
La Plazuela Vallarta despierta sin prisa. Entre árboles, pasos de corredores y ciclistas matutinos acompañados del ruido del motor constante de los autos que circulan por avenida Vallarta, una figura mira hacia adelante. Es el Monumento del Inmigrante Libanés.
Cuando paso frente a él, no lo veo como una estatua, sino como una pregunta que vuelve, un pasado vigente que inunda la memoria.
Mi abuela libanesa traía esa cultura en las manos, en la forma de cocinar, en los aromas que llenaban la casa, en los nombres de los platillos que aprendí a pronunciar antes de entender su origen. Mi vida, sin saberlo al principio, ha estado marcada por esa cultura que llegó a México y Guadalajara sin hacer ruido y se quedó para siempre.
A finales del siglo XIX, y durante las primeras décadas del XX, familias libanesas arribaron a México escapando del hambre, la guerra y el colapso del Imperio Otomano. Entraron por el mar, por Veracruz, como mis bisabuelos y abuela, quienes después migraron a Estados Unidos, pasaron por Chihuahua para posteriormente establecerse en la Ciudad de México para seguir echando raíces, las mismas que poco a poco también llegaron hasta Guadalajara.
Los libaneses aquí no formaron un barrio cerrado ni una colonia con nombre propio. Se integraron, trabajaron en el comercio, caminaron el centro histórico, se asentaron con el tiempo en distintas zonas de la ciudad.
Por eso esta estatua no está aislada, está en medio de la ciudad que los cobijó. No conmemora una llegada triunfal, sino el instante previo a echar raíces. El momento en que alguien decide quedarse.
En mi familia esa decisión se expresa en la comida. La cocina árabe sigue viva en la mesa como una forma de memoria. Hojas de parra, kipe, ensaladas frescas con hierbabuena, el aceite de oliva como base de todo, acompañados de postres como el mamul o los dedos de novia. Platillos que conviven con lo mexicano, como convivieron las historias.
Esos platillos siempre han sido una forma de narrar quiénes somos. En cada preparación hay algo que no se pierde: el gesto de compartir, de reunir, de hacer del alimento un acto de identidad. La comida libanesa, en mi casa, nunca ha sido exótica, es cotidiana y por eso profundamente nuestra.
La estatua del migrante libanés mira al frente, como si aún estuviera decidiendo el siguiente paso. Yo la miro y pienso que ese viaje no terminó ahí, perduró en las cocinas, en los apellidos, en las costumbres que se heredan sin acta ni ceremonia. En las vidas marcadas por una cultura que cruzó el mar y aprendió a llamarse también tapatía.
El migrante sigue de pie y en Guadalajara, a veces sin notarlo, sigue caminando sobre esa herencia que llegó con una maleta llena de esperanza y se quedó a vivir en la memoria y en el corazón.
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