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La última tumba de Fray Antonio Alcalde

A 231 años de la muerte del obispo, acaecida en la ciudad de Guadalajara donde su legado sigue vivo y presente, un grupo de investigadores lograron finalmente dar certidumbre sobre la ubicación de sus restos en el Santuario de Guadalupe

TEXTO: ADRIÁN MONTIEL GONZÁLEZ / FOTOS: ABRAHAM ARÉCHIGA

DISEÑO WEB: JORGE GÓMEZ BOGARÍN

La muerte

En 1771, fray Antonio Alcalde había llegado a una ciudad con una catedral sin torres puntiagudas que acumulaba en su planta basilical víctimas de viruela y tifo.

Durante su gestión como obispo, considerada la más prolongada y fructífera, la ciudad se transformó al aplicar con generosidad su abrigo a los más pobres, hambrientos y enfermos.

A 231 años de su muerte, devotos y visitantes que llegan al Santuario de Guadalupe evitan con un gesto o un «no, gracias» la insistencia de vendedores que gritan: «¿ocupan medicina?».

Luego cruzan la reja del atrio y la entrada principal para avanzar hasta un muro, del lado derecho del altar, donde se encuentra una lápida de mármol que tiene incrustada una imagen del «Fray de la Calavera», a la que piden favores y depositan ofrendas, con la certeza de que ahí descansa el obispo.

El presbítero José Manuel Gutiérrez Alvizo, maestro en Historia Cultural por la UdeG e integrante del Comité de Postulación de la Causa de Canonización de Alcalde, vestido de sotana negra y alzacuello inmaculado, recuerda que desde los primeros acercamientos a la tumba de Alcalde cuestionó la disposición del féretro detrás de un muro.

No pudieron sepultarlo en una oquedad o construirla dentro de un muro estructural. A mí eso nunca me terminó de convencer— declara el presbítero.

Pero, ¿por qué construir una tumba detrás de un grueso muro estructural?

Envuelto por el olor dulzón de los arreglos florales situados a los pies de la Virgen guadalupana, el padre José Manuel recuerda el descubrimiento de un par de legajos antiguos que confirmaron sus sospechas y abrió la duda sobre la ubicación real de los restos del obispo Alcalde.

Si detrás del muro —ornamentado al estilo neoclásico con molduras doradas, pinturas al fresco y el óleo del obispo—, no estaban los restos como se creyó, entonces ¿dónde pasó los últimos 231 años?

La tumba en viejos papeles

¿Cómo encontrar los restos de cualquier persona a más de dos siglos de su entierro? La búsqueda del padre Gutiérrez Alvizo partió de la fuente más confiable y conocida sobre los funerales del obispo: la Gazeta de México, del 21 de agosto de 1792.

En ese documento se confirmó que el cuerpo embalsamado del obispo, con las vestiduras pontificales, pertrechado de rezos y cumplidas las misas, fue trasladado en procesión al Santuario de Guadalupe que él mismo dispuso como última morada, contrariando la tradición de sepultarlo en la Catedral.

—La Gazeta nos revelaba que en este lugar fue sepultado, entre el altar y el muro del lado del evangelio, es decir, del muro del lado poniente, bajo una estatua bien trabajada de Su Ilustrísima, que lo representa arrodillado venerando a la Santísima Virgen. Gracias a eso tenemos una primera impresión de donde estaban sus restos— acota.

La descripción supuso que el féretro fue empotrado en el muro del recinto, donde hoy se encuentra la lápida de mármol con incisas con letras doradas. Pero la afirmación «bajo una estatua bien labrada» no tenía sentido para el investigador del siglo XXI pues no hay escultura, y si alguna vez estuvo en el Santuario, hoy se encuentra en un museo a 900 metros de distancia.

La lápida de mármol era la única evidencia que reforzaba un constante e ilógico detalle: detrás del muro estructural, contra toda ley física y arquitectónica, se encontraban los restos.

El templo que conoció fray Antonio Alcalde tenía un acceso principal y dos laterales, uno de los cuales se convirtió en la capilla del Sagrado Corazón y el otro, que daba al cementerio, aloja el altar dedicado a la Purísima Concepción.

