miércoles, mayo 20, 2026
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¿Democracia en la barra? Por qué en la cantina todos somos iguales (o queremos creerlo)

¿Qué tiene una cantina tradicional que no tenga otro bar moderno? Si has entrado a lugares como Los Campesinos, en el centro de Zapopan o a la legendaria La Fuente, en el corazón de Guadalajara, habrás notado algo extraño: ahí, la clase social parece borrarse. En la misma barra puedes encontrar a un académico de renombre compartiendo la botana con un trabajador de la zona o un estudiante.

Desde el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH), estamos estudiando este fenómeno no como una simple tarde de copas, sino como un laboratorio de convivencia humana que se resiste a desaparecer.

El “querer creer“: el truco de la mente

Para entender esto, usamos una idea del pensador Jon Elster llamada “pensamiento desiderativo” (wishful thinking). En palabras simples, es cuando nuestro deseo de que algo sea verdad es tan fuerte, que nuestra mente termina por convencernos de que así es.

A una cantina todos entramos con el deseo invisible de ser iguales. Por unas horas, decidimos ignorar quién tiene más dinero o quién tiene el mejor puesto allá afuera. Es un pacto no escrito: “Aquí adentro, sólo somos parroquianos”. Este “autoengaño” positivo es lo que permite que personas que jamás se hablarían en la calle, terminen compartiendo la vida frente a una chabela.

Instagram: @cantinalafuente


La tesis: ¿realidad o espejismo social?

Nuestra investigación se propone sostener una hipótesis audaz: en la cantina tradicional, las clases sociales se diluyen. Queremos demostrar que este espacio funciona como una “zona neutral” donde el estatus económico se queda en la puerta. No se trata únicamente de que personas distintas coincidan en el mismo lugar, sino de que su interacción cambia por completo. Al compartir el mismo espacio reducido, la misma botana y el mismo lenguaje coloquial, se genera una hibridación; es decir, las barreras que usualmente nos separan en la oficina o en el centro comercial se vuelven borrosas, permitiendo que el reconocimiento mutuo sea posible más allá de la cuenta bancaria.

La “limpieza” de las jerarquías

¿Cómo se logra esto? Gracias a lo que llamamos la dilución del habitus. Aplicando la sociología de Pierre Bourdieu, observamos que la cantina tiene una mística basada en su sencillez. Al no haber lujos, uniformes caros ni zonas exclusivas, los signos externos que nos delatan socialmente se desvanecen.

En la barra de Los Campesinos, el dinero no te da el mando. El respeto se gana con la palabra, con saber pedir, con respetar el turno de la charla y con saber estar. Es un lugar donde el capital más valioso no es la cartera, sino la capacidad de convivir con dignidad en un espacio que es de todos y de nadie a la vez.

¿Resistencia o despedida?

El reciente cierre de lugares emblemáticos, como el Bar Gil, nos duele porque no sólo cierra un negocio; se cierra una puerta a la convivencia real.

Nuestra hipótesis es que la cantina es una “heterotopía”: un mundo aparte donde el noble y el villano se dan la mano (diría Serrat). Si estas barras desaparecen, perdemos el último sitio de Guadalajara donde todavía podemos mirarnos a los ojos sin filtros de clase. La pregunta ahora es, ¿estamos listos para dejar que estos espacios evolucionen o los dejaremos morir en la nostalgia?

Instagram: @campesinos_restaurant

SOBRE EL AUTOR

Es profesor del Departamento de Estudios Socio-Urbanos, del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades. Doctor en Educación, Maestro en Gestión y Políticas de la Educación Superior, y Licenciado en Recursos Humanos por la Universidad de Guadalajara (UdeG). Autor de los libros: Mercadización de la Educación Superior: Marcos de análisis para la educación superior privada en México; y La educación superior privada en Jalisco, 1990-2000: expansión y diversificación.

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