miércoles, julio 8, 2026
miércoles 8, julio, 2026

El otro mundial: comunidad, fiesta y descontrol

Las calles y plazas de las ciudades se convirtieron en el lugar donde la mayoría de la gente pudo disfrutar y vivir un evento mundialista que, para muchos, se volvió prohibitivo, pero también donde se dio rienda suelta a manifestaciones que en algunos casos van más allá de una sana pasión deportiva

Especial

El silbatazo del árbitro Alireza Faghanil en el Estado Azteca, después de 12 minutos de agregado, puso fin a la participación de México en este Mundial 2026. Y aunque sin el equipo anfitrión la competencia ya no será la misma para la afición del país, lo que no se ha acabado aún es la otra cara de la justa mundialista: la que no se vive en los estadios, atiborrados de influencers, figuras públicas y uno que otro verdadero aficionado, sino la fiesta que se vivió y se vive en la calle.

En plazas públicas, fan fest y public viewings, instalados en diferentes puntos de las ciudades y municipios del país, es donde reinan la pasión, los bailes y las porras, en una apropiación del espacio público que no se había visto antes a tal escala.

“Para la gente es la nación misma la que es representada en estos eventos. Esto hace que comience a habitar con mayor frecuencia y fuerza los espacios públicos, porque ya no solo estamos hablando de un club deportivo en específico, sino de un pueblo completo. Esto es algo muy particular de los mundiales, un fenómeno que casi no podemos ver en ningún otro evento”, explicó Jorge Gómez Naredo, investigador del departamento de Sociología del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH).  

En Guadalajara, basta circular por diferentes lugares de la ciudad para ver, todos los días, un desfile multicolor de camisetas, en los que predomina el verde de la selección nacional, que se porta con el orgullo de quien pone su fe en once jugadores sobre la cancha, aunque la realidad nos mantenga lejos de los mejores del mundo.

Al final, todo trasciende el balón. Permanece en lo invisible: en los recuerdos que se quedan latiendo, en las manos que celebran juntas, en las voces que nos enseñaron a amar este juego. Porque el futbol no sólo se juega en la cancha, se hereda, se comparte y se guarda en la memoria y es ahí, en esos instantes compartidos, donde se escribe parte de nuestra historia

Fotografía: Luis Manuel Sosa Gutiérrez

Los coreanos, los favoritos

La relación entre Guadalajara y ciertas selecciones extranjeras en los mundiales no es una novedad y nos remonta a 1970, cuando los tapatíos quedaron cautivados por el juego espectacular de la selección de Brasil, encabezada por su máxima figura: Pelé. Desde entonces se generó un vínculo especial con la verdeamarela.

Para esta edición 2026, hubi un nuevo vínculo acompañado del grito: “coreano, hermano, ya eres mexicano”. En muy poco tiempo la selección de Corea del Sur se convirtió en una de las favoritas de la afición tapatía.

Los coreanos aquí mostraron una faceta distinta: bailaban, tomaban tequila, cantaban, le mentaban la madre al equipo América y gritaban “viva México cabrones”. Se les vio en las funciones de lucha libre, bailando el gangman style, tomando cantaritos en Tequila y en medio del bullicio. Se convirtieron en la sensación en todos los espacios que visitaban. Aunque la afición colombiana también hizo su parte, subrayando las similitudes y la hermandad entre los dos pueblos; en suma, por unas semanas, la fiebre mundialista se apoderó de Guadalajara, su gente y los visitantes.

Según Naredo, la euforia es una de las emociones más notables dentro de esta celebración: “Hubo ciertas características que propiciaron que fuera mucho más intensa esta emoción; el hecho de ser nosotros un país anfitrión, el papel de las redes sociales para mostrar una visión más amplia de estas celebraciones; memes, publicaciones y reivindicaciones de nuestra singularidad como pueblo alegre, único”.

Fotografía: Iván Lara González

El cielo de colores

El andador 20 de Noviembre, en el corazón de Zapopan, se vistió de colores. Más de 200 mujeres del municipio de Etzatlán se encargaron de tejer un cielo de casi 300 metros de longitud con las banderas de los países de los equipos que visitaron la ciudad: Corea del Sur, España, Uruguay, Colombia, República del Congo, Chequia y México.

Se convirtió pronto en un punto de visita casi obligado: hay quienes prefieren madrugar para captar las mejores tomas del lugar o ejercitarse, otros optan por la algarabía del mediodía o la noche para atestiguar esta obra y convivir con más aficionados. 