En la documentación revisada por el presbítero José Manuel en el archivo del Santuario, un legajo en particular sobresalió entre las cartas, registros de bautizos, administrativos, entre otros. Se trata de una licencia concedida al párroco del Santuario, Miguel Medina Gómez, quien en 1897 propuso cambios en el Santuario para la construcción de la cúpula y la remodelación del altar mayor.

La fortuna le entregó el acta de exhumación del obispo (publicada en un opúsculo titulado Muerte y memoria del Siervo de Dios Fray Antonio Alcalde) con la cual el investigador eclesiástico entendió que el altar y el sepulcro se encontraban a nivel del suelo, al mismo nivel que tienen las bancas en la actualidad.

—Por lo que sabemos—, explica mientras dibuja en el aire la antigua configuración, —el presbiterio, donde se celebra la misa, estaba sobre una plataforma a ras del suelo: el párroco nos menciona que el sepulcro de Fray Antonio Alcalde tenía un zócalo y una placa encima de él, a unos centímetros del suelo, es decir, marcaban una elevación donde estaba la placa sepulcral de mármol que hoy podemos ver empotrada en el muro del lado poniente.

Fray Antonio se mueve

Para la construcción de la plataforma se programó el levantamiento del sepulcro y la exhumación del obispo. El acto se registró a las 10:30 de la noche del 24 de noviembre de 1897 con la presencia de cinco religiosos, uno de ellos Pedro Loza, y dos mozos.

Los sepultureros encontraron bajo la piedra de mármol una bóveda de ladrillo a cincuenta centímetros de profundidad. Luego se toparon con una piedra de cantera que cubría la gaveta y, por fin, el ataúd: una caja de madera forrada con tela de color morado.

Los mozos extrajeron la caja y removieron la tapa descuadrada —los cerrojos del féretro se habían saltado a causa de la putrefacción de la madera—, y los testigos observaron por primera vez al obispo Alcalde a 105 años de su muerte.

“El cadáver se halla enteramente reducido a polvo, si bien los huesos están perfectamente acomodados”, se detalla en el acta de exhumación.

El solideo, el gorro que el obispo llevaba en la coronilla, permanecía en el cráneo como un gesto de santidad o la vocación del obispo más allá de la muerte.

“Tiene en la mano derecha una azucena; conserva su anillo y cruz pectoral, todo sobremanera humilde; tiene casulla morada y el alba está completamente consumida. Conserva igualmente el calzado, ya muy deteriorado», detalla el acta

—No hay signos de incorruptibilidad—, agrega Gutiérrez Alvizo en alusión a los signos de pureza del obispo que permaneció en una de las piezas del santuario durante 28 días, un ciclo lunar completo, mientras se construía la nueva plataforma.

El retorno

—Un mes después, encontramos otro documento que nos habla del acta de la reinhumación, es decir, una segunda inhumación del cuerpo del obispo. Eso nos dio la certeza del lugar dónde fue sepultado. Es un documento maravilloso que se ha sumado a los documentos de la vida y obra del Siervo de Dios fray Antonio Alcalde—, apunta con emoción el padre Gutiérrez Alvizo.

El documento relata el retorno del féretro a las profundidades del Santuario el 22 de diciembre de 1897.

El agujero se cavó en la nueva plataforma que reemplazó los cinco retablos de madera por la hornacina donde posa el lienzo de la Virgen de Guadalupe de José de Alcíbar.

El nuevo sepulcro fue construido en el mismo sitio “pero un metro cuarenta y dos centímetros más bajo de donde primero se encontraba, a la derecha del Altar Mayor», de acuerdo con el acta.

El antiguo ataúd quedó dentro de una caja blanca para dejarlo intacto, tal como fue exhumado. Los mozos deslizaron los restos, colocaron las losas de cantera y la lápida de mármol.

Después, la escultura de madera volvió a la posición que ocupó en el siglo XVIII, sobre el sepulcro.

Proteger y despistar

La escultura de madera policromada de Fray Antonio Alcalde, que data del siglo XVIII, es originaria del Santuario de Guadalupe y se encuentra en el inventario del Museo Regional de Guadalajara.

—La escultura del obispo Alcalde permaneció aquí hasta hace algunos años. No sabemos el por qué, pero llegó al Museo Regional de la ciudad y allí permanece—, aclara el padre José Manuel.

