viernes, noviembre 6, 2026
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Cosechar agua para sembrar el futuro alimentario

A orillas de la laguna de Cajititlán, en un oasis natural de humedad, árboles y plantíos, CUTlajomulco, gobierno y productores locales trabajan en un proyecto en que los conocimientos ancestrales se mezclan con nuevas lógicas sostenibles para dar vida a una agricultura que respeta la tierra, la salud y la vida

Especial

Un halcón sobrevuela las dos hectáreas de la parcela del Bosque escuela de agricultura regenerativa (BEAR) en Cuexcomatitlán, Tlajomulco de Zúñiga. Hizo su nido sobre la horqueta de un mezquite centenario, bajo el cual avanzamos con don Felipe de Jesús Íñiguez Pérez hacia la huerta de flor de jamaica. Desde hace décadas, este hombre tiene experiencia en la producción de maíz y árboles frutales. Sin embargo, la especialidad que ha aprendido en los últimos dos años es la cosecha de agua.

El terreno es húmedo: pisamos surcos y líneas anegadas que anuncian, como si se tratara de ramas, la cercanía del fruto. Sólo después de remontar las camas de compostaje vemos, depositada en los “cráteres”, el agua, principio de la alimentación.

El BEAR es la parcela experimental coordinada por la Red ecológica de autoabasto para la soberanía alimentaria (Realsa), desde la cual se impulsa el uso del sistema Keyline (desarrollado por el ingeniero de minas y agricultor australiano P. A. Yeomans) para infiltrar agua en el subsuelo y recargar los mantos acuíferos, un esfuerzo articulado por el Centro Universitario de Tlajomulco (CUTlajomulco) de la Universidad de Guadalajara.

En este oasis de mezquites, árboles jóvenes, matorrales y maleza, donde realiza investigaciones el Instituto Tecnológico de Tlajomulco, no se cumple un milagro, sino que se desarrolla una lógica que corre paralela con la naturaleza para la producción de alimentos orgánicos.

Foto: Adriana González

La cosecha del Keyline

A la doctora Paloma Gallegos Tejeda, secretaria de la división de Salud del CUTlajomulco, no le importa hundirse en el fango con botas de bombero mientras nos describe el origen de la humedad. Llega desde el cerro El Sacramento, dice, a tres kilómetros en línea recta, y cuyas aguas irrigan la pendiente hasta la laguna de Cajititlán. 

Pero éstas ya no barren la tierra de la parcela, sino que la infiltran y rellenan los cráteres. El agua cosechada se emplea en los cultivos y el excedente se vuelve a infiltrar. Es un ciclo opuesto al empleado por la agroindustria, que extrae agua sin procurar su retorno.

“Nuestra lógica cambió, y lo primero fue cosechar agua. Después de esto, regenerar el suelo. ¿Cómo lo hacemos? Moviendo el agua y dejándola aquí, inyectándola, creando un ciclo donde no se contamine y esté disponible”.

Ya son dos años que Gallegos Tejeda visita el BEAR, donde ha podido atestiguar el avance del sistema y para ver que, pese a los malos temporales y un incendio, las plantas crecen con más brío y los árboles se arraigan.

Hacer bosque

Foto: Adriana González

En el oasis del BEAR don Felipe cultiva flor de jamaica. Bajo su supervisión, un grupo de estudiantes del CUTlajomulco, del Instituto Tecnológico de Tlajomulco y de Jóvenes construyendo el futuro del gobierno federal, siembran lechuga. 

Al otro lado del camino, don Felipe sube dos peldaños hasta el cráter principal. Al espejo de agua lo bordea una gramínea alta y gruesa traída de Veracruz que, de acuerdo con lo que nos comenta, estabiliza la estructura e infiltra el agua muchos metros abajo.

“Lo que hicimos primero fue cosechar agua y, después, avanzar hacia la transición de parcela productiva a bosque, y que en éste haya producción de plantas”.

Para el experimentado agricultor, que trabajó en proyectos de agricultura en Nicaragua, la parcela cumple con los elementos para “hacer bosque”, es decir, es una forma de procurar la vida.

“Regeneramos el lago de Cajititlán, que es el centro de las comunidades de Cajititlán, Cuexcomatitlán, San Miguel, San Lucas y San Juan. Y lo más importante: estamos alrededor del ombligo de vida. Queremos una agricultura regenerativa para cultivar el agua y hacer que nuestras poblaciones originarias sigan viviendo con su cultura”.

Foto: Adriana González

Los pueblos ribereños de la laguna de Cajititlán son localidades de origen indígena cuya población conserva los conocimientos de sus antepasados. Entre éstos, la producción comercial y artística de piezas de piedra de basalto, barro bruñido, petates, cuerdas de ixtle de maguey y la crin de caballo.

El pasado colonial de la región apunta a que, hace por lo menos 300 años, las labores artesanales se concentraban en el cultivo de la milpa, como maíz, chile, calabaza y frijol, además de trigo y maguey. Sin embargo, hoy en día la agroindustria desplaza a los métodos tradicionales.