Bajo ese cielo tejido a mano, Zapopan no solo se volvió un espacio más, se volvió abrazo. Cada hilo, cada color, cada bandera suspendida en el aire, cuenta la historia de una ciudad que decidió encontrarse con el mundo desde la calidez de su gente. 

Aquí no importan las distancias ni los idiomas, basta levantar la mirada para entender que el futbol también se vive así, en comunidad, en fiesta, en un cielo compartido que, por unos días, hace sentir a los visitantes que juegan en casa.

Hermandad, pertenencia y sentido de comunidad en las calles: esto es el sentimiento que ha dejado un buen sabor de boca en esta competencia y que se vivió principalmente alrededor de los fun fest y los lugares representativos del país y de sus principales ciudades, como el Ánel de la Ciudad de México y la Minerva en Guadalajara.

“El fútbol es entretenimiento, es diversión y podemos decir que une a la gente. En el caso de México sí hay procesos de unión poblacional. El fútbol puede llegar a unirnos porque la ambición es compartida pero esto es momentáneo, no duran para siempre, sin embargo, podemos quedarnos con ese orgullo a nuestra singularidad, a nuestra historia y el sabernos como un pueblo único”, agregó el académico del CUCSH.

Fotografía: Gobierno de Zapopan

A unos metros del sueño

Hay una cercanía que no ocurre en la cancha, sino en los márgenes del partido, en la puerta de un hotel, donde la afición encuentra su única forma posible de estar cerca de sus ídolos. Ahí, entre vallas, accesos restringidos y dispositivos de seguridad desplegados en distintas áreas, se concentra una emoción contenida. No hay boletos accesibles, el futbol se ha vuelto, muchas veces, un espectáculo que solo puede vivirse desde afuera. Por eso este punto adquiere valor, por el instante en que los jugadores aparecen, breves, inalcanzables, pero lo suficientemente reales como para sentir que el sueño está a unos pasos.

El recibimiento no pudo ser mejor. Para el segundo partido disputado en Guadalajara, centenares de aficionados abarrotaron los alrededores del hotel de concentración de la selección mexicana. Los recibieron con fuegos artificiales, cantos, mariachi y coreando sus nombres.

El encuentro fue breve, unos minutos para saludar a una afición ávida que vibra con la emoción mundialista. Ese fue el gran momento compartido, con miradas de niños que sueñan con ser como ellos.

El día del partido, la historia se repitió. Familias, grupos de amigos y medios de comunicación se dieron cita para despedir al equipo en su salida rumbo al estadio. Se apostaron en la puerta principal del hotel, con la incertidumbre de si realmente verían pasar a sus ídolos, conscientes de que existen varias rutas para evitar el contacto directo.

El partido estaba programado para las siete de la noche y el tiempo avanzaba con aficionados yendo de un lado a otro en el centro comercial que alberga el hotel. Entonces, corre el rumor: la salida no será por la puerta principal. Es ahí cuando la calle Colomos revela otro escenario, vallas, elementos de seguridad y un perímetro completamente acordonado. Son casi las cinco de la tarde y todo indica que el encuentro no sucederá.

Minutos después, el movimiento comienza. Los bloqueos viales se intensifican, los agentes toman sus posiciones y, a lo lejos, se asoma el autobús que transporta a los mejores jugadores del país.

Arranca el recorrido. El grito de “¡México!”, “¡México!” crece, se multiplica. La emoción está a flor de piel, es inevitable sentir cómo se agolpan las lágrimas. La afición grita, los jugadores responden con gestos y saludos, hasta que se pierden en el horizonte.

Es en ese breve lapso donde la afición encuentra su manera de estar presente. Porque cuando el futbol se aleja por el precio y la distancia, lo único que queda es esta cercanía fugaz, la de ver pasar, por unos segundos, a quienes, en unas horas, harán vibrar a todo un país.

Fotografía: Luis Manuel Sosa Gutiérrez

La resaca de la fiesta

También está el mundial que no se televisa, el que se cuenta mediante las redes sociales, el de las toneladas de basura después de cada jornada, el de los cuerpos que caen tras el impulso colectivo bajo el grito “quiere volar”, los límites que se cruzan, derribando vallas para ingresar a un fan fest sobre las alas de la euforia. Un mundial que se juega fuera de la cancha, donde el marcador no se mide en goles, sino en lo que queda cuando la fiesta termina.

