sábado, marzo 7, 2026
sábado 7, marzo, 2026

Instantáneas del silencio​

Crónica
Imágen creada con GEMINI

Un domingo que parece normal, como cualquier otro, se torna poco a poco en un escenario sacado de una película del viejo oeste. Columnas de humo en el aire, calles desiertas y negocios cerrados conforman una postal del fin del mundo. En la tierra de Rulfo, donde la figura de Pedro Páramo parece encarnarse una y otra vez en una sucesión infinita de caciques, se sabe que la muerte de uno más no es el fin de nada, sino el inicio de algo que aún sorprende, genera incertidumbre, y frente a lo cual faltan las palabras para intentar dar respuestas


<<She says, hey babe, take a walk on the wild side>>
"Walk on the wild side" – Lou Reed

Despertamos tarde. Nos habíamos desvelado la noche anterior y, siendo domingo, decidí que lo mejor era que Naím durmiera a sus anchas. El despertador suelta sus campanas fúnebres por todo el cuarto hasta que me decido a apagarlo. Luego me visto y me preparo para salir a buscar el desayuno. No miro —cosa rara— las redes sociales. Tampoco reviso si tengo mensajes en el celular.

Son casi las diez de la mañana del día 22 de febrero y ya ha pasado más de una hora desde que iniciara el operativo que condujo a la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes. Pero nosotros no sabemos nada sobre esto. Me enteraré luego de que no fuimos los únicos desprevenidos: Antonio Morales, el presidente de Tapalpa, tampoco supo del operativo sino hasta que empezaron los disparos en las cabañas donde se hospedaba el capo. Tomo las llaves del coche y le pido a mi hijo que suba, convencido de que aquel será un domingo como cualquier otro: tacos de canasta, chile de uña, y jugar nintendo o Roblox algunas horas. Pero no hay un domingo cualquiera en el llano en llamas.

Aún sin ver las noticias salimos a la calle y buscamos algún lugar para desayunar, como todos los domingos. Nos llama la atención ver varias hebras de humo negro que se deshilan del occidente de Tlayolan*. Por desgracia, los pequeños incendios en la ciudad no son incidente aislado, así que no tengo motivo para preocuparme. Vamos a casa de mi amigo Bladimir Ramírez y es él quien nos da la noticia: “Acaban de matar al Mencho, Hiram. Ahora sí arderá el estado”.

* * *

Cuando me entero de la muerte del Mencho mi estado de ánimo comienza a fluctuar entre el miedo y la incertidumbre. O no, quizás lo correcto sería admitir que hay una certidumbre que ha flotado en todas las conversaciones desde el pasado domingo. “Se viene una tormenta”. “Habrá guerra”. “Ahora sí arderá el estado”. Para el analista Jorge Javier Romero, la paradoja central del fin de semana radica en esa doble visión: “La muerte del líder se exhibe como triunfo soberano mientras la sociedad se comporta como si se aproximara una tormenta”. Acierta Romero: en el Sur de Jalisco no nos sentimos más seguros luego de la muerte del capo. Los motivos sobran: el ejemplo de Sinaloa es demasiado cercano, pero también hay que decir que tenemos memoria. Miedo y memoria.

Tenemos, además, el referente simbólico ideal. La figura del Mencho, por estas tierras, es como la de Pedro Páramo: una efigie ecuménica que campea entre la imaginación y la vida cotidiana, escondida entre las conversaciones y la memoria colectiva —¿cuántos Pedro Páramo hemos sobrevivido quienes habitamos en este país?—. Por eso su muerte tiene también un carácter simbólico, y en el sur sabemos que no es el fin de nada: es el principio de algo que intuimos, pero no somos capaces de dimensionar todavía. Esta emoción quedó plasmada en un corrido revolucionario, aquel que Rulfo acertadamente adecuó para su célebre cuento: “Ya mataron a La Perra, pero quedan los perritos”.

Por eso, en lugar de sorprenderme con la noticia, me quedo callado, pensando en todos los planes que tenía para ese domingo: trabajo, escuela, literatura, hijo. Conforme los enumero, los voy tachando hasta que, en su lugar, sólo me queda un silencio borroneado. Y la absoluta certidumbre de que ese silencio es la única respuesta posible para una pregunta que aún no soy capaz de plantear.

