jueves, octubre 29, 2026
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La leche que no se acaba

La falta de lactancia materna es una crisis de salud tanto a nivel global como en México. En nuestro país, sólo 1 de cada 3 niños la recibe, lo que tiene un elevado costo a nivel económico y sobre todo humano. Frente a esto, los bancos de leche humana pueden ser una solución viable; sin embargo, la falta de donantes y de políticas públicas al respecto hace que el alimento vital no llegue a los miles de bebés que lo necesitan

Especial

El año pasado la familia de Ernesto aprendió a medir el tiempo de otra manera. En su casa de la colonia Santa Margarita, en Zapopan, cada tres horas había que calentar un biberón. A las doce, a las tres, a las seis y a las nueve, de día y de noche, para atender esos llamados que, entre las paredes domésticas, sonaban como ecos de una ausencia.

La niña había nacido el 12 de marzo de 2025, con 35 semanas y seis días de gestación. Al principio, todo parecía estar bien. No necesitó incubadora ni asistencia para respirar y salió del cunero sin complicaciones. Semanas después, su madre murió.

Ernesto Urenda Cázares, el padre, pidió que no se contaran los detalles. Esta historia tampoco los necesita. La muerte de una mujer, aunque trágica, no es el centro de esta crónica. Lo es la vida que continuó después de ella y la pregunta que llegó junto con una recién nacida que ya no podía alimentarse de su madre: ¿cómo conseguir leche humana para una bebé que la necesita?

La familia tuvo que reorganizarse. Dejaron Tepatitlán y se mudaron a Zapopan, donde la madre y las hermanas de Urenda podían ayudar con la crianza. Sus otras dos hijas también tuvieron que acostumbrarse a una casa distinta.

La alimentación de la bebé se convirtió en la principal preocupación. Urenda pensó primero en una posibilidad que había escuchado de generaciones anteriores: encontrar una nodriza, una mujer que estuviera amamantando a su propio hijo y pudiera alimentar también a la niña.

“Yo, como vivía en Tepatitlán, dije: allá consigo a alguien y me la voy a traer”, recuerda.

No ocurrió. La pediatra entonces recomendó las fórmulas. Al mismo tiempo, sus hermanas comenzaron a buscar mujeres que pudieran donar leche, algunas de las cuales la entregaban congelada, que la familia calentaba en casa para alimentar a la bebé. Pero nunca era suficiente.

Más que un alimento necesario

La leche humana es un alimento, pero también contiene componentes que ayudan a proteger al bebé mientras su sistema inmunológico todavía está en desarrollo. Por eso, cuando la leche de la propia madre no está disponible o es insuficiente, la leche humana donada puede ser especialmente importante para nacidos prematuros o con bajo peso.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF, la falta de acceso, el retraso o abandono de la lactancia son una crisis de salud silenciosa que a nivel mundial provoca la muerte de 800 mil niños cada año.

Las instituciones para estos casos recomiendan el uso de leche humana donada y, este 2026, publicaron estándares internacionales específicos para fortalecer la seguridad y el funcionamiento de los bancos de leche humana.

Sin embargo, sus estadísticas muestran la gravedad del problema: los bebés que no reciben leche materna en absoluto tienen 14 veces más probabilidades de morir durante sus primeros seis meses que aquellos que son alimentados con lactancia exclusiva. Esta, en México, es alcanzada en los primeros seis meses de vida solamente por el 33 por ciento de los bebés, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) 2022.

Y esta cifra, a nivel Jalisco, baja incluso más, llegando tan sólo al 23 por ciento, según información proporcionada por el DIF.

Esto no significa que el resto de los bebés nunca haya sido amamantado: lo han sido alguna vez durante sus primeros años el 92.8 por ciento de las niñas y niños jaliscienses. El problema es otro: que la leche humana no siempre está disponible de manera exclusiva durante el periodo en que más se recomienda.

Y ahí comienza a importar lo que ocurre con la leche que una mujer produce y su hijo no necesita.

Desperdicios para unos, vida para otros

Mientras la familia de Ernesto buscaba alimento para su hija, en otra casa de Guadalajara había una situación completamente distinta.

Anyela Sherlyn Torres Sánchez tenía diecinueve años y más leche de la que necesitaba su bebé. “Producía un litro de leche al día de sobrante. Sentía que la estaba desperdiciando”.

Una necesitaba leche. A la otra le sobraba. Pero entre tener leche y conseguir que llegue hasta otro bebé existe una distancia que no siempre se mide en kilómetros.

Anyela comenzó a donar. Desde entonces, cada quince días alguien recoge la leche que extrae en su casa. Antes de llegar a otro bebé, esta tiene que pasar por controles sanitarios, pues no toda donación puede utilizarse: las muestras son analizadas y algunas se descartan.

