Jesús Arroyo Alejandre / Taku Okabe
Profesores-investigadores, Departamento de Estudios Regionales-INESER, CUCEA /
Integrantes del Programa de Estudios México-Japón (PROMEJ)

El debate sobre el Paquete Económico en México suele concentrarse en la necesidad imperiosa de la consolidación fiscal. A primera vista, la deuda bruta del gobierno general de México (58.4% del PIB en promedio durante 2020-2027) parece envidiable frente a la de Japón (214.2% del PIB en el mismo periodo). 

Sin embargo, un análisis riguroso de los datos del FMI revela que ambas naciones enfrentan dilemas fiscales y monetarios diametralmente opuestos, cada uno con costos de largo plazo extremadamente severos para el desarrollo económico.

La trayectoria de Japón ofrece un espejo crítico para las economías emergentes. Según las proyecciones del FMI (octubre de 2026), el país nipón pasaría del 4° lugar en 2026 al 6° lugar en 2027, superado por India y el Reino Unido. 

Cuadro 1. Deuda pública México y Japón 2020–2027* (Unidad: % de PIB)

2020 2021 2022 2023 2024 2025 2026 2027 Promedio
México 58.5 56.7 53.8 52.7 59.0 61.7 62.1 62.9 58.4
Japón 228.8 222.6 228.0 220.1 213.6 204.8 199.4 196.4 214.2

*Cifras de 2026 y 2027 son proyecciones (Japón: 2025 es estimación). Fuente: IMF, World economic outlook database (a oct. 2026)

Este estancamiento prolongado no es únicamente un fenómeno demográfico, sino que también se relaciona con tres décadas de persistente política monetaria expansiva. Ante la elevada deuda pública y el estancamiento, el Banco de Japón mantuvo las tasas de referencia ultrabajas o negativas. En paralelo, el gasto anual en pagos de intereses netos ha sido inferior al 0.4% del PIB en promedio durante el periodo 2020-2027 (Cuadro 2). 

Esta reducida carga de intereses refleja las bajas tasas de interés y las características del financiamiento de la deuda japonesa. Japón también es uno de los principales acreedores netos del mundo, aunque esta posición corresponde al conjunto de la economía, no exclusivamente al gobierno. No obstante, los costos estructurales de largo plazo fueron considerables. 

Las tasas de referencia persistentemente bajas pudieron reducir la presión financiera sobre algunas empresas y contribuir a prolongar la permanencia de unidades productivas poco eficientes, con posibles efectos sobre la reasignación de recursos y el proceso de destrucción creativa.

Este proceso coincidió con una prolongada dinámica deflacionaria y una débil actividad económica. Al mismo tiempo, Japón fue perdiendo peso relativo en la economía mundial, aunque la evolución de su PIB nominal medido en dólares también está influida por los movimientos del tipo de cambio. 

La experiencia japonesa sugiere que una estrategia prolongada de tasas extremadamente bajas puede aliviar la presión fiscal en el corto plazo, pero también generar incentivos que limiten el dinamismo económico y la reasignación eficiente de recursos en el largo plazo.

Cuadro 2. Pago de intereses netos México y Japón 2020-2027* (Unidad: % del PIB)

2020 2021 2022 2023 2024 2025 2026 2027 Promedio
México Pago de intereses netos 4.39 4.33 5.05 5.80 5.93 6.10 5.90 5.63 5.39
Balance fiscal total -4.290 -3.747 -4.322 -4.297 -5.764 -4.860 -4.229 -3.855
Balance primario 0.095 0.587 0.726 1.498 0.170 1.242 1.666 1.776
Japón Pago de intereses netos 0.62 0.59 0.40 0.22 0.12 0.20 0.27 0.66 0.39
Balance fiscal total -9.037 -6.322 -4.212 -2.384 -1.657 -0.709 -1.443 -2.116
Balance primario -8.417 -5.737 -3.812 -2.160 -1.541 -0.511 -1.172 -1.459

*Cálculo propio a partir de la diferencia entre el balance primario y el balance fiscal total. Las cifras de 2026 y 2027 son proyecciones (Japón: 2025 es estimación).

Fuente: IMF, World economic outlook database (a oct. 2026)

En el extremo opuesto del espectro macroeconómico se encuentra México. Como se observa en el Cuadro 2, nuestro país destina en promedio más del 5% del PIB al pago de intereses netos durante el periodo 2020-2027. En proporción al PIB, esta carga promedio es casi catorce veces la de Japón.

Aquí radica la trampa del modelo mexicano: la rigidez de este compromiso no es una simple preferencia ideológica por la austeridad, sino una necesidad estructural insoslayable. Un deterioro persistente del balance primario podría aumentar los riesgos para la sostenibilidad de la deuda y generar presiones sobre la calificación crediticia, el tipo de cambio y los flujos de capital. 

Este elevado costo del servicio de la deuda reduce el margen de maniobra fiscal y limita los recursos disponibles para posibles inversiones públicas estratégicas en infraestructura, salud, seguridad y educación.

En este contexto, mejorar el bienestar de la población sin ampliar significativamente el gasto público se convierte en uno de los principales desafíos de política económica. Una de las respuestas adoptadas en los últimos años ha sido el incremento sostenido del salario mínimo. Pero su sostenibilidad a largo plazo depende, entre otros factores, de la evolución de la productividad laboral. 

En una economía donde más del 50% del empleo es informal, los aumentos salariales que no vayan acompañados de mejoras suficientes en la productividad pueden generar presiones sobre los costos de las empresas, especialmente las pymes, y dificultar la formalización del empleo.

México no puede decretar la prosperidad ni sostener indefinidamente el crecimiento de los salarios reales si el sector productivo carece de la capacidad financiera, tecnológica y productiva necesaria para respaldarlo. Por tanto, el Paquete Económico no debe evaluarse únicamente bajo la métrica simplista del déficit nominal o el tope de endeudamiento. 

La experiencia japonesa sugiere que mantener condiciones financieras excesivamente laxas sin reformas estructurales ni mejoras sostenidas de la productividad puede contribuir a prolongar el estancamiento económico del país. 

México no puede permitirse el lujo del endeudamiento irresponsable ni la complacencia ante el alto costo del capital.

El desafío para el Paquete Económico y las políticas públicas del país consiste en diseñar un entorno donde la consolidación fiscal coexista con incentivos reales a la inversión productiva, la adopción tecnológica y la formalización económica. 

Solo mediante un sector productivo capaz de generar mayor valor agregado y elevar la productividad, con inversión privada y una colaboración eficaz entre los sectores público y privado, será posible atender el costo de la deuda, sostener salarios verdaderamente dignos y evitar una trayectoria prolongada de bajo crecimiento similar a la observada en Japón durante las últimas décadas.

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