* * *

En El favor de la sirena, Denis Johnson hace una apología del silencio. En un mundo hiperconectado, hablar del silencio parece un despropósito, o acaso un ejercicio de nostalgia. Pero ante todos los grandes eventos, tiene un papel protagónico. Casi providencial. Chris Case, personaje en el relato de Johnson, le cuenta a un grupo de amigos que el silencio más largo que ha oído, fue la mina que le arrancó la pierna derecha en las afueras de Kabul, Afganistán. Su confesión calla a la concurrencia por unos segundos; Johnson conoce la clase de incomodidad que nos aborda cuando nos enfrentamos con algo demasiado íntimo. O dolorosamente real.

Pero Case no pretende causar lástima, y logra suavizar la situación. Cuando Deirdre, una de las contertulias le pide que le muestre la pierna, el joven hace una propuesta atrevida: “Se la enseño, si le da usted un beso” dice, medio en broma. Aunque ella acepta, en el momento en que Case muestra el muñón que le ha dejado la mina, Deirdre se quiebra y llora. Apenado, Case guarda su muñón en la prótesis y alguien, por respeto o incomodidad, cambia la conversación.

* * *

Llorar es la única respuesta posible ante ciertas heridas. Recuerdo que en abril de 2020, mientras volvía a Tlayolan con mi hijo, vimos el cielo del sur cubierto de humo. El sol ensombrecido por los incendios forestales me oprimió el pecho y yo también sentí cómo me quebraba. Pronto ese bosque se llenó de aguacates, berries, agaves y demás avatares de la agroindustria. Ahora las carpas de los invernaderos ocupan una superficie mayor a la del lago. Son la cicatriz visible del saqueo salvaje de esta región, que lo mismo propicia la siembra legal que la ilegal.

El crecimiento de la violencia ha sido con frecuencia vinculado a la agroindustria. Es difícil no ver la correlación. En 2018, el chef irlandés JP McMahon retiró el aguacate de todos sus restaurantes, llamándolo el moderno “diamante de sangre”. McMahon, en una entrevista con la BBC, declaró también que “existen muchos problemas con la participación de cárteles en la propiedad y también la presión ejercida sobre los productores de aguacate”. Para cualquiera que circule las carreteras del sur las transformaciones del paisaje son grotescas y evidentes.

Cada vez que veo las carpas blancas me pregunto: ¿cómo se besa el muñón de la tierra?

* * *

El domingo 22 de febrero está lleno de silencios. En Tlayolan queman pocas —¿cuánto sería ‘muchas’?— cosas: dos Bancos del Bienestar, una pensión de camiones urbanos, un oxxo, algunos camiones en las salidas de la ciudad. Hacia las dos de la tarde, las calles se vacían por completo y la mayoría de los negocios de comida cierra. Lo mismo ocurre con los grandes supermercados luego de que se anuncie el incendio en el Costco de Puerto Vallarta. Mientras el pueblo se vacía, pienso en las películas del wild west: un forajido llega al pueblo y, ante su mera aparición, todos los habitantes huyen con pavor.

Al espasmo inicial sigue la segunda preocupación del día: es fin de semana de hacer compras, pero no hay lugar donde comprar. De súbito me asalta una sensación extraña. “Estoy en el fin del mundo”, pienso. “Estoy en el fin del mundo y la comodidad que nos brinda el agua potable, el papel de baño y la comida al alcance de la mano acaba de terminarse”. Para empeorar las cosas, con un niño en el coche, salir a buscar comida en una ciudad vigilada por halcones no es lo más paternal o responsable. Tendré que elegir entre la posibilidad de pasar un día de hambre o salir en el auto y arriesgar enfrentarnos a la fiesta de las balas.

¿A esto se refieren quienes hablan de la espada y la pared?

* * *

Mi amigo Alejandro von Düben me acompaña a buscar comida en los alrededores. Vino este fin de semana desde Puebla, donde habita, para presentar su nuevo poemario y para una lectura de poesía. En más de una ocasión le echaré en cara su “buena suerte” por elegir esa fecha para visitarnos. En casa, Naím se quedó jugando con Bladimir. Hemos transformado mi hogar en base de operaciones o, si quieren, en un búnker para resistir el estado de sitio. La escena parece sacada de una sitcom: tres narradores, dos gatas y un niño contra el fin del mundo.