Al principio, Anyela no sabía hasta dónde podía llegar lo que sale de su refrigerador. “Que las donaciones fueran a lugares como el Hospicio Cabañas, yo desconocía eso. Saber que mi leche llegaba hasta ahí”.

Después supo que una parte podía ser procesada y viajar todavía más lejos. Cuando se enteró de que podía llegar a otros estados, como Zacatecas, reaccionó así: “Es increíble la verdad, el alcance que tiene. Me pone la piel chinita”.

Para ella, donar no requiere una explicación complicada. “Que lo hagan, la verdad es una sensación muy bonita y, aunque no lo crean, ayuda muchísimo”.

La leche de Anyela es un bien que sale de su casa líquido. El problema, entonces, es cómo hacer que llegue a una familia que está a cientos de kilómetros. Para la hija de Urenda, la respuesta se materializó en un laboratorio ubicado en Guadalajara.

Leche humana en CUCEI

Ernesto trabajaba en el Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías, y allí conoció el Laboratorio de Investigación de Leche Humana, dirigido por Blanca Rosa Aguilar Uscanga. Desde 2013, su equipo investiga distintas formas de conservar la leche humana y hacer que pueda permanecer disponible sin depender permanentemente de una cadena de frío.

Urenda encontró una posibilidad que no había imaginado. “Ahí vi otra área de oportunidad para subsanar un poco el déficit”, cuenta.

Durante los primeros seis meses, la alimentación de su hija combinó tres fuentes: leche donada congelada, leche humana en polvo y fórmula.

Los sobres que llegaban del laboratorio contenían un gramo de leche en polvo. Cada uno rendía aproximadamente una onza de alimento. Treinta sobres, la cantidad que recibían por entrega, podían terminarse en dos días. La leche congelada duraba alrededor de ocho. Después venía la fórmula.

El problema no era la falta de voluntad de quienes trabajaban en el laboratorio, explica Urenda, sino la cantidad disponible. Mientras su hija necesitaba alimento, también había bebés del Hospicio Cabañas con complicaciones médicas que requerían leche.

Las entregas podían tardar entre quince y veintidós días. Así que Urenda comenzó a buscar más donantes por su cuenta. Encontró mujeres dispuestas a entregar su leche y la llevaba al laboratorio para que fuera analizada antes de ser procesada. Entonces descubrió que donar no consistía simplemente en extraer leche y entregarla. Había controles. Había muestras que no podían utilizarse. Y había más familias esperando.

“Yo siento que faltó poquita más, pero no fue por ellos, sino porque no había suficiente leche para todos”, dice.

La experiencia le mostró una parte del problema que antes no había visto. “Donar leche materna es donar vida también”, afirma.

Pero para entender por qué una familia podía esperar días por ella, todavía faltaba otra historia.

De la donante hasta el receptor

A cientos de kilómetros de Guadalajara, en Zacatecas, una niña llamada Ivana López Varela necesitaba una leche distinta.

Había nacido a las 34 semanas con quilotórax, una condición que le impedía tolerar la grasa. Su familia no buscaba simplemente leche humana: necesitaba leche materna desgrasada.

Buscaron. Incluso recurrieron a Estados Unidos. No encontraron una solución. Hasta que alguien les habló de una doctora en Guadalajara.

“A mí su madre me habló llorando, desesperada”, dice Tarcy Muñoz, tía de Ivana.

Cuenta que Aguilar Uscanga estaba de vacaciones cuando recibió la llamada de la familia. No obstante, “en tres o cuatro días, aproximadamente, nos atendió”.

Después de días de espera, llegó un mensaje. La leche podía elaborarse. “Sentimos alivio, después de tanta desesperación. Fue una satisfacción al ver el mensaje que la doctora envió confirmando que sí se podía”.

Hoy Tarcy describe a su sobrina de una manera muy distinta a como comenzó aquella búsqueda. “Una niña muy sana. La veo muy bien a día de hoy”.

La historia de Ivana cambia la pregunta. Ya no se trata solamente de cómo conseguir leche humana, sino también qué puede hacerse con ella cuando llega a un laboratorio.

El costo de no amamantar

En México la falta de leche o de cuidado en las prácticas de lactancia materna es una crisis de salud pública que, de acuerdo con informes de UNICEF y el Instituto Nacional de Salud Pública, podría estar detrás de hasta 5 mil 800 muertes infantiles al año. 

Una de las principales causas es el abandono temprano de la leche materna por las estrategias comerciales agresivas que promueven las fórmulas infantiles.

Esto, además del costo humano, tiene un costo económico: las enfermedades asociadas a una mala o insuficiente lactancia materna, como desnutrición, diarreas letales o neumonías, le cuestan a México 200 mil millones de pesos al año, según cifras presentadas en el Foro Nacional de Lactancia Materna 2025. 