La visión de don Felipe contrasta con las amplias extensiones vecinas de maíz transgénico que, para florecer, desecan los cuerpos de agua y pozos. “Nuestros ancestros, al contrario, cultivaban el agua para que la tierra floreciera; vemos las chinampas que todavía hay en Teuchitlán, y los sistemas agrosilvopastoriles que hacían que la biodiversidad le diera también al agua su asiento como vehículo de la vida, como madre de todo, de la tierra, de la alimentación, de la salud”.

Las ferias para productores y consumidores 

Foto: Adriana González

El Realsa del CUTlajomulco ha organizado 18 ferias agroecológicas, principalmente en la región, para promover un circuito de productores y consumidores. El objetivo de estas actividades, también coordinadas por la doctora Gallegos Tejeda, es sostenerse de la sabiduría campesina que encuentra suelo fértil en las aulas universitarias.

“El conocimiento y los saberes vienen de mucho tiempo atrás, y lo que hemos hecho en la universidad es reconocer toda esa sabiduría de los agricultores”.

En las ferias se pueden encontrar verduras y legumbres de temporada, miel de abeja, productos naturistas, flores, maíz y sus derivados, como tortillas, con las que elaboran tacos de guisado.

Uno de los productores es don Ezequiel Cárdenas Rodriguez, miembro de la Casa del maíz en San Juan Evangelista. Su pueblo es el que encierra no sólo un recorrido arquitectónico de templos franciscanos que datan de los siglos XVI y XVII, sino también uno de los reductos de maíz criollo en la región.

Don Ezequiel produce sin modificaciones biotecnológicas: maíz blanco y amarillo, pero también granos que parecen joyas, de tonalidades moradas, rojas, azules. Variedades en las que ha aplicado, durante dos décadas, los conocimientos tradicionales y científicos para aprovechar sus propiedades nutricionales.

“Cuando sembramos maíces criollos empleamos una lógica nutrimental: el maíz blanco nos aportará calcio; el maíz amarillo, betacarotenos. Pero si sembramos maíces de colores, aprovecharemos antocianinas y antioxidantes, es decir, nuestros maíces nos darán salud”.

En contraste, la producción convencional con agrotóxicos y agroquímicos procura el rendimiento a través de variedades genéticas, a cambio de la seguridad alimentaria. “Con nuestro maíz, además de garantizar la nutrición y conservación de las variedades genéticas, estamos resguardando el conocimiento de nuestros ancestros, que tiene más de diez mil años, desde la selección y evolución del maíz”.

Un sistema que evita el estrés vegetal 

Foto: Adriana González

Aunque don Ezequiel siembra maíces de alto valor nutricional y genético, además de que entiende la lógica del Keyline y sus propiedades para aprovechar la permeabilidad y cosecha del agua, enfrenta un obstáculo para aplicarlo: no tiene tierras. “Lo malo es que por eso no puedo aplicar el sistema con constancia. Pero, aún así, a donde llego, trato de hacerlo”. 

Explicó que tener agua disponible en las temporadas más secas, o si el temporal se retrasó, ayuda a evitar el estrés vegetal por falta de agua, lo que retrasaría el desarrollo.

“Al haber lapsos con mucha resequedad en el temporal, la humedad nos sirve para que el maíz no se estrese y siga dando buena productividad. Entonces, donde hemos aplicado el sistema, si lo aplicas bien, conscientemente, es muy productivo en todos los sentidos”.

Don Ezequiel coincide en que la cosecha de agua no es una novedad, sino el rescate de un saber ancestral aplicado de otro modo, en que la “línea clave”, o Keyline, guarda de hecho semejanza con las terrazas de nivel o el sistema Milpa intercalada con árboles frutales (Miaf), en un diálogo entre las culturas ancestrales y técnicas forestales y agrícolas modernas.

“Entre las barreras de árboles frutales, magueyes y nopales, se sembraba maíz, frijol y calabaza, esto conservaba el suelo y se captaba el agua. Afortunadamente, la conciencia y las nuevas generaciones cambian, y adoptan estas prácticas”.

Don Felipe es puntual en el objetivo de cosechar agua: alimentos sanos y el cuidado de la tierra. “No queremos que nuestra comida se envenene, ni que nuestro lago se siga enfermando; tampoco queremos que se destruyan nuestras tradiciones ni el cuidado de la madre tierra”.

Foto: Adriana González

“Sí se puede”

El sistema Keyline ya se replica en parcelas de Ixtlahuacán, San Gabriel y de Chiquilistlán, aunque, como lo afirma la doctora Gallegos Tejeda, implica mucho trabajo y una inversión inicial en maquinaria pesada.

“Las líneas del BEAR son grandes; sin embargo, se pueden hacer surcos y cráteres más pequeños. Hasta se pueden trabajar a mano, aunque sí, requiere tiempo y esfuerzo. Pero queremos que estos sistemas sean replicables”.

En conjunto, el BEAR, el sistema Keyline y las ferias buscan cambiar el paradigma de producción de alimentos. A Gallegos Tejeda le ha implicado casi cuatro años de trabajo en el BEAR y tres en el desarrollo del sistema en el CUTlajomulco, que ha captado casi ocho millones de litros.

“Tenemos que empezar a cambiar la lógica de producción, porque ya tenemos una parcela que regenera el suelo y cosecha agua en medio de tanta agricultura convencional. Esto nos habla de que sí se puede”, concluye Gallegos Tejeda.

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