En las noticias, el gobernador de Jalisco ha emitido un comunicado: “Lo que vivimos hoy es excepcional, y quiero hacer también un amplio reconocimiento a la sociedad jalisciense porque ante la incertidumbre de las primeras horas actuó siempre de una manera responsable, atendiendo las recomendaciones y sin correr riesgos innecesarios”. Escucharlo no nos tranquiliza. Ojalá se pudiera. Uno pensaría que ante las crisis son las voces de autoridad las que mantienen la armonía del pueblo. Pero no; lo que se necesita es una dosis de lo cotidiano, la más mínima señal de que la vida normal a la que estamos acostumbrados aún existe, latiendo detrás del estado de guerra. 

Después de un par de cuadras, encontramos esta señal: la tienda de Juan está abierta. Como todos los domingos, hay algunas personas reunidas en la acera, sentadas en sus sillas metálicas, bebiendo cerveza. Las he visto muchas veces, pero es como si las viera por primera vez. Nos saludamos mirándonos a los ojos, en un acto de reconocimiento: estamos vivos, resistiendo. Compro queso, tortillas, pan, fruta. Le pregunto a Juan si cerrará en algún punto de la tarde. “Si yo cierro, dónde va a comprar la gente”, dice apostólico. Cuando me entrega el dinero siento ganas de darle un abrazo. Pero me contengo: ¿hay lugar para cursilería en el fin del mundo?

En el camino de regreso encontramos también un puesto de comida. Un par de señoras venden enchiladas, pozole, sopes y otros antojitos mexicanos. Pido dieciséis enchiladas. “Por si acaso”, le digo a von Düben en un tono capricorniano. La señora nos confiesa que estaba a punto de cerrar su puesto, pero ¿cómo se iba a quedar así, con toda la comida? “Ojalá que tengan buena mano”, anuncia cuando le pagamos. Hay una bocina conectada al celular junto a su mesa. Suena un narcocorrido. “Las calles arden, yo estoy alerta / para mi gente, el mini licenciado”.

* * *

Oscurece. Hace horas que Bladimir volvió a su casa y sólo quedamos Naím, von Düben y yo. Por sugerencia mía, vemos una película. Entramos en una plataforma y comenzamos a explorar las opciones. No pasa mucho hasta que me decanto por Hotel Rwanda. No sé por qué he sugerido ver esa película precisamente en ese día. De cualquier manera, von Düben y yo nos sentamos y la vemos de principio a fin. Naím, por su parte, se queda en el estudio viendo caricaturas.

En un momento de la cinta, el periodista Jack Daglish (Joaquin Phoenix) le dice a Paul Rusesabagina (Don Cheadle), el gerente del Hotel Mille Collines: “Pienso que si la gente ve estas grabaciones dirá, ‘Dios mío, eso es horrible’, y luego seguirá comiendo su cena”. Providencial, Naím entra justo después de este diálogo y me dice que tiene sueño. Son casi las once de la noche, pero bien podrían ser las tres de la tarde y no me daría cuenta porque desde hace unas horas he perdido la noción del tiempo. Subo para acostar a mi hijo y pienso en la frase de Daglish. Pienso también en las veces que he visto el horror en Sinaloa, en Tamaulipas y en Michoacán, pero también en otros pueblos de Jalisco: El Grullo, Autlán, Cihuatlán, Tapalpa, Tepatitlán. “Dios mío, esto es horrible”. ¿Cuántas veces he dicho esto?

En pocos minutos, escucho la respiración de Naím que, por fortuna, se ha dormido muy rápido. Yo también me siento cansado, quisiera dormirme y despertar en otro lugar y en otro tiempo. “Pero sólo tenemos esto: este lugar; este tiempo”, me repito, mientras acaricio sus cabellos y lo siento latir a mi costado como si mi hijo fuera el corazón del mundo.

* * *

El lunes mamá me marca por teléfono para decirme que está viajando a Guadalajara. Son las 10 de la mañana, otra vez despertamos tarde. Me duele la cabeza a pesar de que dormí casi diez horas. Me siento cansado, con un cansancio que no es físico sino mental. Quizás también espiritual. Apenas soy capaz de abrir los ojos, pero hago un esfuerzo por revisar las noticias en el celular. En redes sociales dicen que la carretera libre sigue cerrada, pero por la autopista sí hay paso, nada más hay que ir ‘toreando’ los camiones quemados.

Le informo a mamá sobre mis hallazgos. Le pregunto si puede postergar su viaje. No puede: tiene una cita de seguimiento con su oncólogo y perderla ahora significaría reprogramarla para dentro de algunos meses. “Vamos despacio, mijo. Con cuidado. No te preocupes, la vida tiene que seguir”, me dice pero su voz no me tranquiliza. Me pregunto cuántos días pasarán hasta que pueda tranquilizarme. La vida sigue. La vida que, como la autopista Guadalajara-Colima, es un río de cenizas que nos predican de un fuego que no se acaba.