En este panorama, los bancos de leche pueden incidir en los dos factores que la comunidad médica señala como los principales problemas en este ámbito: el uso excesivo de fórmulas y la insuficiencia del biológico.

Sin embargo, no es un proceso lineal ni sencillo, y no todos los bancos funcionan de la misma manera.

Leche en polvo para llegar más lejos

La leche que llega al Laboratorio de Investigación de Leche Humana del CUCEI primero debe superar controles destinados a descartar riesgos sanitarios. Jesús Alonso Amezcua López, integrante del equipo, compara este procedimiento con el de un banco de sangre: primero se obtiene información de la donante y después se analizan las muestras.

Sólo la leche que supera los controles puede continuar. Después puede comenzar otro proceso. La leche entra líquida a una máquina. El secado por aspersión la transforma en pequeñas gotas que entran en contacto con una corriente de aire caliente. El agua se evapora en segundos y lo que queda es un polvo fino.

La transformación parece sencilla cuando se observa al final. Pero resuelve un problema importante: una leche que ya no depende de permanecer congelada puede almacenarse y transportarse con mayor facilidad.

Eso es lo que hizo posible que la leche pudiera salir de una casa, pasar por controles, entrar a un laboratorio, ser procesada y terminar en otro lugar. Aunque esto no significa que la tecnología conserve todo exactamente igual.

Algunos componentes de la leche humana son sensibles al procesamiento. Una investigación publicada en 2016 encontró que el secado por aspersión retiene una parte de la inmunoglobulina A original, mientras que un estudio posterior encontró que la lactoferrina de la leche pulverizada mantiene la capacidad para combatir ciertas bacterias.

El objetivo, entonces, no es fingir que convertir leche líquida en polvo no cambia nada, sino encontrar un equilibrio que permita conservar el mayor valor nutricional posible, mientras se gana algo que la leche congelada no ofrece de la misma manera: movilidad.

Eso importa porque la leche no siempre puede esperar. A veces la necesita una bebé en Zapopan. A veces una niña en Zacatecas. A veces un recién nacido que permanece en un hospital. Y a veces la leche existe, pero está en la casa de una mujer que no sabe que puede donarla.

Anyela, por ejemplo, producía alrededor de un litro diario de sobrante. Un litro parece poco, hasta que se piensa en cuántos bebés puede alimentar y cuánto tiempo puede mantenerse disponible.

Por eso la tecnología no comienza realmente con una máquina. Comienza con una mujer que decide donar. Y termina, si todo funciona, con un bebé que recibe la leche.

La leche humana importa

El doctor Arturo Cortés Jiménez, especialista en Pediatría egresado de la Universidad de Guadalajara y adscrito al Hospital de Pediatría del Centro Médico Nacional de Occidente del IMSS, señala que la leche humana aporta nutrientes esenciales para el desarrollo cerebral, inmunológico y el crecimiento de los bebés.

Además de aportar grasas necesarias para su desarrollo, contiene anticuerpos que contribuyen a protegerlos frente a enfermedades. En los bebés prematuros, también destaca su importancia por la tolerancia gastrointestinal que ofrece.

Cuando la leche de la propia madre no está disponible, los bancos de leche humana pueden entonces representar una alternativa para los bebés que la necesitan. Cortés Jiménez subraya que, para garantizar su seguridad, es necesario realizar estudios a la leche donada que permitan identificar posibles riesgos sanitarios, como la presencia de virus que podrían afectar a quienes la reciben.

Además, no se trata solamente de que un bebé reciba calorías. La leche humana contiene nutrientes y sustancias bioactivas que contribuyen a su desarrollo y a la protección frente a infecciones. Por eso la Organización Mundial de la Salud considera especialmente importante la leche humana donada para bebés prematuros y de bajo peso cuando la de su propia madre no está disponible.

Pero una cosa es saber que la leche humana importa. Otra es conseguirla cuando hace falta. Eso fue lo que descubrió Urenda, y también la familia de Ivana.

En ambos casos, el laboratorio apareció porque alguien conocía a alguien que podía abrir esa puerta. Urenda llegó por un contacto que lo acercó al proyecto. La familia de Ivana llegó después de una llamada desesperada a Aguilar Uscanga. No llegaron porque existiera una ruta sencilla que cualquier familia pudiera seguir. Llegaron porque alguien sabía dónde buscar.

Esa puede ser una de las limitaciones actuales de los bancos de leche, como el de CUCEI: la tecnología existe, pero todavía no significa que cualquier familia que necesite leche humana pueda encontrarla con la misma facilidad con la que encuentra un producto comercial.

En este sentido, UNICEF reporta que en México un 27.2 por ciento de los bebés son alimentados con fórmula u otros líquidos desde sus primeros días de vida. En esto incide la falta de políticas para reglamentar la venta de estos productos: con base en auditorías de salud, se calcula que el 98 por ciento de los puntos de venta del país los promocionan de manera desregulada y el 84.4 por ciento de las madres ha declarado haber estado expuestas a esta publicidad.

