viernes, marzo 27, 2026
viernes 27, marzo, 2026

La ventana por donde entra la magia

CUChapala fortalece la formación integral de sus estudiantes con iniciativas que llevan literatura, arte y esperanza a niños y niñas de entornos vulnerables

Foto: María José López A.

Apenas cruzamos la puerta de la casa hogar Mama Cleo’s Boys Home AC, el aire cambió. Nos acogió un olor leve a tierra húmeda, a casa habitada, a infancia. No hubo tiempo para pensar demasiado: las miradas curiosas, las sonrisas abiertas y los abrazos espontáneos nos alcanzaron primero. Y entonces entendimos que ese lugar no se recorre con los pies… se recorre con el corazón.

El viernes 13 de marzo, estudiantes del Centro Universitario de Chapala (CUChapala) acompañamos al equipo del Instituto Transdisciplinar en Literacidad (Itrali) y del programa Letras para Volar, en una visita a este espacio ubicado en Santa Cruz de la Soledad, a 15 minutos de la cabecera municipal chapalense.

El objetivo era realizar un taller de lectura, entregar libros infantiles, cuadernos para colorear y cobijas a infantes allí hospedados para que encuentren cuidado, cariño y oportunidades para soñar.

Entre paredes sencillas y ecos de risas que se colaban por los pasillos, niñas y niños de entre 6 y 15 años nos recibieron como si nos hubieran estado esperando desde siempre. Algunos se acercaban despacio, otros, corrían sin miedo. Manos pequeñas jalaban suavemente nuestra ropa; ojos atentos y risas aparecían sin aviso. Y uno, inevitablemente, entra con el corazón en la mano.

Foto: María José López A.

De la mano del programa Letras para Volar comenzamos a leer. Y entonces pasó algo que, siendo honestos, no todos esperábamos. Además de escucharnos, nos siguieron atentos, nos entendieron, se quedaron.

La profesora del CUChapala, Coco Martínez, leía cada página como si también la estuviera viviendo. No sólo pronunciaba las palabras, las habitaba. Su voz llenaba el espacio, lo sostenía, lo transformaba. Y frente a ella, los niños la miraban con ese brillo en los ojos que no se puede fingir, con sonrisas que parecían sostener cada historia.

Yo no podía quedarme en un solo lugar. Me descubrí caminando alrededor, casi en silencio, deteniéndome por pequeños instantes: una niña abrazaba su libro como si fuera un tesoro, un niño repetía en voz baja una palabra nueva, otro más reía antes de que terminara la historia; uno más, de repente se me acercó y preguntó:

“¿Qué se siente ir a la universidad?”.

No supe responder de inmediato. Luego le hablé de mi carrera, de la magia detrás de la ingeniería en Animación digital, de crear mundos que antes no existían. Pero mientras hablaba, algo cambió: sus ojos comenzaron a brillar, como si todo eso ya fuera posible para él. Es que en el ambiente había algo difícil de nombrar, pero imposible de ignorar. Algo cercano a la magia.

Foto: María José López A.

La maestra Irma Jiménez Gómez se sentó con ellos como si siempre hubiera pertenecido ahí. No hubo distancia. No hubo prisa. Sólo presencia. Desde ahí comenzó una actividad sencilla: colorear las nubes. Pero pronto dejaron de ser nada más dibujos. Llegaron los hilos, los lápices, las ideas. Y entonces el jardín cambió.

El suelo se llenó de pasos pequeños que corrían, de risas que escapaban sin permiso, de voces que se llamaban entre sí. El sol caía suave sobre el pasto y, por un momento, todo pareció en pausa. Como si el tiempo, cansado de correr, también hubiera decidido sentarse a mirar y escuchar.

Al final, cuando todo parecía haber terminado, se acercó la niña más pequeña. Caminó despacio, con esa mezcla de timidez y decisión que únicamente tienen los niños. No dijo mucho, no hacía falta. En sus manos y en su mirada había una sola intención: también quería un libro. También quería ser parte de eso.

Aún recuerdo esa mirada. Y cada vez que vuelve, mis ojos se llenan de magia.

Foto: María José López A.

Gracias al trabajo de personas como Alejandro Bernardino, director de la casa hogar Mama Cleo’s Boys Home AC, entendimos que estos espacios no sólo resguardan infancias, sino que sostienen algo mucho más frágil y valioso: la esperanza. Una esperanza que no es ingenua. Es resistente. Se construye todos los días en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo invisible.

Porque sí, hay infancias que crecen con ausencias que no deberían existir. Pero también hay momentos –como ése de la visita a la casa hogar– que recuerdan que el vínculo humano sigue siendo posible. Que la atención, el tiempo y la palabra pueden hacer una diferencia real.

Ese día no fuimos a enseñar, fuimos a mirar, a escuchar, a aprender. Y a comprobar que los libros cuentan historias, sí, pero también las crean. Y que, cuando alguien se siente visto, escuchado y acompañado, algo dentro cambia.

Tal vez no podamos transformar todas las realidades, pero sí podemos abrir pequeñas ventanas. Y, a veces, una ventana es todo lo que se necesita para que entre la esperanza.

Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.

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