
Hace unos días murió el portugués António Lobo Antunes, un autor que como otros tantos se fue sin el Nobel (al igual que Philip Roth, Julio Cortázar o Franz Kakfa). De profesión psiquiatra, volvió de la guerra de Angola, a donde fue destacado como médico militar, para dedicarse en adelante a la escritura. Lobo Antunes quizá fuera el último estilista experimental de la novela contemporánea. Sus novelas constituyen una especie de rompecabezas al que el lector debe ir acomodando las piezas en su lugar, como se hace con esos juegos sobre las mesas en una tarde cualquiera. En la mesa de la cabeza del lector debe ir tomando forma una historia que tiene tantos recovecos, pasillos, trampas y laberintos como puede haberlos en un entramado narrativo. No en balde, confesó el mismo Lobo Antunes en una crónica, andaba «sufriendo una novela quince horas al día todos los días, angustiado, irritable, con ganas de desistir, de tirarla a la basura, de hacer otra cosa…».
Lobo Antunes no es para todos. A menudo he escuchado esta frase de quienes se han animado a leerlo. No puedo con él, es inentendible, enredoso, me han dicho otros. Me cansa su manera de volver y volver, de convertir el texto en un largo rosario iterativo y monocorde, aunque no por eso no brillante, me han reclamado algunos a quienes les he recomendado alguna novela suya. No voy a ponerme a defender al autor portugués a capa y espada, solamente me ceñiré a decir que su propuesta narrativa es una apuesta del todo riesgosa, que privilegia el cómo decir lo que quiso contar. En aquello imaginado en sus novelas, a años luz de lo que nos rodea en lo cotidiano, logra a veces elevarnos de tal modo que pudiéramos, de quererlo, caminar sobre las aguas como dicen que hizo el profeta. Incluso, ya no volver al suelo. Eso, o más o menos eso, así explicado, es lo que hallo en las novelas de Lobo Antunes.
Hace más o menos quince años, un sábado en el tianguis cultural del Agua Azul compré mi primer par de libros de Lobo Antunes, de quien no sabía nada. Por ese tiempo –lo he contado ya en otros sitios y en diversos momentos– no conocía gran cosa de autores, ni de escuelas literarias, ni de literatura, me guiaba por la intuición y el azar. Por corazonadas. Y, a veces, por el bolsillo. De modo que ese par de novelas llegaron como llega una lluvia que no se espera y que en un par de minutos moja todo y luego se va, dejando tras de sí una fiesta irrepetible. Se trataba de Memoria de elefante y Conocimiento del infierno, su primera y su tercera novelas, ni más ni menos, de una larga lista que llegó a superar la cuarentena.
Me atreví a tomar una frase de Conocimiento del infierno como epígrafe de un cuento de mi primer libro. Era éste: «Descubrí que la soledad es una pistola de niño en una bolsa de plástico en la mano de una mujer atemorizada, de pie frente a mí, en la otra punta de la mesa…». Y ese cuento describe la historia de un personaje que acompaña a otro en la travesía de una noche en un hospital psiquiátrico. Esa fue la primera intervención de la literatura de Lobo Antunes en mi vida. En adelante ha tenido más, pero al paso del tiempo esa elección de la frase me ha dado el convencimiento de que, al escribir, no hacemos más que repetir lo que ya se ha repetido, como si fuéramos los prolongadores de una historia que no se resiste a no convertirse en un bucle eterno y único. Me gusta mucho la imagen de la literatura como un monstruo que se alimenta a sí mismo y, por ende, le es imposible perecer, extinguirse.
Rafael Chirbes en El novelista perplejo no diserta sobre si la novela como género murió o no –como lo han pregonado ya algunos a lo largo del tiempo de diversos modos y en variadas tribunas–, lo que el autor español apunta es que lo que está en crisis es narrar, la narrativa como un ejercicio en que está en juego, si atendemos al japonés Murakami, lo que somos. Y lo que es, o lo que fue en vida Lobo Antunes está ahí, en sus novelas “engorrosas” y “repetitivas” hasta el hartazgo, hasta el límite de la belleza y lo asombroso. Porque fue un hombre que se pasó los años con «la sospecha de no haber sido capaz, de haberme equivocado, de dispersar en cenizas el material incandescente que tenía entre manos». Nunca acabó una novela sin tener la incertidumbre final de no haber acertado al contarla. El que duda de lo que escribe, el que escribe sin un mínimo de certezas, ése era Lobo Antunes.
Son innumerables las referencias que regó en periódicos, revistas y libros sobre su ars narrativa; de modo que me limito a compartir las siguientes, recuperadas de su Segundo libro de crónicas:
«Se había jugado entero en el acto de escribir, sirviéndose de cada novela para corregir la anterior en busca del libro que no corregiría nunca…».
«El aprecio de los jóvenes escritores y de los aspirantes a escritores que le enviaban manuscritos y cartas lo confundía: ¿cómo entender que hubiese hombres y mujeres dispuestos a existir, cotidianamente, en la congoja y en la angustia?».
«¿Sabrían los aspirantes a escritores cuánto se paga por una sola página? […] ¿Cuándo se debe trabajar y cuándo se debe parar de trabajar? ¿Que el éxito no vale nada porque las cualidades son, casi siempre, defectos disfrazados?».
«¿Que la novela acabada nos deja demasiado exhaustos como para darnos alegría y que comienza a perturbarnos, de inmediato, el pavor de no alcanzar el próximo libro?».
«Pero, con un poco de suerte, tal vez dejase tras de sí no un rastro, no su sombra, no una memoria: solamente aquello que, de más profundo, en sí escondía: lo que lo hacía distinto a los demás».
Y como colofón, estos renglones también transcritos de su Segundo libro de crónicas, en que avizora ya que su camino en la escritura estaba llegando al último recodo:
«Hoy sería capaz de marcharme. Metería todo el dinero del cajón en el bolsillo, dejaría aquí la billetera, los documentos, las señales de quien soy. Si me preguntasen qué hago diría que no tengo profesión. […] Tal vez, además del dinero del cajón, me lleve a Felisberto Hernández, un autor y basta. O a Juan Benet».
No obstante, escribe un poco antes en esa misma crónica, que autores como el mismo Felisberto, William Gadis, Eliseo Diego y Juan Benet, son «escritores que me gustaba leer y ahora me resultan indiferentes».
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