Todo depende de las donaciones

El otro problema, se dijo, es la disponibilidad del biológico. El laboratorio tampoco puede producir leche que no existe. Depende de las mujeres que donan. Y las donaciones siguen siendo limitadas frente a las necesidades.

La propia Aguilar Uscanga lo explica cuando compara la producción de leche humana con la de un bovino.

“Una vaca te puede dar cincuenta litros en una ordeñada, pero una mamá te da a veces cien mililitros. Juntar un litro es bastante complicado, para que al rato lo tengas que desechar. La verdad es algo que no es aceptable”.

La diferencia no está solamente en la cantidad. Está también en el tiempo. Una madre produce leche para su bebé, no para abastecer una red completa de hospitales. Si produce más de la que necesita su hijo, esa leche puede almacenarse, donarse o perderse dependiendo de las condiciones y de que exista alguien capaz de recibirla.

El laboratorio del CUCEI intenta cambiar una parte de esa ecuación. Si la leche puede convertirse en polvo, puede viajar más lejos. Pero para hacerlo necesita primero que alguien la entregue.

Por eso, detrás de la máquina hay otra historia. La de las mujeres que donan. Y detrás de ellas, otras familias que esperan.

El proyecto lleva más de una década intentando sostener esa posibilidad. Aguilar Uscanga ha descrito el camino como “remar a contracorriente”.

Durante buena parte de su existencia, el laboratorio ha trabajado sin un subsidio dedicado ni un patrocinio externo formal. El proyecto ha sobrevivido entre estudiantes, investigadores, colaboraciones y la búsqueda constante de recursos.

También ha construido vínculos con hospitales como el Civil Fray Antonio Alcalde, el Materno Infantil, Zoquipan y el Centro Médico de Occidente. Cada semestre se incorporan estudiantes de distintas áreas para continuar el trabajo.

La investigación incluso cruzó la frontera. En 2015, Aguilar Uscanga comenzó una colaboración con el bioingeniero Vansh Langer, radicado en Nueva York. De esa relación surgió BBy, una empresa vinculada con el desarrollo de la tecnología empleada en el laboratorio.

El proyecto también quedó registrado en solicitudes de patente estadounidenses presentadas en 2022 y 2024. Pero todo eso vuelve a quedar pequeño frente a la pregunta que dio origen a esta historia:

¿Para qué sirve una tecnología capaz de convertir leche humana en polvo si no hay suficiente leche para ser convertida?

Hasta dónde puede llegar la leche

La respuesta vuelve a estar en Anyela. Ella no trabaja en un laboratorio. No desarrolló la máquina. No estudió cómo conservar inmunoglobulinas ni cómo hacer que una leche pueda viajar cientos de kilómetros. Un día simplemente miró la leche que producía y pensó que estaba desperdiciándola. Ahora, cada quince días, alguien pasa por su casa para recogerla.

La leche que antes acababa en el refrigerador de su familia puede terminar en un hospital, en el Hospicio Cabañas o en otra ciudad. Puede incluso convertirse en polvo. Y en algún lugar, otra familia puede estar esperando precisamente eso.

Como en la casa de Zapopan donde comenzó esta historia. Allí la urgencia ya pasó. La niña que necesitaba un biberón cada tres horas ahora camina por la sala. Come. Juega. Crece.

No sabe que durante sus primeros meses hubo sobres de un gramo que llegaron desde un laboratorio de Guadalajara. Tampoco sabe que antes de convertirse en polvo, aquella leche perteneció a otra mujer que decidió no desperdiciarla.

Entre ellas había cientos de kilómetros. Y aunque en este caso, por una serie de circunstancias, lograron coincidir, no siempre es así.

De acuerdo con la Secretaría de Salud, en México operan 37 bancos de leche humana en 22 entidades, una red que no alcanza a cubrir a todos los recién nacidos que necesitan leche donada en un país donde nacen alrededor de 200 mil bebés prematuros cada año.

El Instituto Nacional de Perinatología (INPer), banco referente en México, reportó en 2022 que pasteurizaba alrededor de mil 400 litros al año, con los que alimentaba a casi 800 recién nacidos prematuros y pacientes pediátricos sometidos a cirugía.

Por eso, al final, la pregunta no es solamente hasta dónde puede llegar una leche donada. Es cuánta habrá para hacerla llegar.

Si una pequeña cantidad puede recorrer cientos de kilómetros convertida en polvo, ¿hasta dónde podría llegar si hubiera suficiente para hacerlo?

La respuesta ya no depende únicamente de la tecnología. También depende de cuántas mujeres sepan que esa leche puede llegar mucho más lejos que su propia casa.

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