Ante las pantallas gigantes y los diversos escenarios que implicaron actividades en torno al futbol, la multitud salta, se abraza, canta, lanza cerveza al aire, pero el eco de la celebración se transforma en otra escena menos festiva. 

Cuando el partido termina, la música se apaga y las banderas dejan de ondear, el suelo habla con vasos aplastados, botellas a medio terminar, restos de comida, plástico, hieleras, que cubren las calles como una segunda alfombra, incómoda, que en ocasiones hace imposible caminar con facilidad.

Fotografía: Luis Manuel Sosa Gutiérrez

En estos espacios, además, la escena se repite con precisión: primero el grito, luego la cerveza al aire, después la avalancha humana. Y en medio de ese ritual aparece una práctica que se volvió consigna: “quiere volar, quiere volar”, con cuerpos levantados entre conocidos y desconocidos, impulsados hacia el aire como símbolo de júbilo colectivo. Pero no todos salen bien librados, entre la espuma, el alcohol, la multitud y malos cálculos, algunos terminaron en el pavimento y quizás con secuelas.

Testimonios y reportes extraoficiales hablan de personas golpeadas e incluso casos de posibles traumatismos tras ser lanzadas sin control, mientras servicios médicos atendían descompensaciones, caídas y golpes en medio del caos festivo. Las redes sociales dan cuenta de esta práctica que se repite infinidad de veces.

En distintos puntos del país, estas acciones han derivado en momentos de tensión, daños materiales, personas atropelladas, lesionadas y fallecidas, según algunos informes.

En medio de la euforia colectiva, hay gestos, como estos que contradicen el espíritu del juego limpio que se celebra en la cancha. La falta de civismo se hace visible en cada botella arrojada al suelo, en cada empujón sin medida, en cada acto que ignora al otro y al espacio compartido.

Fotografía: Iván Lara González

¿Y la derrama económica?

La mayoría de los países buscan atraer grandes eventos como el Mundial de futbol por la exposición global del país y la derrama económica, aunque sólo sea a mediano plazo; sin considerar los efectos económicos y sociales negativos que permanecen después de que un equipo levanta la copa.

María de los Ángeles Huízar Sánchez, especialista en turismo y desarrollo sustentable del Centro Universitario de la Costa (CUCosta), consideró que el beneficio económico inicial se concentró con la visita de las selecciones de futbol, de acompañantes y de quienes se desplazan a los estadios. 

“Es un evento que deja recursos económicos a la parte turística; por ejemplo, el hospedaje, los restaurantes, bares y establecimientos, generando un beneficio que nos sirve de promoción del destino turístico de Guadalajara y México”, dijo.

A mediano plazo, Huízar Sánchez consideró que la exposición internacional de la ciudad sede será el principal beneficio. “Tener todos los reflectores del mundo hace precisamente que incrementen las visitas o, por lo menos, que el destino figure como turístico y la gente programe visitas. A mediano plazo tendrá un efecto importante”, destacó.

A largo plazo es difícil vislumbrar los efectos, el turismo es muy cambiante, dadas las condiciones geopolíticas en el ámbito internacional, consideró. Sin embargo, al mismo tiempo destacó las expresiones de descontento social por el mundial ante las necesidades y problemáticas que hay en nuestro país.

“Mejorar la infraestructura para un evento deportivo considerando los problemas sociales como el desempleo, inseguridad, entre otras, generó un descontento en la Ciudad de México, con los maestros de la CNTE y las madres buscadoras de personas desaparecidas, quienes demandaron atención a los problemas que viven al día y que deberían ser lo más urgente de atender”, dijo.

La falta de transparencia también generó inconformidad del sector turístico por la falta de datos actualizados, tampoco en tiempo real, para medir el beneficio que genera el mundial en Jalisco para tomar decisiones. 

Además, la desigualdad de los beneficios económicos que generará el mundial en México es una de las principales inquietudes, pues se distribuirá en 45 por ciento para la Ciudad de México, 30 por ciento para Monterrey y 25 por ciento para Guadalajara.

Entre la resaca, la incertidumbre sobre los beneficios que dejó el Mundial al país y las esperanzas frustradas, también quedará en el imaginario nacional e internacional la pasión con la que México vivió la competencia. Aunque a partir del domingo 5 de julio ya no es lo mismo.

“Para México el mundial ya se acabó. Mucha gente va a seguir viendo los partidos porque los mundiales son divertidos, pero ya podríamos esperar una disminución de este tipo de fiestas y de este tipo de actos, sobre todo en el espacio público”.

Fotografía: Iván Lara González

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