió clases en la Escuela Preparatoria Vocacional del Sistema de Educación Media Superior de la UdeG. Tres décadas con adolescentes, que es decir mucho: energía desbordada, distracciones, matemáticas reprobadas y pequeñas victorias cotidianas. 

Al inicio era estricto, como suelen serlo los maestros de matemáticas; pero pronto entendió que el problema no era la dificultad de la materia, sino las formas de aprenderla. Dejó de preocuparse por quien copiaba y empezó a enfocarse en quien no avanzaba. Los trabajaba de forma individual, se aprendía sus nombres –y sus apellidos–, porque sabía que ese gesto tan pequeño de ser visto construye confianza. “Detecto a los niños que no avanzan… y los hago trabajar”, dice, no desde el castigo, sino desde la insistencia.

Esa insistencia tuvo su recompensa. Después de más de tres décadas, hay algo que no ha cambiado: la emoción de entrar al salón. “Los niños te llenan de energía”, dice, y se le nota en la forma en que lo cuenta. Los jóvenes lo mantienen actualizado, presente, vivo

“Yo llegaba a la prepa y todo mundo me saludaba”, recuerda entre risas. “Parecía la reina de la primavera”. Para él, convivir con jóvenes fue siempre una forma de mantenerse activo y, sobre todo, de recordar por qué vale la pena. “El mayor pago que me hacían, era hacerme sentir joven”.

Pero la labor de Trujillo Rojas siempre fue mucho más allá de los números y las fórmulas. Con los años se volvió experto en leer a sus alumnos. No como psicólogo –él siempre aclara que no lo es–, sino como alguien que pone atención de verdad. 

Detectaba cuando un joven traía un problema encima: el que se ponía inquieto de más, el que empezaba a fallar sin razón aparente… Muchas veces, eran problemas familiares. Cuando los identificaba, los canalizaba con los especialistas de la escuela y pedía que lo mantuvieran al tanto. En algunos casos los acompañó a instituciones externas. “No soy psicólogo, pero es parte fundamental detectar a un niño y canalizarlo a donde debe ser”.

Uno de esos casos lo marcó profundamente. Una alumna vivía una situación de riesgo que la tenía vulnerable y sin red de apoyo. Trujillo Rojas escuchó, se preocupó, y decidió actuar más allá de lo que su rol indicaba. Habló con quien tenía que hablar, dejó claro que la situación no podía seguir así, y esperó. “Llegaba a mi casa pensando en cómo poder ayudarla”, recuerda. Su esposa notaba que algo lo tenía preocupado. Cuando por fin le contó, ella le dijo: “Es que tú te cargas mucho con ellos”. Y él respondió lo único que podía: “¿Y quién más les ayuda?”.

Días después, la situación se resolvió. “Sentí un alivio profundo”, narra. Hoy, esa estudiante salió adelante. Todavía lo busca. Porque para el maestro Margarito, el verdadero impacto de la docencia no se mide en calificaciones, sino en vínculos. Aún hoy, diversos exalumnos lo buscan para saludarlo o pedirle apoyo. Él cree que lo recuerdan por su carácter, pero también por algo más: el tiempo que les dedicó.

“Eso es gratificante… no por agradecimiento, sino porque salieron adelante”, dice.

Hoy, en el nivel superior del Centro Universitario de Tlaquepaque (CUTlaque), reconoce que el ambiente es distinto, más serio. Los estudiantes ya no son adolescentes descubriendo quiénes son; son jóvenes que se preparan para entrar al campo laboral, para tomar decisiones como profesionistas. ”Ya tienen que pensar diferente”, dice. Sin embargo, su esencia permanece: generar confianza, aprender los nombres de sus estudiantes y construir cercanía desde el respeto.

Al mirar hacia atrás, su consejo para quienes comienzan en la docencia es claro: ejercer con responsabilidad y ética. Advierte sobre los riesgos de no entender el rol frente a adolescentes y enfatiza la importancia de respetar el trabajo. “Si no te gusta, déjalo. Pero si lo haces, hazlo con pasión”.

Esa pasión es, quizá, lo que ha sostenido su trayectoria durante 32 años. Y también lo que define su futuro: “Voy a dar clases hasta que ya no pueda… el día que no aporte a un grupo, ese día me voy”. Porque para él, enseñar nunca fue el plan. Pero terminó siendo el lugar donde decidió quedarse.

Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.

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