martes, junio 23, 2026
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El rostro humano detrás de estudiar Medicina

La empatía, la resiliencia y el compromiso, tres ingredientes imprescindibles para quienes siguen esta carrera

Antes de entrar a estudiar Medicina, Orianna Guerrero, del Centro Universitario de los Altos (CUAltos) y actualmente interna médica, imaginaba un mundo parecido al de las series de televisión: salas de hospitales llenos de drama, diagnósticos brillantes y cirugías espectaculares. Sin embargo, la realidad que encontró es muy distinta. Tras años de formación académica, y ahora enfrentándose a la práctica clínica desde el internado, la estudiante ha descubierto que la medicina está mucho más cerca de la empatía, la resiliencia y el compromiso humano que de la imagen idealizada que suele mostrarse en la pantalla.

Actualmente, Orianna realiza su internado médico en el Hospital Civil de Guadalajara, una etapa en la que la teoría aprendida durante años se encuentra de frente con la realidad de los pacientes. Para ella, esta experiencia no sólo ha transformado su forma de entender la profesión, sino también su manera de ver la vida. “Pensaba que todo sería como lo pinta la televisión o las películas, y no podría haber estado más equivocada”, comenta.

Uno de los mitos más comunes sobre la carrera es que quienes estudian medicina deben de sacrificar por completo su vida personal. Aunque reconoce que la exigencia académica es alta, considera que la realidad es más compleja de lo que muchas personas imaginan. También cree que existe una fuerte romantización de la profesión. “Las personas se dejan llevar por lo que ven en las series de televisión, cuando en realidad no es así. No es cirugías, drama y ya; hay demasiado estudio detrás, horas sin dormir, llanto, desesperación y regaños a veces sin motivo”.

A lo largo de la carrera descubrió aspectos que nadie le había contado. Más allá de los retos académicos, encontró una competencia constante entre algunos compañeros y situaciones que pusieron a prueba su confianza y su carácter. Sin embargo, uno de los mayores impactos llegó al enfrentarse a la enorme cantidad de información que debe procesarse a diario. “El volumen de información que recibes al día en ocasiones es hasta desesperante”, señala.

Aunque la formación médica implica años de estudio, fue durante el internado cuando sintió que realmente comenzó a vivir la medicina. “Cuando los pacientes te ven como la doctora, te hacen preguntas, te exigen tratamientos y tú eres la primera línea en muchísimas cosas, entiendes que a veces de ti depende el cuidado o la vida de un paciente”.

Esa cercanía con las personas también transformó la manera en que entiende la enfermedad; con el tiempo dejó de ver únicamente diagnósticos o expedientes clínicos, y comenzó a observar las historias humanas que existen detrás de cada paciente. “Dejé de ver a pacientes y ahora veo a personas, con familias, a quienes les cambia la vida un diagnóstico”.

Para Orianna, el aspecto más difícil de la profesión no ha sido lo académico, sino lo emocional; pues a lo largo de su formación ha presenciado situaciones dolorosas que dejan huella; niños víctimas de maltrato, adultos mayores abandonados y familias que reciben noticias capaces que les cambia la vida para siempre. “Ver cómo algunas familias se rompen con un diagnóstico, un fallecimiento o una mala noticia, es de las cosas más difíciles”.

Frente a estas experiencias, aprender a gestionar las emociones se vuelve una necesidad. Cuando enfrenta situaciones especialmente complicadas, busca momentos para procesar lo que siente antes de continuar con su labor; entiende la importancia de cuidar de sí misma para poder ser un apoyo efectivo para los demás. “Prefiero salir de la habitación para relajarme o dejar salir mi sentimiento antes de continuar ayudando a las demás personas”.

Sin embargo, a pesar de la presión que existe dentro de la profesión por aparentar fortaleza, Orianna considera que conservar la sensibilidad es indispensable para brindar una atención humana y, para lograrlo, intenta recordar que detrás de cada caso existe una vida que ha sido alterada por la enfermedad.

Fuera del hospital encuentra apoyo en su familia, sus amigos y su pareja; ellos representan las anclas emocionales que le permiten mantener un equilibrio entre la profesión y su vida personal. “Me ayudan a recordar quién soy aún en los momentos en los que ni yo sé qué me está pasando”. También reconoce que una de sus prioridades es tratar a los pacientes de la misma forma en que le gustaría que alguien atendiera a las personas que más quiere. “Ayudar como me gustaría que ayudaran a mi familia o a mí, si nos encontráramos en esa situación”.

Al observar su futuro, uno de sus mayores temores no está relacionado con los desafíos médicos o académicos, sino con perder aquello que considera más valioso, la humanidad que la caracteriza. “Mi miedo es empezar a ser sólo un médico más y una persona capacitada para dar atención médica”. Por ello, espera conservar siempre su capacidad para conectar con las personas, su gran corazón y la ligereza de su sentido del humor que la acompaña desde antes de ingresar a la carrera.

Después de todo lo vivido, Orianna define la medicina como una responsabilidad que exige empatía y comprensión. “Ser médico es ser la persona con la que acuden cuando más vulnerables se encuentran. Nadie va al médico por diversión, y hay que tratar a la gente con el debido respeto y empatía que se merecen, porque no sabemos por lo que están pasando”.

Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.

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