El otro ángel caído

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Los diez minutos de felicidad de Rosario, que hacen de introducción al filme La mujer del puerto (del director Arcady Boytler y realizada en 1933), son en realidad el preámbulo a la fatalidad de una mujer.
Las escenas iniciales, que parecen haber sido extraídas de una película muda, son el resumen de las castas aspiraciones de algunos seres femeninos por alcanzar la felicidad en su anhelo de casarse con el hombre que aman (“Soy tan dichosa” —dice Rosario en un parlamento). Ser en la predestinación, su padre delicado de salud se enferma y muere al comienzo de la historia, cuando intenta (endeble por el padecimiento) asesinar con un martillo al novio de Rosario, que habita en un cuarto de la misma vecindad; el anciano es empujado escaleras abajo y deja de existir en tanto su hija consigue que el boticario le fíe los medicamentos; antes o después, es asediada por el jefe de su padre (quien a la sazón trabajaba en una funeraria y construye su propio féretro), y engañada por su novio quien le prometió conseguir un mejor empleo para alcanzar el matrimonio: es el colmo de la desgracia.
Argumento basado en pasajes del cuento “Le port” de Henry Guy de Maupassant (y al parecer también en el relato “Natasha” de León Tolstoi), la historia, en todo caso, recurre a una tragedia repetida con frecuencia en la vida de algunas mujeres mexicanas que se han visto enredadas entre el amor y la traición del ser amado y, luego, como le ocurre a Rosario, se han abandonado a la vida que —irónicos o descarados—, hemos llamado “alegre”.
El destino de Rosario se decide el día 26 de febrero de 1928, cuando en el pueblo se celebra el carnaval. Desde la tristeza, desde la fiesta de la mascarada, la mujer se transforma de la fatalidad en una mujer fatal que debido al infortunio, poco después será conocida como la mujer del puerto, aquella que recibe a cuanto marinero llega para prostituirse como último recurso para sostener su vida y por vengar —a su manera— la traición recibida.
El filme del director ruso Arcady Boytler, hizo llorar a más de una de nuestras abuelas en las oscuras salas de cine. No digo que a los abuelos, porque Boytler retrata fielmente a la cultura machista mexicana y quizás se molestaron o, tal vez, se entusiasmaron con las acciones repetidas —por costumbre— por éstos.
En todo caso los renovados sollozos femeninos se convirtieron, a lo largo del tiempo, en un “valle de lágrimas”, como acostumbramos decir cuando nos aquejan las continuas desdichas.
En medio de la fiesta del carnaval va el cortejo fúnebre. Máscaras. Confeti. Serpentinas. Fiesta desatada… (Una Andrea Palma surgida del fondo de la multitud. Su actuación, sus gestos, su llanto, provienen de los histrionismos del primer cine de Hollywood y recuerda a Dolores del Río.)
Es desde allí que surge el grito; desde donde, en cierto momento de cordura, las voces del pueblo claman: “¡Es el entierro de don Antonio! ¡Es el entierro de don Antonio!”.
Luego, con el corazón endurecido, aparece la estampa de una magra mujer fumando, siempre a la espera de los hombres que llegan del mar, hambrientos de placer y con el deseo en ristre ansiosos de comprar amor. Pero del mar llega un marino que se relaciona con Rosario, y a la postre, se da cuenta que es su hermano y que ha cometido incesto. Y a la mar va, y se hunde en sus aguas…
La mujer del puerto se ha vuelto clásica a través del tiempo, y nuestra memoria cree ver en el afiche toda la historia que Antonio Guzmán Aguilera realizó para el quizás más grande filme de Arcady Boytler, quien había llegado a México en los primeros años del siglo XX (acompañado de Sergei Eisenstein, creador del para siempre inconcluso ¡Que viva México!); pronto localizó los puntos clave de la idiosincrasia mexicana y logró convertirse uno de los más aclamados directores de la llamada Época de Oro del cine nacional.
No menos célebre que Arcady Boytler y su Mujer del puerto, no menos puntual que la actuación de Andrea Palma y que la figura de Rosario bajo un farol fumando, es la canción “Vendo placer”, que musicalizó Manuel Esperón.

Vendo placer,
a los hombres que vienen del
mar,
si se marchan al amanecer
para qué yo he de amar…

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