La elección llena de amor de Lara
Abortar nunca será una decisión sencilla; pero, en muchos casos, aunque dura, es la más conveniente y la que, contrariamente a lo que muchos piensan, significa apostarle a la vida
Crónica
A sus 25 años, Lara se enfrentó a lo impensable: a pesar de tomar precauciones, e incluso usar la “píldora de emergencia”, el resultado en su prueba de embarazo casera reveló un resultado positivo. “Tontamente, nunca imaginé que un embarazo era algo que podía llegar a pasarme”.
La presión en Lara creció, y por su mente rondaban todos y cada uno de los posibles escenarios: comunicárselo al padre, Damián, un hombre al que veía de manera ocasional y con quien no podía ni imaginar el tener una responsabilidad tan grande como un hijo en conjunto; o ser madre soltera, abandonar su trabajo, sus metas y pasatiempos para enfrentar la situación; o abortar, una decisión que a simple vista podía parecer egoísta y dura y que, sin embargo, para ella seguía teniendo todo el sentido del mundo.
Lara se decidió por esta última opción. Sin embargo, todas las circunstancias parecían estar jugando en su contra. Precios exorbitantes para acceder a un aborto, tener que trasladarse a otra ciudad para poder realizarlo, métodos anticuados que podían matarla en el intento.
Cuando no parecía encontrar una salida, Lara recordó a una de sus profesoras de universidad, una mujer feminista y comprometida con el poder que tienen las mujeres sobre sus propios cuerpos; decidió contactarla, contarle su situación, decirle que Damián ni siquiera estaba enterado; y que el proceso de búsqueda, hasta entonces, había sido una cuestión solitaria y asfixiante: por no poder pagar, por no poder confiar, por pensar que su vida también podría correr peligro.
“Nunca lo platiqué con la persona con la que salía. Nunca le dije nada. Siempre me lo guardé para mí”, cuenta.
Sonia, su profesora, fue para ella un alivio emocional. Cobijó su decisión, la entendió sin juzgar y sin titubear le comentó los beneficios de realizar un aborto casero, proceso avalado por la Organización Mundial de la Salud para aquellas mujeres y personas gestantes que tengan menos de 12 semanas de embarazo. Con misoprostol, toallas sanitarias de flujo abundante, un termómetro para medir su temperatura y un par de analgésicos, Lara podía realizar aquel procedimiento con un margen de ventaja bastante favorecedor.
Al fin, las cosas parecían tomar un rumbo favorable para Lara, puesto que, gracias a un amigo suyo que trabaja en una farmacia, pudo acceder sin complicaciones a una caja de misoprostol de 200 microgramos. Estas pastillas funcionan, principalmente, para curar problemas de úlceras gástricas y no necesitan receta para conseguirlas; sin embargo, por su creciente uso en abortos caseros, muchas farmacias se niegan a venderlas a mujeres jóvenes. Para ella no fue así.
Con las pastillas en su poder y la decisión cada vez más afianzada en su mente, Lara comunicó a sus hermanos lo que estaba a punto de suceder dentro de su casa. Un aborto no es algo fácil de comunicar, y existe siempre el miedo a ser juzgada, a verte expuesta, vulnerable. Pero al comprender su situación, sus hermanos le ofrecieron calor y acompañamiento, aunque no exento de miedo y muchas dudas.
Lara explicó que no había nada que temer; que al menos 80 por ciento de los abortos autogestivos resultaban efectivos y sin complicaciones médicas. Pero nada más fingía ser valiente. Los miedos la atenazaban. Abortar nunca es una decisión sencilla. Pero en muchos casos, es la más conveniente.
El tratamiento era sublingual, cuatro pastillas por 30 minutos y después, tres horas de espera. En total, 12 pastillas. Y de pronto, sangre. Mucha, si bien no demasiada, similar a la de una menstruación abundante. En su primera ida al baño, Lara temía ver lo que pasaría, pero sintió alivio al constatar que funcionaba. ¿Es posible sentir miedo y alivio al mismo tiempo? Sí, muchas veces.
Al fondo de la taza no apreció nada “diabólico”, ni muy explícito, como en aquellos videos “educativos” que le enseñaban en la secundaria, donde el feto salía por partes, manos, piernas, corazón, todo a la vista, esparcido por la taza del inodoro.
“En mi experiencia fue algo fácil y rápido, también de manera emocional, porque en mi cabeza nunca estuvo el deseo de maternar”.
Con hidratación, cuidados constantes y revisiones periódicas Lara sobrevivió a aquel procedimiento tan duro. Tan solitario. Tan propio. Tan negado por el Estado, por la sociedad.
Siguió las recomendaciones de Sonia y una vez terminado el procedimiento autogestivo, acudió con su ginecóloga, quien le realizó un ultrasonido para cerciorarse de que el producto había sido expulsado de su vientre correctamente. Se alegró de saber que todo había salido bien y recuerda con felicidad la alegría que sintió al saber que su cuerpo, jóven y fértil, sí era capaz de dar vida.
A pesar de lo que se pudiera pensar (como que vive una vida llena de remordimientos, penas y culpa), lo cierto es que Lara consiguió un trabajo mucho mejor, sigue viajando, conociendo y ampliando sus conocimientos. Es feliz estando cerca de los niños, principalmente de sus sobrinos y sueña con ser, en un futuro lejano, una madre tierna, apegada y presente.
“Pensé en mí, en lo que yo quería y en lo que en ese momento sentía, y no ha pasado por mi mente nunca el arrepentimiento”.
La historia de Lara es una historia normal. Que ella enfrentó con miedo, sí, pero sin morbo ni complicaciones, consciente de que en México y el mundo abortar todavía puede ser sinónimo de rechazo, o, en el peor de los casos, de muerte. La historia de Lara es la de muchas mujeres que son fieles a sus principios, que consideran que a veces abortar es también salvar vidas y que tener un hijo no debería ser un castigo, sino una elección sostenida en el amor y el compromiso.