Con el conflicto armado entre Iglesia y Estado, a principios del siglo XX, el profesor Juan Farías y Álvarez del Castillo —conocido como Ixca Farías—, se interesó por conservar las obras y objetos artísticos de iglesias y conventos ante la llegada del Ejército Constitucionalista.

Ante la posible desaparición o destrucción del arte sacro en manos de militares que se instalaron en los edificios religiosos de Guadalajara, el 8 de julio de 1914 inventarió y sacó las obras de arte y objetos religiosos, mismas que se exhibieron el 10 de noviembre de 1918, en el Museo de Bellas Artes, hoy Museo Regional de Guadalajara.

De acuerdo con el padre Gutiérrez Alvizo, la placa de mármol se colocó sobre la pared para proteger despistar a eventuales saqueadores, lo que dejó en la ambigüedad el paradero del entierro.

La evidencia documental apuntaba a un sitio preciso, pero se requería confrontar los dichos con la confirmación física para borrar cualquier duda.

Cazadores de tesoros

El grupo de cazadores de tesoros “Expedición Extrema” se integró a la Causa de Postulación para la localización de los restos del obispo. Con radares y equipo de detección de metales barrieron el presbiterio para encontrar vestigios.

—Contamos con el apoyo de “Expedición Extrema”, no nos cobraron un sólo centavo porque quieren que se difunda su trabajo y porque reconocen en la figura de fray Antonio Alcalde a un gran benefactor—, dice Gutiérrez Alvizo.

El equipo de voluntarios confirmó, mediante tres lecturas de los radares, la presencia de una anomalía de alta conductividad metálica registrada a un metro de profundidad que se acerca a lo descrito en los manuscritos descubiertos por el religioso.

—El radar fue muy certero en indicar los puntos exactos de las bisagras de los ángulos de la caja, eso fue fundamental porque marcaron un rectángulo perfecto y, a partir de allí, dadas las dimensiones, nos habla de una caja que contiene los restos de una persona adulta—, explica.

Además, el estudio detectó, a la altura del pecho, insignias episcopales, de metales como plata u oro.

El hallazgo quedó enmarcado en el suelo, al pie del muro, con marcas de cinta negra que dibujan las bisagras de la caja en forma de rectángulo y una cruz, como la de un tesoro. La cabeza del obispo apunta hacia el norte y los pies al sur, cerca de la lápida del “venerabilis pontifex” como hace 126 años.

Hasta el momento el sepulcro se mantiene inalterado. Ante la idea de una nueva exhumación para la posible canonización del obispo, los religiosos adelantaron que se pedirá la autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), pues el Santuario es de propiedad federal.

El legado

La noticia del descubrimiento recorrió la ciudad, el país y también llegó a los ancestros del obispo en Cigales, España, la cuna del obispo Alcalde.

La nueva obligó al recuento del “legado alcaldeano”, de acuerdo con el cronista de la Arquidiócesis de Guadalajara y abogado por la esta Casa de Estudio, presbítero Tomás de Híjar Ornelas, quien desde el Santuario reflexiona sobre la obra.

—En el lapso de su vida que estaba en la recta final se dedicó a tope a aplicar la experiencia y conocimientos adquiridos, como dotar de vivienda a la gente, dar trabajo, pensó en la educación elemental de niñas y niños, luego en la educación superior con la Universidad de Guadalajara, y en la salud pública con el Hospital Civil. Se trata de la visión de un estadista.

Para el padre Tomás, fray Antonio Alcalde tuvo la ventaja de vivir en el siglo ilustrado del que tomó lo mejor, además de contar con extraordinarios administradores que crearon un fondo exclusivo para la caridad sin beneficio propio o de los suyos.

—Nos dejó un paquete que podríamos llamarlo de la calidad de vida, desde la congruencia de la educación y el humanismo que con él se convierten en humanitarismo.

Y aunque el cuerpo del obispo fray Antonio Alcalde se perdió entre papeles, estratos del templo o de la memoria popular, su obra sigue inalterada y es todavía viva y palpable a más 250 años de su estancia en Guadalajara.

Extra

Fragmento de entrevistas

El presbítero José Manuel Gutiérrez Alvizo, nos platica sobre el descubrimiento de la posición de la tumba de Fray Antonio

El cronista de la Arquidiócesis de Guadalajara Tomás de Híjar Ornelas, nos platica sobre Fray Antonio Alcalde

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