Encuentro con esos curiosos objetos

590

Pocas cosas tienen tal despliegue de imaginación como una feria de libro. Nunca, como en esa ocasión en que a la cultura, lo que sea que cada quien entienda de eso, se le festeja con manteles largos. Aun cuando se han encargado de divulgar, desde hace algunos años, tesis catastrofistas referentes a la desaparición del libro impreso, las ferias de libros siguen teniendo lugar en diferentes ciudades del mundo: a las que los lectores van, presurosos en algunos sitios y en gran número en otros, como aquel animal cansado que a campo traviesa encuentra un bebedero. Los libros salen al paso de la gente, del hipotético lector: ese tendría que ser el espíritu de una feria, sacar de algún modo los libros a la calle. Y atrae por igual a un sinnúmero de interesados y curiosos. La cosa es como en el tianguis: se ve, se pregunta un precio, y se compra o se sigue al siguiente expendio. En esto, como en todo, hay cosas susceptibles de mejora, sin duda.

Una feria de libros depara más que portadas y estantes llenos de volúmenes; ofrece, en algunos casos, las cosas que uno quiera encontrar, pero también aquello que no se busca, o se tiene la impresión de que no podrá encontrarse. En los pasillos y rincones se suscitan todo tipo de encuentros, como el que se da con esos curiosos objetos llamados libros.

En el stand de Argentina, por ejemplo, encontré un par de novelas de Juan José Saer, publicadas por Seix Barral, que es prácticamente imposible encontrar en México: El entenado (1983) y La pesquisa (1994) (pregunté precio, ni me lo dieron, no están a la venta). En el de Valdemar topé con un volumen que contiene los cuentos completos de Franz Kafka y Vampira, relatos sobre mujeres vampiro, de un sinnúmero de autores. En Adriana Hidalgo me encontré con Reina Amelia (1999) de Marosa di Giorgio, de quien recién se habían llevado el último volumen de sus Papeles salvajes (1979). En el stand de Uruguay, una novela de Onetti, La vida breve (1950) y de Mario Levrero un par de libros desclasificados e inencontrables en México, tanto en librerías establecidas como en tiendas de viejo: Aguas salobres y Todo el tiempo; además de Diario de un canalla (2013).

En los pasillos de libros
El puerco que engordé por algunos meses torció el rabo y compré Reina Amelia en un lugar y los de Levrero y el de Onetti en otro. Mientras la cajera hacía la suma de estos últimos, una mujer, de mediana estatura, delgada en su finitud, pelo negro suelto, de nariz aguileña, ojos grandes, me preguntó: “¿Usted va a comprar esos libros?”.

Ante mi respuesta afirmativa, animada por una camaradería hasta entonces secreta, dijo con voz aquietada, emocionada: “Mi primer libro me lo reseñó Levrero”. Era un hombre, dijo, que tenía problemas mentales, en sus últimos días se casó con una psiquiatra, que iba por él a la farmacia donde yo trabajaba y donde él se pasaba las horas viéndome mientras estaba yo detrás del mostrador. “Era un hombre taciturno, que miraba fijo, que escribía siempre y parecía que el mundo le pasaba desapercibido”. La mujer es la poeta Melisa Machado, que también se ha dedicado al periodismo en su natal Montevideo y por estos días presenta libro en FIL. La de encuentros que hay…

Artículo anteriorRogelio Guedea
Artículo siguienteLa Curva