
Diversos pueblos originarios —como mixtecos, zapotecos, mayas y especialmente los de la región de Anáhuac, cercanos al lago de Texcoco y Xochimilco—, compartían la creencia de que existía una vida más allá de la muerte. Creían que las almas debían cruzar un río con la ayuda de un guía, en este caso del poderoso xoloitzcuintle, para llegar al Mictlán (el inframundo).
Aquellos que lo lograban, regresaban al mundo terrenal cada año en el mes 17 del calendario prehispánico. Para recibirlos, sus familiares preparaban un camino de pétalos de cempasúchil y un altar con ofrendas que incluían flores, panecillos de amaranto y miel, y las comidas favoritas del difunto, explicó Efraín Franco Frías, ex director del Instituto de Investigaciones Estéticas del CUAAD.
“Con la llegada de los españoles, las órdenes religiosas (franciscanos, dominicos y agustinos) detectaron esta fuerte tradición. Al notar que el mes 17 del calendario prehispánico coincidía aproximadamente con el inicio de noviembre, decidieron fusionar la festividad indígena con las celebraciones católicas del Día de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos. Este sincretismo fue impulsado y estimulado directamente por la Iglesia”, dijo.
Como resultado de esta fusión, el altar de muertos adoptó elementos de ambas culturas: la prehispánica y la judeocristiana, por lo que emula una pirámide de siete niveles, incorporando en la parte superior la imagen de una virgen o un santo, además, se añadieron otros elementos, como una cruz de sal en el plano terrenal, vasos de agua, veladoras, papel picado y, a partir de los siglos XVIII y XIX, las calaveritas de azúcar ( posteriormente de chocolate y amaranto) junto a las flores de cempasúchil.
Sin embargo, el alcance de esta tradición no se detuvo con los altares de muertos y durante el siglo XIX se expandió hacía la literatura y la gráfica, con el nacimiento de las “calaveritas políticas” y la poderosa “Catrina”, nacida del imaginario del hidrocálido José Guadalupe Posada.
La popularidad de esta celebración, amplificada gracias a películas y series de televisión transmitidas internacionalmente, ha globalizado este homenaje de los mexicanos hacía la muerte: “Este sincretismo no es un proceso estático, sino que continúa en la actualidad. Al ser una tradición viva, hoy en día se está experimentando una nueva fusión en la que se incorporan elementos de la tradición de Halloween, de la misma manera en que se fusionaron los elementos prehispánicos y judeocristianos en el siglo XVI”, mencionó el investigador.
Una celebración que perdura
La tradición del Día de Muertos se ha extendido por todo el territorio mexicano, principalmente en la zona sur y centro del país, repercutiendo de manera significativa con celebraciones relevantes en estados como Michoacán, Guerrero, Chiapas, Ciudad de México, Puebla, Guanajuato y Veracruz.
En Jalisco, lugares como Tlaquepaque, Guadalajara, la Ribera de Chapala y Zapotlanejo realizan anualmente festivales de catrinas, desfiles y adornos en las calles, con altares grandes que se ofrendan a figuras emblemáticas de nuestro país. Mientras que la Universidad de Guadalajara, mediante sus centros universitarios o preparatorias pertenecientes al Sistema de Educación Media Superior, realiza concursos de altares y calaveras literarias, desfiles de catrinas y demás actividades para unir a la comunidad a dicha festividad.
“Este es un día de recordar y homenajear a nuestros muertos, creamos ofrendas con lo que les gustaba comer, escuchar y hacer, y todo aquello es una forma de seguir teniéndolos en nuestra mente, en nuestro corazón”, comentó Ramón Godínez Ortíz, profesor investigador titular del Departamento de Turismo, Recreación y Servicio del CUCEA.
Para que esta tradición no se pierda, el Gobierno de México, a partir del año 1989, impulsó la creación y enseñanza de los altares de muertos en sectores de educación básica, con el fin de garantizar que las nuevas generaciones tuvieran conocimientos prácticos sobre la fecha conmemorativa.
“Es importante decirle a las juventudes quiénes fueron sus antepasados, qué significa la familia. Estamos en un país en donde tenemos un arraigo familiar muy fuerte, muy importante, muy sólido, por lo que el valor de las y los que formaron parte de nuestra historia sigue siendo relevante, aún después de su partida. Es de gran relevancia el seguir creciendo la tradición y que no muera, porque al final dicen que las personas siguen vivas mientras las sigamos teniendo en nuestra memoria”, resaltó Godínez Ortíz.
La magia se alberga en la “Feria del Cartón”
Decenas de flores de cempasúchil adornan el entorno. Su olor, fuerte e inconfundible, invita a adentrarte entre el pasillo iluminado por los puestos que componen la tradicional Feria del Cartón. Desde hace 70 años, el Parque Morelos ha sido el punto de encuentro para comerciantes y público tapatío que se unen a una celebración en que el Día de muertos es la temática principal.
En cada puesto, los colores naranja y morado del papel de china, “picados” con formas de catrinas, catrines y calaveras, invitan al público a adentrarse en la magia y en la esperanza de ver volver a quienes ya se fueron.
Pequeñas, medianas y grandes calaveras de dulce decoran el puesto de Martín, quien con su esposa Esperanza comercia en la Feria del Cartón desde hace más de 30 años: “Es un oficio muy artesanal, que comenzó con mis abuelos y la hemos ido adoptando de generación en generación. Lo que más me gusta de la Feria es que logra conservar la tradición del Día de muertos, que aquí entre todos los comerciantes hemos intentado adornar más, darle a la gente otro tipo de experiencias”, mencionó.
Y es que el peso generacional que tiene esta feria no sólo se puede apreciar en los vendedores, sino también en los compradores, quienes acuden acompañados de su familia: hijos, hijas, esposas, esposos y abuelos conforman el público que se pasea entre los panes de muerto, las máscaras terroríficas y los juguetes tradicionales.
Carlos, un cliente de cempasúchiles y máscaras, acudió a la feria con sus hijos y esposa: “Es la tercera vez que venimos en la semana. Nos gusta mucho caminar por aquí, comprar todo para el altar, ver las decoraciones, es importante traer a los más pequeños a conocer nuestras tradiciones para que no se pierdan nunca”, agregó.
Desde Michoacán, Luis y sus sobrinos trabajan en un puesto de miniaturas de diferentes objetos para los altares de muerto: desde la latita de Coca Cola, el empaque de cigarros de diferentes marcas, galletas, panes y hasta la representación de unas deliciosas enchiladas verdes pueden ser compradas para la decoración de los altares más pequeños.
“Yo que vengo de Michoacán puedo decir que aquí se vive muy diferente esta celebración, pero me gusta que se pueda celebrar y adaptar a diferentes situaciones, desde el altar para la escuela o la oficina o para tener uno pequeñito en casa”, dijo.
La Feria del Cartón se ha convertido en una tradición para las y los tapatíos que creen, con toda seguridad, que pueden volver a sentir cerca a los difuntos que adelantaron su partida, esperanza que se puede apreciar cuando adornan con flores los altares, cuando besan la foto de sus difuntos y cuando abrazan, fuertemente, la vida que saben que algún día les será arrebatada.