Cuando bajamos a desayunar recibo un mensaje de Alejandra, quien me pregunta si permaneceremos en Tlayolan. “Naím ya tiene tarea”, me dice, “en la escuela continuarán las clases”. Miro a mi hijo que se lleva a la boca una cucharada de cronpos. Pienso en mí cuando tenía su edad. En lo lejos que está mi infancia de la suya. La vida sigue. Tiene que seguir. Alejandra insiste, pero yo no tengo una respuesta. Por alguna razón sólo logro decirle que no se preocupe, que todo estará bien, que le avisaré pronto.

* * *

Casi una hora después, mientras desayunamos enchiladas, von Düben me dice que debe volver a Puebla. Está buscando a alguien que viaje a Guadalajara para tomar ahí un camión, pero no ha tenido éxito. Providencial, mamá me manda un mensaje para avisarme que han entrado a Guadalajara con éxito. “Todo bien, hijo, hay un poco de tráfico, pero los coches están fluyendo”. Un poco más confiado —o menos preocupado— le digo a Alejandro que se aliste para la aventura.

Circula un video donde el secretario de Defensa, Ricardo Trevilla, anuncia que 28 militares perdieron la vida en la emboscada en Tapalpa. Un par de días después, Omar García Harfuch corregirá la cifra a treinta. Quizás dos más fallecieron por las heridas; quizás para las cifras oficiales sea mejor redondear. Me digo que cada soldado, cada sicario es un nombre. Al menos setenta sicarios murieron en el enfrentamiento. Cien muertos suena casi cabalístico.

Desde el 10 de enero de 2007 hasta el 17 de octubre de 2025, se sumaban 163 agresiones a militares en Jalisco, con un total de 28 soldados fallecidos. Según expresa el periodista Arturo Rojas, Jalisco es el segundo estado más letal para los soldados mexicanos. 

Hay otras cifras notables. El 10 de febrero pasado, Andrés Rodríguez publicó en El País una nota que cimbra la conciencia: “El 78% de las 18.000 armas incautadas por México en lo que va del sexenio proviene de Estados Unidos”. Para sorpresa de nadie, las armas incautadas esta semana provienen de las mismas fábricas sureñas, ubicadas principalmente en Arizona. Otras fuentes indican que el 20% restante de los rifles de asalto usados por el CJNG procede de Israel.

* * *

Apuramos el desayuno y los preparativos del viaje. Es mejor salir pronto pues yo todavía tendré que emprender el regreso y no quiero tomar la carretera de noche. Apenas se sube, Naím se dispone a jugar en su celular. Concentrado en aquella ventana digital, no verá los camiones quemados que encontraremos durante el viaje. Me pregunto si es buena idea contarle lo que está pasando. Pienso en aquel poema de Maggie Smith: “La vida es corta y el mundo / es, por lo menos, la mitad de terrible, y por cada amable / desconocido, hay uno que te rompería, /aunque no le cuento esto a mis hijos”.

En la calle no hay gente. Otra vez el peso del silencio se posa sobre mi conciencia. Como única defensa, enciendo el coche y dejo que el estéreo nos envuelva. Suena una canción de Maná. Von Düben me pide que la quite porque esa banda no le gusta. “¿Cuál pongo?”, le pregunto y, sin dejar de mirar al frente, me responde: “ponte a Lou Reed”. Me parece adecuado. Cambio la canción e iniciamos el camino hacia el lado salvaje.

Un par de minutos después lo descubro tarareando. “Ése no es Lou Reed”, lo acuso. Von Düben me mira apenas unos segundos. “No”, dice categórico, “es ‘Rayando el sol’”. Los dos nos soltamos a reír.

«Tlayolan», en el universo literario que el autor creó en su obra, se refiere a Zapotlán el Grande, ciudad del Sur de Jalisco.

Hiram Ruvalcaba. Es narrador y académico del Centro Universitario del Sur. Licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Entre sus reconocimientos destacan el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela (2016), Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay (2020) y el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez (2021), entre otros. Ha publicado novela y libros de cuento y crónica, como Los inocentes, Todo pueblo es cicatriz, Me negarás tres veces y Los niños del agua.

Post Views: 295