miércoles, marzo 18, 2026
miércoles 18, marzo, 2026

Danzas polinesias, cuando el movimiento habla

Taller en CULagos muestra que más allá de las secuencias y figuras, existe una manera más atenta de mirar otras culturas, de acercarse a ellas con respeto y de entender que el cuerpo también puede convertirse en espacio de memoria y expresión

A veces una historia empieza en las manos. En las danzas polinesias, los dedos se abren con cuidado, se alargan, cambian de dirección y empiezan a dibujar en el aire, convirtiendo en movimiento una imagen, una canción o una emoción. Hay movimientos que evocan las olas del mar y otros que dejan ver el paso del viento en un giro circular; a veces se abren como una flor, trazan un recorrido, señalan un lugar o acompañan una emoción que la canción va dejando detrás. En ellos, el cuerpo guarda una parte de la memoria cultural de los pueblos que las bailan.

En el Centro Universitario de los Lagos (CULagos), esas memorias se conservan en el taller de danzas polinesias que imparte Yaretzi Guadalupe de la Torre Núñez, estudiante de séptimo semestre de la carrera de Lenguas y Culturas Extranjeras. Durante las clases, la tradición se despliega en dos caminos. Uno aparece en el hula, nacido en Hawái, donde las manos siguen el trazo de la canción y convierten en movimiento paisajes, emociones e historias. El otro se deja sentir en el ori, venido de Tahití, donde el ritmo se instala con mayor fuerza en los pies, en la cadera y en la energía que sostiene cada secuencia.

Las danzas polinesias crecieron con Yaretzi desde la infancia. Baila desde los dos años, y esa cercanía le fue otorgando otra forma de mirar el mundo. «Las danzas polinesias me abrieron la puerta a que me gustaran más culturas», dice. Haber estado en contacto con una tradición distinta a la mexicana desde tan pequeña le dejó también una idea que sigue presente en su manera de entender la danza y la cultura. «No todo el mundo es igual, no todo el mundo cree lo mismo», menciona.

El taller se imparte los martes de 11:00 a 1:00, y los jueves de 1:00 a 3:00. Foto: Leslie Vázquez

Con los años, Yaretzi aprendió a nombrar estas danzas desde un lugar más atento a su historia y a su peso cultural. En su voz aparece una insistencia constante en el respeto, en la historia que cargan estas tradiciones y en la forma en que muchas veces quedan reducidas a una imagen superficial cuando se miran desde fuera. «Hay que tener la apertura para comprender que no es así, para no limitarnos nada más a lo que nos dice la hegemonía», dice. En esa reflexión caben los sesgos, la visión turística, la costumbre de reducir una cultura a un adorno para el entretenimiento. Por eso, cuando piensa en lo que le gustaría que otras personas se llevaran del taller, menciona la importancia de “Aprender a respetar lo que es ajeno a nosotros, porque a nadie le gusta que se burlen de su cultura o que la vean como algo lucrativo».

Esa atención al respeto también pasa por cuestionar imágenes demasiado conocidas. Yaretzi explica que, para muchas personas, las danzas polinesias siguen filtradas por el estereotipo de la mujer hawaiana que se ha repetido durante años, con falda de rafia, cocos y flores usadas como simple adorno. Frente a eso, una parte importante del taller consiste justamente en romper prejuicios. Ella misma aclara que no todo lo que suele verse pertenece al mismo lugar ni responde al mismo sentido. En el ori, por ejemplo, ciertos elementos del vestuario aparecen con más frecuencia. En el hula, en cambio, los accesorios cargan otro peso, ligado a la energía, al cuerpo y a la forma en que la danza se vive desde dentro.

Desde esa mirada, las coronas, las pulseras, las flores y los materiales naturales dejan de sentirse decorativos. Yaretzi cuenta que estos elementos acompañan una visión donde el cuerpo moviliza energía al bailar y donde lo que toca las extremidades también ayuda a cuidarla o a sostenerla. Así, lo que desde fuera suele verse como parte del vestuario, forma parte importante también de la danza.

Foto: Leslie Vázquez

También las canciones pesan distinto cuando se conocen más de cerca. Yaretzi menciona que detrás de algunas composiciones famosas hay historias de pérdida, despojo y dolor. Cita, por ejemplo, la última reina de Hawái, Liliʻuokalani, y de cómo una canción puede cargar la despedida a una tierra arrebatada. Escuchar eso dentro de un taller cambia la mirada, pues muestra una historia que alcanza lo que los pueblos guardan en sus cantos y en sus movimientos.

Esa mirada empieza a moverse también en quienes toman el taller. Entre ellas está Victoria Hernández Aviña, estudiante de tercer semestre de Lenguas y Culturas Extranjeras, quien llegó con una idea bastante superficial de estas danzas, cercana a la imagen que suele repetirse desde fuera. Con las clases, esa percepción empezó a cambiar. «Me parece muy curioso cómo cuentan sus historias a través del cuerpo», dice. «Usan señas que simulan una historia que describe lugares, que describe sentimientos o formas».

A otra de las asistentes, el taller también le ha cambiado su perspectiva.  Antes, muchas de sus referencias sobre estas culturas venían de películas. Ahora, al ir entendiendo el significado de las canciones, de las señas y de los movimientos, empieza a mirar con más cuidado ciertas representaciones que antes le parecían normales. «Ahorita que conozco y nos están traduciendo y nos dicen las señas, llego a entender un poco por qué hubo tanto conflicto», menciona María Carmina González García, también estudiante de tercer semestre de Lenguas y Culturas Extranjeras.

Foto: Leslie Vázquez

En el taller se busca que quienes entren al salón se lleven algo más que una secuencia aprendida. Una manera más atenta de mirar otras culturas, de acercarse a ellas con respeto y de entender que el cuerpo también puede convertirse en espacio de memoria y expresión. «No todas las personas nos podemos expresar de la misma manera, entonces que las personas entiendan el baile o la danza como una extensión de su expresión, no solamente artística, sino que en todos los aspectos», dice Yaretzi. 

Después de todo, una historia puede empezar en las manos, y es con ellas que una persona empieza a aprender, con cuidado, lo que otra cultura ha querido conservar.

Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.

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